Por siempre, jamás, amén…(4)

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Pasado mañana es nuestro último día aquí, escalaremos el Pincuejo. A Ramón no le ha parecido buena idea cuando le hemos confesado que es la primera vez que haremos escalada vertical y no parece muy dispuesto a iniciarnos en el ascenso. Ha sido una buena compañía y nos ha llevado por sendas y rutas que no están reflejadas en los mapas. Hemos disfrutado mucho de estos paisajes, que a pesar de que están muy cerca de la civilización, parece que en ellos el tiempo se haya detenido. Es buena gente, aunque un poco extraño, puede que su sordomudez le haya hecho algo huraño. En el pueblo se le quiere. Es un chico para todo. Bien mandado. Lo mismo arregla un roto que un descosido. Dice tener veinte años, y a pesar de que le saco diez, parece mayor que yo. Quizás sea por esa expresión nublada de sus ojos. No sabría decir. 

Los días se nos pasan volando. Estos parajes, toda la comarca tiene algo especial que no sé explicar. Llenan de calma, de serenidad. 

Sigo escuchando toser, aunque ya no digo nada. Me toman el pelo y están empezando a pensar que estoy chalado y hubo un momento que yo también me lo planteé. Pero no es mi imaginación. No lo sueño, puesto que no se producen mientras duermo, o yo no las oigo porque el cansancio me hace dormir toda la noche de un tirón. Se oyen siempre de día y sé que es una mujer la que tose. Al principio pensé que eran de alguien que había entrado en el hotel, y sin decir nada a los demás he inspeccionado el resto de las dependencias sin ningún resultado, no hay ningún indicio de que aquí haya entrado nadie, excepto nosotros. Me sorprendo que no me produzcan ningún temor, solo curiosidad. Es extraño que este hotel haya permanecido tantos años cerrado en un lugar que, seguro, tiene visitantes durante todo el año. Pero es más insólito que cuando hemos indagado y preguntado en el pueblo, sobre este hecho, por simple curiosidad, nadie sepa nada. Se han ido pasando la pregunta unos a otros para dejarnos todos sin respuesta. Hay algo que no cuadra: las toses, el silencio de estas gentes… cuando lo comenté ,delante de Ramón, noté su tensión, como la presa que ha sido aventada y se dispone a huir, y a pesar de que su familia nunca ha salido de este lugar, él tampoco dice saber nada.

Se ha vuelto a dormir. Sigo leyendo en su cuaderno. Cada día ha anotado con detalle las rutas y los lugares que han visitado. En los márgenes, las horas en las que me ha oído toser. Me extraña y me perturba que pueda percibirme, que de alguna manera intuya mi presencia, hasta ahora solo Ramón lo hacía y por eso viene de vez en cuando hasta aquí con la excusa de dar una vuelta.

Esta mañana le observé mientras se duchaba y admiré su cuerpo. Pensé en cómo me hubiera sentido si me hubiera amado un hombre como él. Si me hubieran amado… Duerme tranquilo, me deslizo a su lado entre las sábanas. Tiene un estremecimiento. Estoy fría.

Es el médico el que habla:

—Hay que procurar que entre en calor, traigan más mantas.

Le han avisado con urgencia. Esta mañana, cuando la muchacha que me atiende me ha traído el desayuno ha visto la almohada manchada de sangre y se ha asustado.

Tirito, es por la fiebre. Veo mi imagen en el espejo del armario tan traslúcida como el cristal que me refleja. Las manchas violáceas que enmarcan mis ojos hacen más patética la palidez de mi cara. La ropa de la cama me pesa sobre el pecho como una piedra, hago esfuerzos para respirar pero el aire apenas si me llega a los pulmones a pesar de que me mantienen incorporada.

Me he quedado dormida y al despertar no hay nadie conmigo. La medicación ha hecho su efecto porque la fiebre ha cedido y respiro mejor. Debe de hacer buen día. Desde la cama puedo ver un trozo del cielo azul y el sol avanza por la habitación lamiendo las paredes y el suelo; todavía adormilada me entretengo en seguir su recorrido esperando que llegue hasta mí. A punto está de alcanzarme y envolverme en su flujo tornasolado cuando entra Ernesto rompiendo el hechizo. Se me acerca con el gesto contrariado y el ceño fruncido:

—Mañana tendré que ir a la ciudad —me anuncia sin más preámbulos ni explicaciones—. No me hace gracia dejarte sola, vendrá Aurelia a hacerte compañía.

Me alegra la noticia de pasar unas horas a solas con Aurelia, tanto como le desagrada a él.

Paso el día anhelante, deseando que amanezca para vivir unas pocas horas de libertad sin su presencia. Me entrego a la noche con esa esperanza.

Están sentados a la puerta del hotelito. Les oigo comentar los incidentes del día y preparar la ruta del siguiente.

—Haremos la del Cirvanal y pasado escalaremos el Pincuejo.

Hace frío, pero después de cenar han salido fuera y contemplan el cielo colmado de estrellas, infinitos mundos de luz que parecen desplomarse sobre nosotros, cercanos.

Enrique se ha alejado un poco de sus compañeros. Mira también el cielo. Me acercó a él y se gira de pronto hacia mí como si hubiera advertido mi presencia. Me asusto; a pesar de que sé que es imposible, he sentido su aliento en mi cara; una caricia inesperada. Me alejo de él.

Ahora, ya en su habitación, coge su cuaderno como todas las noches, pero algo ha llamado su atención porque lo deja. La almohada está manchada de sangre. Duda y al fin la toca. Esta reseca.

Parece perplejo, confuso. Se vuelve hacia la puerta, va a llamar a sus amigos, pero aborta el gesto y se deja caer en la cama con la mirada fija en la sangre. ¡Pobre!, se ve que no sabe qué pensar. Intuye una verdad que no alcanza. Esta misma mañana ha vuelto a interrogar a Aurelia y recibió la misma respuesta de siempre.

—¿Qué quiere que le cuente? El hotel se cerró sin más. Yo no sé nada.

Retira la almohada y se acuesta como está, vestido. No duerme, parece conmocionado. Me siento a su lado mientras que él se debe de estar haciendo mil preguntas para las que no tiene respuesta. Le miró y sé que me siente.

Las horas pasan y le venció el sueño. Ahora duerme tranquilo…, duerme y yo te contaré lo que quieres saber, lo que no te ha dicho Aurelia, mi fiel Aurelia…, yo te cuento…

A ella nunca le gustó, quizá fue la única que no estuvo conforme con mi boda, con que me marchara tan lejos. La diferencia de edad del que iba a ser mi marido le parecía insalvable.

“Se llevan muchos años, demasiados. Ella es una niña sin cumplir los dieciocho y él ya es un consumado cuarentón. ¡Sí puede ser su hija! —gritaba exasperada viendo que mi madre no compartía sus temores—. Un hombre resabiado. Un gavilán poniendo sus garras en una palomilla. Te arrepentirás, nos arrepentiremos todos de esta boda. Ya lo veras”.

Mi madre no escuchaba, y menos yo. Ella por ver realizado en mí su sueño, alivio en su viudedad y desahogo para su vejez. Y yo cegada por los falsos relumbrones de su Chevrolet rojo, por el brillo del reloj de oro que asomaba por la bocamanga de su camisa de hilo, por sus modales dulzones y afectados que acompañaban a sus palabras cuando hablaba de su plantación, cerca de Buenos Aires, de sus cosechas, de sus ganados, de su mansión de mármol gris que esperaba dueña y señora. Aspiraba el olor a colonia cara que me envolvía cada vez que se acercaba a mí… Olía su estela como un perro hambriento olfatea la mano de quien le muestra un pedazo de carne intuyendo que puede obtener mucho más. 

Al mes y medio de su llegada nos casamos. Tenía prisa. No podía faltar por mucho tiempo de su hacienda y el viaje de regreso sería largo. Las gentes delpueblo y de toda la comarca se hartaron de comida y el vino corrió por las calles en una boda que duró tres días. Tras los cuales, partimos, no sin antes poner en manos de mi madre un buen fajo de billetes. Ese gesto me pareció un acto de generosidad de mi marido sin saber que con ese dinero daba por finiquitada la compraventa. Pero en ese momento yo lo ignoraba. Me alejaba sin volver la vista atrás una sola vez, sintiéndome la mujer más afortunada del mundo y dando gracias al cielo por mi suerte.

Ha amanecido un día espléndido, un regalo. Sin la presencia de Ernesto el ambiente en el hotel parece haberse relajado. Aurelia ha llegado en cuanto levio marchar, y entra en mi habitación exclamando: “¡Al fin solas! El gavilán levantó el vuelo.

¡¡Bien podía no volver!!”.

Se ha traído con ella, a Ramón, el hijo huérfano de su hermana, ocho años metidos en un cuerpecillo tan frágil como el mío con unos ojos que hablan en la cara porque no puede hacerlo de otra manera. Me ofrece un ramo de malvas que ha cogido por ahí. Tímidamente se me acerca y yo le hago una caricia, y le sonrío. Aurelia me cuenta de él, un mal sarampión le dejó sin habla, poco después una fiebre le dejó sin madre y una golfa sin padre. Ella lo acogió como a otro de sus hijos.

—Es listo como un conejo, algo parado, —me cuenta—. No puede hablar, pero no es tonto y coge las cosas al vuelo. ¿A que sí, rapaz?

El niño sonríe con picardía. Yo le tomo de la mano y le doy un beso

Me encuentro fuerte, animada, una inesperada mejoría según me dijo el doctor en su visita diaria. Me levanto de la cama y me pongo un vestido azul que me favorece. Hemos comido los tres y ahora paseamos un poco por la carretera mientras los árboles nos hacen sombra. Andamos despacio. Ramón camina a mi lado. Ha estado todo el tiempo pendiente de mí, como un perrillo faldero anhelante de caricias. Aurelia busca la ocasión, no desea romper la alegría que me embarga pero ya no puede más, y pregunta:

—Niña, cuéntame la verdad… —Me quedó mirándola y muevo la cabeza. Ella insiste—. No me has engañado nunca, rapaza.

Regresamos, subimos a mi habitación y nos sentamos cerca del mirador, frente a frente, Ramón en el suelo me mira y Aurelia me interroga con el gesto, impaciente. No la voy hacer esperar más, no deseo marchar llevándome conmigo todo aquello, quiero vaciarme de la amargura, de la pez que engulle viciosa lo poco bueno que queda en mi alma, así que comienzo hablar, y mis palabras salen de la boca con dificultad, perplejas de que se hayan soltado las cuerdas que las mantuvieron sujetas. Y hablo…

 

3 respuestas a Por siempre, jamás, amén…(4)

  1. Bonita historia, en especial me ha gustado esta 4a. entrega. Me gustaria saber si tiene continuación o si solo consta de 4 partes.
    Recibe un cordial saludo y un abrazo.

  2. Vaya me había olvidado y revisé nuevamente la parte I y, ahora me doy cuenta que son relatos del libro: En Babia y en Luna.
    Felicidades es una publicación muy bien elaborada y amena.

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