Por siempre, jamás amén. relato del libro “En Babia y en Luna

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Si hay quien pregunta, yo no sé nada, 

Si hay susurros que se escuchan, yo no sé nada. 

Si las palabras hablan solas, yo no sé nada. 

Si la verdad queda oculta, yo no sé nada 

Ni mis ojos miraron ni mis oídos oyeron 

Ni mis labios pronunciaron. 

Yo no sé nada, por siempre jamás, amén.

Ahora lo sé, hay un espacio y un tiempo que se escapa a la percepción y a la inteligencia humana en donde no hay pasado, presente ni futuro. Como si un sinfín de espejos reflejasen unos en otros todos los instantes vividos desde el principio de los tiempos, desde que el mundo es mundo y así hasta la eternidad. Todo lo que pasó está pasando, por eso siempre es presente, y así lo vivo, y lo que ocurrió vuelve a suceder. Ahora lo sé, lo supe hace tiempo, desde que marché a vivir de otra manera, a este otro lugar donde ahora habito. Desde donde miro y me entretengo viendo pasar los días que regresan. Por eso, esta mañana apacible de otoño me es tan familiar como aquella.

Ernesto circula despacio por la estrecha carretera que muere en el pueblo. Rueda lento para que yo pueda ver la luz que se refleja en las montañas con la cara pegada en el cristal de la ventana. He querido bajarle para respirar ese aire familiar, pero me lo ha impedido con un gesto brusco y protector, a destiempo.

—Te puedes enfriar.

Mis montañas no parecen asombrarse de mi regreso. Me miran impasibles como si me hubieran visto ayer mismo, como

si no hubiera pasado minuto alguno desde el día que me marché. Sólo algunos árboles que flanquean la carretera parecen reconocerme mientras que se consumen en rojo poniendo reflejos rosados a mi palidez. Otros, en ocres y amarillos, dejan traslucir su alma temblona esperando que un mal viento les despoje de sus hojas; como a mí, un mal viento, en cualquier momento, lo espero.

Y en esta, como en aquella otra, igual de tranquila, de luminosa, por la carretera cuatro hombres conducen motos de gran cilindrada atronando el silencio. El ruido de sus motores anuncia su llegada mucho antes de que atraviesen el pequeño puente que da acceso al pueblo. A su paso las gallinas cacarean, los perros ladran, y los visillos de las ventanas esconden miradas silenciosas que se guardan tras las celosía de los cristales. Yo corro tras ellos y me oculto bajo el muro de la Iglesia para no ser vista…, no ser vista, a veces se me olvida que desde este mi nuevo estado no me pueden ver.

Paran como lo hicimos nosotros, frente al “Hotelito”.

Ernesto se baja y rodea el coche para ayudarme a salir. Mi debilidad parece desvanecerse por la alegría de sentirme de nuevo en mi pueblo, en mi entorno.

Evito su mano con unas fuerzas recobradas para estrecharme en los brazos de Aurelia, la mejor amiga de mi madre, que me espera entre dos mujeres que no conozco. Me mira, me toca, me abraza, entre sollozos entrecortados sólo acierta a decir:

—¡Mi niña, mi niña!

Me aparta para contemplarme y sus ojos llorosos penetran en los míos, al tiempo que me seca las lágrimas de la cara.

—Díos mío, ¡qué delgada estás, y qué pálida! ¡Señor, Señor!; si te viera tu madre.

Y me vuelve a abrazar fuerte intentado pasarme el vigor que hace tiempo me ha abandonado.

—Aurelia, estoy enferma.

—Sí, ya sé, me escribió Don Ernesto contándomelo y diciendo que veníais. Aquí te curarás, te pondrás fuerte. ¡Ya lo verás! 

Yo le sonrío incrédula, pero le dejo que conserve su fe.

—¡ La muchacha más hermosa de toda la comarca! – exclama dirigiéndose a las otras mujeres que me sonríen sin atreverse hacer otro movimiento.

Ernesto interrumpe el momento efusivo, molesto. Parece que nadie ha recaído en él. Me toma del brazo y entramos en el hotel. Los dueños, un matrimonio de mediana edad, y tres muchachas de servicio nos esperan en una amplia entrada que sirve de recepción.

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