LA FIESTA DE SAMHAIN O NOCHE DE LAS ÁNIMAS

Fotografía de Marcelo Oscar Barrientos Tettamanti

Desde el principio de los tiempos, el hombre  ha sentido la necesidad de honrar a los muertos. De ahí la gran importancia que se ha dado, en todas las civilizaciones, a los ritos funerarios, bien por la trascendencia que tiene el paso al más allá o por asegurarse que cuando uno marche harán con él lo propio.

En estas fechas, recordamos especialmente a nuestros difuntos y celebramos la tradicional Fiesta de todos los Santos, la fiesta de Samhain para los celtas, de la que procede nuestra celebración actual.

Para conocer los orígenes de la noche de Samhain nos tenemos que remontar a cerca de 3.000años. A finales de octubre, los pueblos celtas celebraban el final de la recolección de sus cosechas y despedían al verano con distintos ritos y ceremonias. Creían que esa noche, la linea que separa el mundo de los vivos y de los muertos desaparece por lo que los espíritus pueden transitar entre los mortales. Para ahuyentarlos se cubrían con máscaras, hacían ofrendas, como dejar comida en el alféizar de las ventanas, y encendían velas para guiar a los moribundos hacia la luz para que no vagaran como almas en pena.

En la actualidad, rendimos homenaje a nuestros difuntos en medio de una enorme algarabía a nivel nacional. En este día, los cementerios, abarrotados de gente y cubiertos de flores, serán noticia. Sin embargo para mi gusto, es excesivo el jolgorio que rodea a esta celebración. Da la impresión de que  nos acordamos de nuestros difuntos un solo día al año, y los trescientos sesenta y cuatro restantes, “ahí te pudras”, nunca mejor dicho.

Qué diferente es de cuando yo era niña.

De aquella, todavía no nos habíamos contaminado con Halloween. No nos disfrazábamos, ni íbamos por las casas pidiendo golosinas, ni pululaban por las calles vampiros, monstruos y brujas. Más bien la vivíamos con cierto temor, y contábamos historias de muertos y aparecidos. Las campanas del reloj de la torre de la Iglesia que cantaban las horas se nos antojaban más lúgubres y tristes.

El recuerdo de los que moran en el más allá se ha convertido en un negocio: la floristerías hacen su agosto y las ventas de estos días les supone una tercera parte de las que harán el resto del año. Las confiterías también se llevan un buen bocado del pastel: a sus puertas,  en cola silenciosa, debe de ser por lo del respeto a quienes se homenajea,  se aguarda paciente para adquirir los “huesos de santos” o “los buñuelos de viento” u otro dulce típico de cualquier lugar de nuestra geografía. Y es que es hay que hacer verdad el refrán de: “El muerto al hoyo y el vivo al bollo”

Juanmaría G. Campal, un buen amigo escritor y poeta, en su columna habitual de un diario de la localidad, hace días publicaba un artículo que titulaba ¿Y las flores? ¡En vida! Desde aquí os invito a leer

https://www.lanuevacronica.com/y-las-flores-en-vida

No puedo estar más de acuerdo con sus reflexiones.

Nuestros muertos, los que siguen vivos en nuestro corazón, no necesitan  que acudamos en masa a los cementerios. Seguro que mañana se revolverán inquietos bajo sus lápidas deseando recobrar la quietud y la soledad en la que descansan el resto del año.

Me gustan los cementerios, pero sin vivos.A los muertos deseo que descansen en paz.

Y sí, las flores y los «te quiero», en vida, por favor.

Amén.

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11 comentarios

  1. Qué buenas palabras nos traes, estoy muy de acuerdo contigo.
    Antes estas cosas no se celebraban, esto es algo copiado y para mí bastante absurdo.
    Yo también pienso como Juanmaria Campal, las flores en vida.
    Por cierto, me encanta visitar a mi madre cuando no hay nadie por allí, me siento agusto en silencio.
    Ya somos más.
    Un abrazo, gran entrada!!🌷

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