TU NOMBRE ENTRE OTROS

   

Rompo el juramento.

Quiebro la palabra dada de mantener la distancia entre nosotros.

Ha bastado escuchar tu nombre entre otros nombres 

y la añoranza te ha resucitado.

Rompo nuestro pacto, 

y no me resisto a escribirte.

Al conjuro de las siete letras de tu nombre 

brotaron violetas en el jardín y los mirlos cantan en mi ventana,

tu presencia ha impregnado hasta el último rincón de la casa. 

He vuelto a verte en cada esquina, en cada peldaño de la escalera,

 en los espejos, recostado en mi cama, sonriendo, 

al tiempo que escribías en mi cuerpo versos enamorados.

Tus besos en mi boca grabados se escapan junto a suspiros

de promesas rotas e incumplidas.

Emparedé nuestras vivencias,

 cavé un pozo profundo para ahogar tu voz y tu risa. 

Y enterré tu imagen junto a mi corazón.  

Hasta esta tarde fría de enero 

en la que tu nombre entre otros anticipó la primavera. 

Resistí hasta hoy

y seguiré haciéndolo porque nunca leerás esta carta. 

La transformo en pócima para sanarme  

y aliviar este mal que me aqueja: tu ausencia.

Levantaré un nuevo muro y amordazaré mi alma.

Maldiciendo al destino que me convirtió en… la otra.

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BIENVENIDOS A MASTICADORES INFANTIL Y JUVENIL

Ha nacido Masticadores Infantil y Juvenil

MasticadoresInfantilJuvenil

«Un niño con un libro de poesía en las manos nunca tendrá de mayor un arma entre ellas” Gloria Fuertes.

Queridos amigos, demos la bienvenida a Masticadores Infantil y Juvenil

Es indudable el auge que ha adquirido la literatura infantil y juvenil en la actualidad, y el interés que despierta en todos los ámbitos. Conscientes de ello, tanto Juan Re Crivello como yo, hemos querido dar una espacio a este género, no menos importantes que la literatura para adultos.

Quizás alguno pensaréis que los niños no tienen acceso a los blogs, pero sí a través de sus padres. Me consta que mucho de vosotros tenéis hijos y podréis descargar los textos que se publiquen para compartirlos con ellos.

En este nuevo Masticadores animamos también a participar a los autores que escriban sobre el mundo adolescente, sobre los temas que interesan a la juventud. Queremos hacer desde aquí…

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EL TAMAÑO NO IMPORTA by Felicitas Rebaque

Artículo publicado en Masticadores Focus

Focus / Masticadores

Hace unos días, en un chat de literatura, leía la siguiente afirmación de uno de los participantes sobre una novela que recomendaban:

La voy a descartar, solo tiene 120 páginas y a mí las novelas tan cortas no me gustan.

Me quedé bastante sorprendida. La desechaba de antemano no porque no le gustara el argumento, el género o incluso la forma de escribir del autor, simplemente no la consideraba porque era una novela corta. Desconocía que el número de páginas fuese un nuevo baremo literario.

Es innegable que, en los últimos años, las páginas de los libros han ido en aumento y que en la actualidad son más largos que los de hace un par de décadas.

Al respecto, encontré un interesante artículo en el que se comentaba que ya en el 2015, James Finlayson, Director de Estrategia de la Agencia Internacional de Marketing Vervesearch, llevó a cabo un…

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A vueltas con la edad

Dentro de pocos días, iniciaré un nuevo ciclo y mi tarta de cumpleaños llevará una vela más. Todos los años, en los días anteriores, me da por pensar en la nueva cifra que representa mis años vividos y en lo deprisa que han transcurrido. Y os confieso que que tardo un poco en asumirlo porque me cuesta coordinar mi edad física con mi edad mental. Ni por dentro ni por fuera me identifico con el número de años que figuran en el carnet de identidad, y al poco de cumplir sesenta y… No me parecen tantos.

Recuerdo cuando era jovencita que a los cuarenta se te consideraba señor o señora. Hoy eso es impensable pero también a los sesenta es impensable. Yo no me siento como una señora, al menos en el concepto que se tenia antes.

Para adecuar la edad a los tiempos que corren, hace tiempo que se han reclasificado las etapas de la vida, y al periodo comprendido entre los cincuenta y sesenta y cinco se la ha denominado Adultez Madura. No está mal, pero partir de los sesenta y cinco comienza la Tercera Edad y eso ya no me gusta nada porque esas dos palabras son sinónimo de anciano y en el peor de sus acepciones… de viejo.

Yo ampliaría la etapa de la Adultez Madura hasta los setenta, setenta y cinco o más allá, porque no son pocas las personas que conozco esas edades con sus facultades físicas y mentales perfectas y con un espíritu más joven que muchos treintañeros. Hago mías las palabras de Julio Agredano, fundador del movimiento “Freno al Ictus”: Hay que morir joven pero lo más tarde posible

Y dicho esto, volviéndo a que me va a caer otro años y me voy acercando a eso de la Tercera Edad, que digo yo que por qué tercera…, si miro por la ventana que se abre al pasado y me contemplo, puedo asegurar que los años transcurridos tienen un balance muy positivo. No he pasado por la vida de puntillas. He vivido intensamente todos los días con los bueno y malo que deparaban. Como suelo decir, me he comido la vida a mordiscos.

Y ahora, sé que a muchos se os escapa la pregunta: Que..¿cuántos años tengo? Como dice Saramago en su poema, tengo la edad que quiero y siento, porque el paso de los años es inevitable , el envejecer es opcional


TENGO LA EDAD QUE QUIERO Y SIENTO
José Saramago
Frecuentemente me preguntan que cuántos años tengo…¡Qué importa éso!Tengo la edad que quiero y siento. La edad en que puedo gritar sin miedo lo que pienso. Hacer lo que deseo, sin miedo al fracaso, o lo desconocido. 

Tengo la experiencia de los años vividos y la fuerza de la convicción de mis deseos. 
¡Qué importa cuántos años tengo! No quiero pensar en ello.
Unos dicen que ya soy viejo y otros que estoy en el apogeo.
Pero no es la edad que tengo, ni lo que la gente dice, sino lo que mi corazón siente y mi cerebro dicte. 
Tengo los años necesarios para gritar lo que pienso, para hacer lo que quiero, para reconocer yerros viejos, rectificar caminos y atesorar éxitos. 
Ahora no tienen porqué decir: Eres muy joven… no lo lograrás. 
Tengo la edad en que las cosas se miran con más calma, pero con el interés de seguir creciendo. Tengo los años en que los sueños se empiezan a acariciar con los dedos, y las ilusiones se convierten en esperanza. 
Tengo los años en que el amor, a veces es una loca llamarada, ansiosa de consumirse en el fuego de una pasión deseada.
Y otras un remanso de paz, como el atardecer en la playa.
¿Qué cuántos años tengo? No necesito con un número marcar, pues mis anhelos alcanzados, mis triunfos obtenidos, las lágrimas que por el camino derramé al ver mis ilusiones rotas… 
Valen mucho más que eso. 
¡Qué importa si cumplo veinte, cuarenta, o sesenta!
Lo que importa es la edad que siento. 
Tengo los años que necesito para vivir libre y sin miedos.
Para seguir sin temor por el sendero, pues llevo conmigo la experiencia adquirida y la fuerza de mis anhelos.
¿Qué cuantos años tengo? ¡Eso a quién le importa!
Tengo los años necesarios para perder el miedo y hacer lo que quiero y siento.
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La Peineta

Imagen: Pintura de Eva del Riego. Ilustradora del libro Nuevos Cuentos Castellanos II

La encontré paseando, parecía alterada. Su rostro apacible estaba en tensión y su sonrisa había desaparecido de su boca. Sus ojos  reflejaban una gran inquietud. 

Al verme llegar corrió hacia mí, me tomó de la mano y me obligó a sentarme junto a ella. Preocupado, le pregunté si le ocurría algo.

—Javier, me temo que no podremos seguir viéndonos.

—Pero, por qué.

—Me voy de la ciudad dentro de tres días.

—¿Que te vas? ¿A dónde? ¿Cuánto tiempo estarás fuera?

—Mucho, y es probable que no vuelva nunca más.

Recibí la noticia como un puñetazo en el estómago. No se me había pasado por la cabeza esa posibilidad. Entonces caí en la cuenta de que, en realidad, no sabía nada de ella, ni siquiera si vivía de forma habitual en la ciudad. Me había bastado con verla cada día.

—¿Y a dónde te vas? Quizás podamos escribirnos o hablar por teléfono. 

—A donde voy no hay comunicación posible.

—Pues ni que te fueras al fin del mundo. Hoy día uno se puede comunicar desde cualquier sitio del planeta. 

Mi cara debió de reflejar la desilusión y la tristeza que me rasgaba por dentro porque ella me tomó de la mano y me dijo: 

—Mira, Javier, no te entristezcas. Conocerte ha sido estupendo, nunca lo hubiera imaginado. Tu amistad significa mucho para mí. 

—Yo no quiero que te vayas, quiero seguir viéndote todos los días. Yo creo que…

Estaba lanzado, iba a declararle mis sentimientos, pero ella me detuvo.

—No digas nada, además lo sé. Lo leo en tus ojos. Y si es cierto lo que sientes por mí, harás que mi marcha no sea tan dolorosa. Pero antes tengo que pedirte un gran favor. 

—Lo que sea, haré lo que sea por ti. Dime, qué es —le apremié encendido, sintiendo que se  me humedecían los ojos.

Adela sonrío ante mi arrebato.

—Eres muy vehemente. Espera: antes de contarte en qué consiste el favor tienes que saber quien soy y conocer mi historia. Te va a resultar difícil de creer, pero debes jurarme que lo harás y que no se lo contarás a nadie. Y a nadie podrás hablarle de mí. Esto es algo entre nosotros dos. 

 Antes de que yo pudiera contestar me cogió de la mano, me miró fijamente a los ojos y acercándose muy despacio me besó ligeramente en los labios. 

Un beso, un roce…En ese momento me derretí: mis piernas se quedaron sin fuerza; si no hubiera estado sentado creo que me hubiera caído al suelo. El zumbido de miles de abejas dentro de mi cabeza aturdieron mis sentidos, y el corazón comenzó a aporrearme el pecho como si quisiera salir volando. 

Tragué saliva y asentí con la cabeza. A ella no le bastó, apretándome más la mano me dijo:

—Lo tienes que decir en alto, es una especie de juramento. Repite: Juro que no revelaré a nadie la existencia de Adela ni contaré lo que hable con ella. 

Me lo hizo jurar dos veces. Después, al soltarme la mano sentí que me izaba en el aire como el globo que se escapa de los dedos de un niño.  Cuando comenzó hablar mis pies volvieron a posarse en el suelo. 

—Hace muchos, muchos años, un hada se enamoró de un caballero. Como su relación era imposible, ya que las hadas y los humanos viven en mundos diferentes, ella, en prenda de su amor, transformó su peine de oro en una hermosa peineta y se la regaló a su amado con la condición de que en su recuerdo la llevara prendida en el velo la novia de su primogénito el día de su boda. Y así, todos sus descendientes por los siglos de los siglos, de generación en generación. Si se dejara de cumplir esa tradición se rompería la promesa de amor dada y caería una tremenda maldición sobre la familia.  

—¿Me estás contando un cuento de hadas? —le pregunté, extrañado—. Ya soy mayor para estas historias.

Ella, paciente,  me interpeló:

—Me cuesta mucho hablar de esto, por favor no me interrumpas. Has jurado creerme. Déjame terminar. 

—Durante años, siglos,  las novias de los primogénitos descendientes de aquel caballero  llevaron en su velo de novia prendida la maravillosa joya que se ofrecía como regalo de bodas, hasta que uno de ellos no tuvo hijos varones; los niños se malograban en el vientre materno o nacían muertos. En cambio las niñas eran sanas y fuertes.

Cuando las hijas se hicieron mayores, el padre les contó la historia de la peineta de oro. Su intención era entregar la joya a la hija mayor para que cuando ella fuera madre se la diera a su primer hijo varón y así poder seguir la tradición. Esa hija era yo. Cuando mi padre nos mostró la joya me quedé deslumbrada: era lo más hermoso que había visto nunca. Tenía forma de herradura, con tres largas púas coronada por tres pequeñas estrellas de seis puntas unidas por filigranas florales. Y me obsesioné con ella. Puesto que era la primogénita, desobedeciendo a mi padre, me propuse lucirla el día de mi boda. Nadie sabía en qué consistía la maldición, por lo que me convencí de que tal maldición no existía y que era una forma de asegurar que la joya quedara en la familia y no fuera a parar a manos ajenas.  Así que días antes del enlace robé la peineta. 

Mi padre al verme entrar en la iglesia con la joya sujetando mi velo de novia montó en cólera. Ni el hecho de estar bajo techo sagrado le impidió parar la ceremonia y exigirme que le entregara la joya. Entre lágrimas, avergonzada, obedecí, pero al mismo tiempo que la desprendía del velo la vida de mi novio se fue tras ella y cayó desplomado al suelo. Todos pensaron que era un desvanecimiento fruto de la tensión, pero cuando comprobaron que su corazón había dejado de latir, su padre, desesperado, exigió venganza y un ejemplar castigo para mí. No me dejaron ni quitarme el vestido de novia: me encerraron en una cueva sin comida ni agua, enfrentándome a una muerte atroz. Mi padre no pudo hacer nada para salvarme la vida. Cuando días después, abrieron la puerta de la cueva y encontraron mi cadáver, mi padre, al verme, desesperado, cogió la peineta, causante de todas las desgracias, y la arrojó al fondo de un profundo barranco. Pero la promesa de un hada no se puede romper así como así y su veredicto fue tajante: mi espíritu no descansaría en paz hasta que se restituyera la joya a sus legítimos herederos.

La peineta, desde entonces, viajó por el tiempo de mano en mano y mi espíritu tras ella. Cada cien años, en los días previos al solsticio de verano, me hago visible y me dan la oportunidad de recuperar la peineta que me tiene que ser entregada en la Noche de San Juan. Siempre necesito la colaboración de un mortal. Hasta ahora no he dado con ninguno que quisiera ayudarme,  y llevo así desde hace cuatrocientos años.  

Cuando Adela terminó su relato casi había anochecido. No me atreví a interrumpirla, pero, a pesar de mi enamoramiento, me era muy difícil creer una  palabra de lo que había contado. ¡Cómo creer que estaba ante una mujer que llevaba muerta hace cuatrocientos años! Sentí un escalofrío, como una culebrilla recorriéndome la espalda.  La certeza de que, como temí al principio, todo aquello formaba parte de una broma cobraba consistencia. 

—Me estás tomando el pelo, ¿verdad? Todo esto es una broma —le pregunté a punto de echarme a llorar.

—Mira la cascada —me pidió.

Obedecí con recelo,  esperando ver aparecer a alguno de mis amigos muertos de risa. Pero nada de eso ocurrió, y, de pronto, la cortina de agua se abrió en dos mitades, como el telón de un escenario, y sobre la pared rocosa fueron apareciendo las escenas de la historia que  me había narrado.  Pude ver a su padre arrancándola la peineta, cómo la acusaban de la muerte de su novio y cómo la encerraban en la cueva…. Cerré los ojos. No quise ver más. Estaba impresionado, solo deseaba  salir huyendo,  pero Adela me agarró del brazo y me detuvo. 

—Espera, por favor, no hagas como los otros. No tengas miedo, tienes que ayudarme.

Intenté zafarme, definitivamente había dado con una loca o algo peor. Pero ella sin soltar  mi brazo se echó a llorar. Y para mí desgracia me conmovieron sus lágrimas; le caían por el rostro como cuentas de cristal que brillaban a la luz de la tarde.

—Tengo que recuperar la peineta antes de la Noche de San Juan, así se romperá el maleficio y yo podré descansar en paz. Y solo quedan dos días.

—No sé cómo te puedo ayudar —le dije, intentando mantener la calma. 

La peineta la tiene tu abuela. Ella ignora su historia y está en su poder por casualidad. Apareció en una de las reformas de la casa en el interior de un muro. Al parecer, alguien la escondió allí. Tienes que traérmela.

Me levanté del banco como si me hubiera picado una avispa. Atónito, le pregunté:

—¿Me estas pidiendo que robe a mi abuela?

—Tienes que hacerlo por mí —me suplicó.  

Negué varias veces con la cabeza. Muy asustado le repliqué:

—¡No sé cómo has hecho eso de las imágenes en el agua, pero no creo nada de lo que has contado, eres una simple ladrona, aunque debes de estar zumbada o colocada, y en caso de que fuera cierta tu historia yo no puedo robar a mi abuela! 

De un tirón rescaté mi brazo y salí corriendo; no paré hasta que llegué al otro extremo del estanque con el corazón subiendo y bajando por  la garganta. 

Rodearme de gente normal me tranquilizó y, mientras recobraba el aliento, ante lo inaudito de la situación llegué a pensar que todo me lo había imaginado. Pero no, Adela era real, la había fotografiado muchas veces, y allí estaba: podía ver su silueta con los brazos extendidos hacia mí, suplicante. Aún en la distancia pude sentir en mis ojos las fuerza de su mirada. Los cerré y me alejé de allí a toda velocidad: no paré de correr hasta que salí del parque.  Pensar que Adela era un fantasma me puso los pelos de punta. 

Extracto del relato : La Encantada del libro Nuevos Cuentos Castellanos Viejos II. Editorial Lobo Sapiens. https://www.lobosapiens.com/nuevos-cuentos-castellanos-viejos-ii

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ISABEL ALLENDE Y EL SEXO

Este texto llegó ayer a mis manos a través de un buen amigo. Confieso que no lo había leído, y mira que he devorado la mayor parte de libros de esta gran escritora de la que soy una gran admiradora.

Isabel confiesa sin falso pudor, cómo vivió el sexo a lo largo de su vida. Es genial, simplemente genial, como todo lo que escribe. Se publicó por primera vez en exclusiva en clubcultura.com hace más de diez años, y aunque estoy segura de que muchos lo conocéis, no he podido reprimir el impulso de compartirlo con vosotros.

Dice así:

Mi vida sexual comenzó temprano, más o menos a los cinco años, en el kindergarten de las monjas ursulinas, en Santiago de Chile. Supongo que hasta entonces había permanecido en el limbo de la inocencia, pero no tengo recuerdos de aquella prístina edad anterior al sexo. Mi primera experiencia consistió en tragarme casualmente una pequeña muñeca de plástico.

-Te crecerá adentro, te pondrás redonda y después te nacerá un bebé -me explicó mi mejor amiga, que acababa de tener un hermanito. ¡Un hijo! Era lo último que deseaba. Siguieron días terribles, me dio fiebre, perdí el apetito, vomitaba. Mi amiga confirmó que los síntomas, eran iguales a los de su mamá. Por fin una monja me obligó a confesar la verdad.

-Estoy embarazada -admití hipando.

Me vi cogida de un brazo y llevada por el aire hasta la oficina de la Madre Superiora. Así comenzó mi horror por las muñecas Y mi curiosidad por ese asunto misterioso cuyo solo nombre era impronunciable: sexo. Las niñas de mi generación carecíamos de instinto sexual, eso lo inventaron Master y Johnson mucho después. Sólo los varones padecían de ese mal que podía conducirlos al infierno y que hacía de ellos unos faunos en potencia durante todas sus vidas. Cuando una hacía alguna pregunta escabrosa, había dos tipos de respuesta, según la madre que nos tocara en suerte. La explicación tradicional era la cigüeña que venía de París y la moderna era sobre flores y abejas. Mi madre era moderna, pero la relación entre el polen y la muñeca en mi barriga me resultaba poco clara.

A los siete años me prepararon para la Primera Comunión. Antes de recibir la hostia había que confesarse. Me llevaron a la iglesia, me arrodillé detrás de una cortina de felpa negra y traté de recordar mi lista de pecados, pero se me olvidaron todos. En medio de la oscuridad y el olor a incienso escuché una voz con acento de Galicia.

-¿Te has tocado el cuerpo con las manos? -Sí, padre.
¿A menudo, hija?
-Todos los días…

-¡Todos los días! ¡Esa es una ofensa gravísima a los ojos de Dios, la pureza es la mayor virtud de una niña, debes prometer que no lo harás más!

Prometí, claro, aunque no imaginaba cómo podría lavarme la cara o cepillarme los dientes sin tocarme el cuerpo con las manos. (Este traumático episodio me sirvió para “Eva Luna”, treinta y tantos años más tarde. Una nunca sabe para qué se está entrenando).

Nací al sur del mundo, durante la Segunda Guerra Mundial en el seno de una familia emancipada e intelectual en algunos aspectos y casi paleolítica en otros. Me crié en el hogar de mis abuelos, una casa estrafalaria donde deambulaban los fantasmas invocados por mi abuela con su mesa de tres patas. Vivían allí dos tíos solteros, un poco excéntricos, como casi todos los miembros de mi familia. Uno de ellos había viajado a la India y le quedó el gusto por los asuntos de los fakires, andaba apenas cubierto por un taparrabos recitando los 999 nombres de Dios en sánscrito. El otro era un personaje adorable, peinado como Carlos Gardel y amante apasionado de la lectura. (Ambos sirvieron de modelos -algo exagerados, lo admito- para Jaime y Nicolás en “La casa de los espíritus”). La casa estaba llena de libros, se amontonaban por todas partes, crecían como una flora indomable, se reproducían ante nuestros ojos. Nadie censuraba o guiaba mis lecturas y así leí al Marqués de Sade, pero creo que era un texto muy avanzado para mi edad, el autor daba por sabidas cosas que yo ignoraba por completo, me faltaban referencias elementales. El único hombre que había visto desnudo era mi tío, el fakir, sentado en el patio contemplando la luna y me sentí algo defraudada por ese pequeño apéndice que cabía holgadamente en mi estuche de lápices de colores. ¿Tanto alboroto por eso?page7image3662757648

Yo era plana. Ahora no tiene importancia, pero en los cincuenta eso era una tragedia, los senos eran considerados la esencia de la feminidad. La moda se encargaba de resaltarlos: sweater ceñido, cinturón ancho de elástico, faldas infladas con vuelos almidonados. Una mujer pechugona tenía el futuro asegurado. Los modelos eran Jane Mansfield, Gina Lollobrigida, Sofia Loren. ¿Qué podía hacer una chica sin pechos? Ponerse rellenos. Eran dos medias esferas de goma que a la menor presión se hundían sin que una lo percibiera. Se volvían súbitamente cóncavos, hasta que de pronto se escuchaba un terrible plop-plop y las gomas volvían a su posición original, paralizando al pretendiente que estuviera cerca y sumiendo a la usuaria en atroz humillación. También se desplazaban y podía quedar una sobre el esternón y la otra bajo el brazo, o ambas flotando en la alberca detrás de la nadadora. En 1958 el Líbano estaba amenazado por la guerra civil. Después de la crisis del Canal de Suez se agudizaron las rivalidades entre los sectores musulmanes, inspirados en la política panarábiga de Gamal Abder Nasser, y el gobierno cristiano. El Presidente Camile Chamoun pidió ayuda a Eisenhower y en julio desembarcó la VI Flota norteamericana. De los portaaviones desembarcaron cientos de marines bien nutridos y ávidos de sexo. Los padres redoblaron la vigilancia de sus hijas, pero era imposible evitar que los jóvenes se encontraran. Me escapé del colegio para ir a bailar con los yanquis. Experimenté la borrachera del pecado y del rock n’roll. Por primera vez mi escaso tamaño resultaba ventajoso, porque con una sola mano los fornidos marines podían lanzarme por el aire, darme dos vueltas sobre sus cabezas rapadas y arrastrarme por el suelo al ritmo de la guitarra frenética de Elvis Presley. Entre dos volteretas recibí el primer beso de mi carrera y su sabor a cerveza y a Ketchup me duró dos años. Los disturbios en el Líbano obligaron a mi padrastro a enviar a los niños de regreso a Chile. Otra vez viví en la casa de mi abuelo. A los quince años, cuando planeaba meterme a monja para disimular que me quedaría solterona, un joven me distinguió por allí abajo, sobre el dibujo de la alfombra, y me sonrió.

Creo que le divertía mi aspecto. Me colgué de su cintura y no lo solté hasta cinco años después, cuando por fin aceptó casarse conmigo.

La píldora anticonceptiva ya se había inventado, pero en Chile todavía se hablaba de ella en susurros. Se suponía que el sexo era para los hombres y el romance para las mujeres, ellos debían seducirnos para que les diéramos “la prueba de amor” y nosotras debíamos resistir para llegar “puras” al matrimonio, aunque dudo que muchas lo lograran. No sé exactamente cómo tuve dos hijos.

Y entonces sucedió lo que todos esperábamos desde hacía varios años. La ola de liberación de los sesenta recorrió América del Sur y llegó hasta ese rincón al final del continente donde yo vivía. Arte pop, mini-falda, droga, sexo, bikini y los Beattles. Todas imitábamos a Brigitte Bardot, despeinada, con los labios hinchados y una blusita miserable a punto de reventar bajo la presión de su feminidad. De pronto un revés inesperado: se acabaron las exuberantes divas francesas o italianas, la moda impuso a la modelo inglesa Twiggy, una especie de hermafrodita famélico. Para entonces a mí me habían salido pechugas, así es que de nuevo me encontré al lado opuesto del estereotipo. Se hablaba de orgías, intercambio de parejas, pornografía. Sólo se hablaba, yo nunca las vi. Los homosexuales salieron de la oscuridad, sin embargo yo cumplí 28 anos sin imaginar cómo lo hacen. Surgieron los movimientos feministas y tres o cuatro mujeres nos sacamos el sostén, lo ensartamos en un palo de escoba y salimos a desfilar, pero como nadie nos siguió, regresamos abochornadas a nuestras casas. Florecieron los hippies y durante varios años anduve vestida con harapos y abalorios de la India. Intenté fumar mariguana pero después de aspirar seis cigarros sin volar ni un poco, comprendí que era un esfuerzo inútil. Paz y amor. Sobre todo amor libre, aunque para mí llegaba tarde, porque estaba irremisiblemente casada.

Mi primer reportaje en la revista donde trabajaba fue un escándalo. Durante una cena en casa de un renombrado político, alguien me felicitó por un artículo de humor que había publicado y preguntó si no pensaba escribir algo en serio. Respondí lo primero que me vino a la mente: sí, me gustaría entrevistar a una mujer infiel. Hubo un silencio gélido en la mesa y luego la conversación derivó hacia la comida. Pero a la hora del café la dueña de casa -treinta y ocho años, delgada, ejecutiva en una oficina gubernamental, traje Chanel- me llevó aparte y me dijo que sí le juraba guardar el secreto de su identidad, ella aceptaba ser entrevistada. Al día siguiente me presenté en su oficina con una grabadora. Me contó que era infiel porque disponía de tiempo libre después de almuerzo, porque el sexo era bueno para el ánimo, la salud y la propia estima y porque los hombres no estaban tan mal, después de todo. Es decir, por las mismas razones de tantos maridos infieles, posiblemente el suyo entre ellos. No estaba enamorada, no sufría ninguna culpa, mantenía una discreta garçonière que compartía con dos amigas tan liberadas cómo ella. Mi conclusión, después de un simple cálculo matemático, fue que las mujeres son tan infieles como los hombres, porque si no ¿con quién lo hacen ellos? No puede ser solo entre ellos o todos siempre con el mismo puñado de voluntarias. Nadie perdonó el reportaje, como tal vez lo hubieran hecho si la entrevistada tuviera un marido en silla de ruedas y un amante desesperado. El placer sin culpa ni excusas resultaba inaceptable en una mujer. A la revista llegaron cientos de cartas insultándonos. Aterrada, la directora me ordenó escribir un artículo sobre “la mujer fiel”. Todavía estoy buscando una que los sea por buenas razones.

Y eran tiempos de desconcierto y confusión para las mujeres de mi edad. Leíamos el Informe Kinsey, el Kamasutra y los libros de las feministas norteamericanas, pero no lográbamos sacudirnos la moralina en que nos habían criado. Los hombres todavía exigían lo que no estaba dispuestos a ofrecer, es decir, que sus novias fueran vírgenes y sus esposas castas. Las parejas entraron en crisis, casi todas mis amistades se separaron. En Chile no hay divorcio, lo cual facilita las cosas, porque la gente se separa y se junta sin trámites burocráticos. Yo tenía un buen matrimonio y drenaba la mayor parte de mis inquietudes en mi trabajo. Mientras en la casa actuaba como madre y esposa abnegada, en la revista y en mi programa de televisión aprovechaba cualquier excusa para hacer en público lo que no me atrevía a hacer en privado, por ejemplo, disfrazarme de corista, con plumas de avestruz en el trasero y una esmeralda de vidrio pegada en el ombligo.

En 1975 mi familia y yo abandonamos Chile, porque no podíamos seguir viviendo bajo la dictadura del General Pinochet. El apogeo de la liberación sexual nos sorprendió en Venezuela, un país cálido, donde la sensualidad se expresa sin subterfugios. En las playas se ven machos bigotudos con unos bikinis diseñados para resaltar lo que contienen. Las mujeres más hermosas del mundo (ganan todos los concursos de belleza), caminan por la calle buscando guerra, al son de una música secreta que llevan en las caderas.

En la primera mitad de los 80 no se podía ver ninguna película, excepto las de Walt Disney, sin que aparecieran por lo menos dos criaturas copulando. Hasta en los documentales científicos había amebas o pingüinos que lo hacían. Fui con mi madre a ver “El Imperio de los Sentidos” y no se inmutó. Mi padrastro les prestaba sus famosos libros eróticos a los nietos, porque resultaban de una ingenuidad conmovedora comparados con cualquier revista que podían comprar en los kioskos. Había que estudiar mucho para salir airosa de las preguntas de los hijos (mamá ¿qué es pedofilia?) y fingir naturalidad cuando las criaturas inflaban condones y los colgaban como globos en las fiestas de cumpleaños. Ordenando el closet de mi hijo adolescente encontré un libro forrado en papel marrón y con mi larga experiencia adiviné el contenido antes de abrirlo. No me equivoqué, era uno de esos modernos manuales que se cambian en el colegio por estampas de futbolistas. Al ver a dos amantes frotándose con mousse de salmón me di cuenta de todo lo que me había perdido en la vida. ¡Tantos años cocinando y desconocía los múltiples usos del salmón! ¿En que habíamos estado mi marido y yo durante todo ese tiempo? Ni siquiera teníamos un espejo en el techo del dormitorio. Decidimos ponernos al día, pero después de algunas contorsiones muy peligrosas -como comprobamos más tarde en las radiografías de columna- amanecimos echándonos linimento en las articulaciones, en vez de mousse en el punto G.

Cuando mi hija Paula terminó el colegio entró a estudiar Psicología con especialización en sexualidad humana. Le advertí que era una imprudencia, que su vocación no sería bien comprendida, no estábamos en Suecia. Pero ella insistió. Paula tenia un novio siciliano cuyos planes eran casarse por la iglesia y engendrar muchos hijos, una vez que ella aprendiera a cocinar pasta. Físicamente mi hija engañaba a cualquiera, parecía una virgen de Murillo, grácil, dulce, de pelo largo y ojos lánguidos, nadie imaginaría que era experta en esas cosas. En medio del Seminario de Sexualidad yo hice un viaje a Holanda y ella me llamó por teléfono para pedirme que le trajera cierto material de estudio. Tuve que ir con una lista en la mano a una tienda en Amsterdam y comprar unos artefactos de goma rosada en forma de plátanos. Eso no fue lo más bochornoso. Lo peor fue cuando en la aduana de Caracas me abrieron la maleta y tuve que explicar que no eran para mí, sino para mi hija… Paula empezó a circular por todas partes con una maleta de juguetes pornográficos y el siciliano perdió la paciencia. Su argumento me pareció razonable: no estaba dispuesto a soportar que su novia anduviera midiéndole los orgasmos a otras personas. Mientras duraron los cursos, en casa vimos videos con todas las combinaciones posibles: mujeres con burros, parapléjicos con sordomudas, tres chinas y un anciano, etc. Venían a tomar el té transexuales, lesbianas, necrofílicos, onanistas, y mientras la virgen de Murillo ofrecía pastelitos, yo aprendía cómo los cirujanos convierten a un hombre en mujer mediante un trozo de tripa.

La verdad es que pasé años preparándome para cuando nacieran mis nietos. Compré botas con tacones de estilete, látigos de siete puntas,page14image3661885296 muñecas infladas con orificios practicables y bálsamos afrodisiacos, aprendí de memoria las posiciones sagradas del erotismo hindú y cuando empezaba a entrenar al perro para fotos artísticas, apareció el Sida y la liberación sexual se fue al diablo. En menos de un año todo cambio. Mi hijo Nicolás se cortó los mechones verdes que coronaban su cabeza, se quitó sus catorce alfileres de las orejas y decidió que era más sano vivir en pareja monógama. Paula abandonó la sexología, porque parece que ya no era rentable, y en cambio se propuso hacer una maestría en educación cognoscitiva y aprender a cocinar pasta con la esperanza de encontrar otro novio. Lo encontró, se casaron y luego vino la muerte y se la llevó, pero esa es otra historia. Yo compré ositos de peluche para los futuros nietos, me comí la mousse de salmón y ahora cuido mis flores y mis abejas.

Isabel Allende

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LA TRANQUILIDAD: ¿Objetivo inalcanzable?

Los tiempos que nos toca vivir se les puede calificar de mil formas menos de “tranquilos”. Sin embargo, a decir de los expertos, es fundamental la tranquilidad para alcanzar un estado de bienestar y la felicidad.

En este artículo publicado el 5 de Enero del 2021, en la revista CULTURA INQUIETA, nos da algunas claves para conseguirlo

https://culturainquieta.com/es/inspiring/item/17615-claves-basicas-para-alcanzar-la-tranquilidad.html

Claves básicas para alcanzar la tranquilidad

Sobrevivimos en una sociedad que está contínuamente lanzándonos ideas erróneas sobre la felicidad, el éxito y los secretos sobre cómo triunfar en la vida, pero para alcanzar la verdadera felicidad, hay que intentar alcanzar la tranquilidad.

Nos llena de ansiedad y estrés darnos de bruces con la realidad de abandonar ciertos sueños e ideales de juventud, y cuando entramos en la edad adulta con todo lo que ella conlleva, tendemos a perdernos y a desviarnos de lo que de verdad importa.

El tiempo y la tranquilidad son los valores máximos a los que debemos aspirar cuando la mecánica laboral, el rimo frenético de una sociedad llena de dudosos valores y las relaciones personales nos lo permitan.

Cuando hay falta de paz interna es complicado valorar lo positivo que nos ocurre y aunque es evidente que no podemos hacer que no existan los problemas, se puede aprender a vivir con ellos; el secreto está en poner en práctica estrategias eficaces para que esas dificultades no nos priven del sosiego y la calma.

A continuación, os damos diez claves básicas para vivir más tranquilos, para vivir al fin y al cabo.

#1 Aprender a priorizar. Es vital saber identificar qué cosas de las que nos pasan importan y cuáles no, darles a cada una su lugar y saber asignarles un grado objetivo de importancia.

#2 Identificar los momentos de malestar. Saber qué nos hace sentir mal e intentar no perder la calma en esos momentos, es la mejor herramienta para que la próxima vez todo nos afecte menos.

#3 Hacer una lista escrita con todo aquello que nos atormenta. Algo tan básico como escribir en un papel aquello que nos entristece o asusta, es un ejercicio totalmente sanador porque nos hace sacar fuera lo malo y nos ofrece una perspectiva que no nos da la introspección.

#4 Ser flexibles ante posibles cambios. La rueda de la vida no para de girar y va a empujarnos, en incontables ocasiones, a ser flexibles, a abandonar nuestras zonas de confort y a adaptarnos a los cambios. Mente abierta para todo y para todos.

#5 Destinar momentos concretos para preocuparnos. No es que debamos vivir sin preocupaciones, pero a todos esos pensamientos negativos que nos abrodan hay que dedicarles el tiempo justo y hacerlo como un hábito. Todo se verá más claro tras esos instantes de reflexión.

“En el intervalo que separa dos deseos reina la calma. Es el momento de libertad de todos los pensamientos”– Swami Sivananda –

#6 Hay que evitar montarse películas. Si hay algo totalmente evidente, es que la imaginación vuela libre y alto pero para bien y para mal. Todo suele ser mucho peor en nuestras cabezas que en la realidad y es algo absurdo sufrir por cosas que no han pasado y no sabemos ni siquiera si pasarán.

#7 El ejercicio es una terapia infalible e inmediata. Tener una actividad física habitual es una vía extraordinaria para mantener el equilibrio emocional. De hecho, en momentos de tensión o confusión, es buena idea hacer una sesión de ejercicios, o simplemente salir a caminar a buen paso. El cambio es inmediato y notorio.

#8 Estar en contacto con la naturaleza. Tomar conciencia de lo que nos rodea y nos regala la madre tierra y formar parte de eso desde el respeto, es vital para llenar de paz el espíritu. El sol, respirar aire puro, bañarse en el mar o sencillamente observar un paisaje, nos reubica y nos hace agradecer.

#9 Simplificar es la base de todo. No es más feliz el que más tiene si no el que menos necesita. Regalemos lo que no usamos, deshazgámonos de aquello que no sea imprescindible, busquemos métodos para hacer más en menos tiempo, en resumen, volvamos a lo básico.

#10 Confíar en la intuición. Dejémonos llevar, dejémonos ser y pensemos menos en las consecuencias. Es mucho más frustrante quedarse con las ganas que tener que curarse las heridas y encima, aprendemos mucho menos.

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¿Alma? Esto es Masticadores by j re crivello

Y el corazón de Masticadores Juan Re Crivello.

No sé si fue consciente del alcance del proyecto cuando lo ideó. Gracias Juan.

Barcelona / j re crivello

Normalmente no escribo en sábado. Pero la grandeza de Masticadores es que recoge a escritoras y escritores que sacan su pluma y sus ideas muchas veces en condiciones personales difíciles. Algunos se programan, otros buscan horas muertas entre sus trabajos o la lógica de la supervivencia. Siempre su corazón late para que su voz sea oída. Mi WhatsApp, o mi Messenger, o el email pueden sentir ese latido, por ejemplo el de una filósofa conocida que trabaja muy temprano y a las 6:15 me pone:

“Bien Juan, adelante seguimos trabajando”, y se afana por entregar sus dos artículos semanales. O los que entran desde la otra orilla del Atlántico cerca de las 23 (ya en mi noche) cuando ya cabeceo y miro de reojo sus latidos, alegres, estimulantes que dicen: “¡ya está! ¡Te he enviado mi texto!” Solo se puede ser editor y comunicador en la jungla de Masticadores…

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¿Llegarán los Reyes Magos?

Madre, dicen que en este país

llegan tres Reyes Magos

que traen a los niños buenos

golosinas y regalos.

Dicen que les guía una estrella,

puede que sea la misma

que vislumbraba en la noche 

durante la travesía.

Yo he sido muy valiente,

hasta me aguanté las lágrimas

al salir de nuestra tierra

y embarcarnos en la lancha.

Ni siquiera  lloriqueé,

cuando el viento arreciaba

y el mar enfurecido

grandes olas levantaba.

Sin una queja he soportado

miedo, frío, sueño y hambre.

separarme de mis amigos,

dejar en la guerra a padre

Dicen que el 5 de enero

llegan esos Reyes Magos

y hay que dejar en la ventana

limpios y relucientes tus zapatos.

Madre, creo que no van a venir

pienso que pasarán de largo.

tengo un problema muy grande

Madre, no tengo zapatos.

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NAVIDAD PERDIDA


Este año, más que ningún otro, me ha costado entonar un cántico al Espíritu de La Navidad. Lo único que la salvan son mis nietos: su ilusión y su alegría me reconcilian con esta celebración. Reconozco que disfruto más de mi familia en cualquier otra época del año que en esta que por imposición tenemos que ser felices y demostrar a todo el mundo nuestros buenos deseos de Amor y Paz. Pero a pesar de ello me esfuerzo y trato de mantener mi estado de ánimo a la altura de lo que se espera en estas fechas

No por ello, no dejo de desearos a todos los que os entretenéis unos minutos en mi página, unas FELICES FIESTAS, cada uno lo mejor que pueda y sepa, ya que las circunstancias de la pandemia no nos deja mucho margen, y hay que echar mano de la imaginación. Y mis mejores deseos para el año que está a punto de comenzar: QUE EL 2021 SEA UN AÑO SALUDABLE Y PRÓSPERO.

 NAVIDAD PERDIDA

Dejé La Navidad colgada de la rama de un abeto

junto la inocencia de mis años infantiles.

La creí preservada

a salvo de los destinos inciertos 

que depararon mis pasos de adulto.

Dejé La Navidad olvidada en aquella estrella

que marcaba el camino de reyes y pastores.

La creí perdida

en los recovecos a los que la vida te aboca

sorteando afanes y desvelos.

Dejé La Navidad guardada en la caja de los sueños

a salvo de miradas aviesas y deseos insanos.

La creí protegida

de la alegría exacerbada de los hipócritas

de las sonrisas forzadas y de las buenas voluntades.

Dejé La Navidad trenzada a mis recuerdos 

al son de panderetas y dulzainas.

La creí salvada

del desgaste de los años transitados

que la despojan de brillo y esperanza

Hoy busqué La Navidad de mis años infantiles

revolviendo en el baúl de la añoranza

No pude hallarla. 

Noche de Paz en las voces de los niños

En sus miradas un atisbo de esperanza

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