TINO

Extracto del libro: El Latido del Agua

Tino llegó al valle en los primeros días de junio, y Lucía había sido la primera persona con quien se había cruzado cuando el coche de sus padres se adentró en la estrecha carretera que conducía hasta el pueblo. El largo trayecto desde Madrid lo había realizado indiferente a todo lo que no fueran los sonidos que vomitaban en sus oídos los auriculares del pequeño reproductor de música que sujetaba entre las manos. Ni siquiera se apeó del coche para estirar las piernas cuando se detuvieron para echar gasolina o para tomar un café. 

Había hecho todo el camino en silencio y el mal humor se concentraba en su entrecejo fruncido. ¿Con qué derecho sus padres lo recluían todo el verano en ese pueblo? ¿Con qué derecho? Los estudios de empresariales le atraían poco, o mejor, no le atraían nada. Pero su padre le forzó a escoger esa carrera; había que buscar continuidad a la empresa familiar y él era el único heredero de «Yesos y Escayolas Florentino Galdeza, S.L»

Lo intentó por no decepcionar a su padre, pero no pudo con ello. No le gustaban las materias pero sobre todo no deseaba pasar su vida haciendo números y cuentas dirigiendo la empresa familiar. Pensaba que tenía derecho a escoger cómo y de qué manera quería vivir; a él le gustaba el deporte y todo lo relacionado con la actividad física. 

Cuando a mitad de segundo curso de bachiller comentó en su casa que quería cursar la carrera de profesor de Educación Física, su padre le miró como si en el muchacho que tenía de frente no reconociera a su propio hijo, y después, volviendo a los papeles que revisaba, le dijo:

—Tino, quítate eso de la cabeza.

Pero no abandonó su empeño e insistió. Las peleas entre su padre y él fueron constantes durante el último año de instituto. Estudió como nunca, sus notas fueron brillantes, pero eso no hizo más que reforzar la actitud del padre:

—Tino, eres muy joven y ahora puede que no lo entiendas, pero soy tu padre, y no voy a consentir que eches a perder tu inteligencia y cambies una vida próspera al frente de nuestra empresa por otra mediocre e insulsa de monitor de gimnasia en un colegio. No voy a permitir que cambies un buen traje y un puesto directivo por un chándal.

No supo si fue por cansancio o por dejar de sentir la mirada de reproche de su padre y los sermones de su madre, pero se dio por vencido e hizo lo que se esperaba de él: se matriculó en Ciencias Empresariales. A cambio le compraron un coche.

Llevaba tres años en primero de carrera en los que tan sólo aprobó cuatro asignaturas. El primer curso asistió a clases con asiduidad, y compaginaba las horas de estudio con las del gimnasio esperando que llegaran los fines de semana para pasarlos esquiando en invierno o haciendo salidas con su grupo de montañismo durante el resto del año. Cuando su padre le anunció que dejaría de pagar el gimnasio y la cuota del club de montaña, Tino sintió que le cortaban el aire que le permitía respirar y vivir dentro de la gran ciudad. Aceptó sin rechistar que le quitaran el coche, pero no comprendió que su padre le dejara sin lo único que de verdad le gustaba. Él no suspendía a propósito, simplemente no podía con las asignaturas: Contabilidad Financiera, Derecho Mercantil, Macroeconomía y Microeconomía, Balances y Estadísticas. Ya los nombres le chirriaban y el esfuerzo que tenía que hacer para profundizar en esas materias, era impracticable.  Pero lo que le inmovilizaba era sentir que ese no era su camino. No quería vivir toda su vida haciendo algo que no deseaba, para lo que no estaba preparado; se ahogaría en un despacho…, se moriría. Trató una vez más que su padre entendiera, pero fue inútil; tozudo el padre, tozudo el hijo.

Desde entonces la cosa fue a peor: las broncas se sucedían un día sí y el otro también, por cualquier cosa, con cualquier pretexto, por lo que procuraba parar lo menos posible en casa. Mataba las horas de clase planeando los ligues y las juergas del fin de semana: alcohol y sexo fácil carente de compromiso que encontraba sin dificultad. Tino era un chico muy popular, alegre, ingenioso, ocurrente, con un físico envidiable esculpido en muchas horas de deporte y de gimnasio. Guapo de verdad, con facciones agradables y unos ojos verdes que hacían estragos entre las chicas. Su sonrisa abierta y franca y una simpatía innata hacían que la lista de amigos fuera interminable.

Los últimos meses habían sido realmente difíciles y tensos. Dejó de ir a clase y sus padres, en un intento de hacerle entrar en razón, le planearon unos meses en el pueblo.

—¿No quieres vivir en espacios abiertos? ¿No dices que te ahogan los despachos y los ambientes cerrados de las oficinas y al parecer también las clases? —apostilló el padre irónico—. Pues tendrás lo que quieres. Pasarás el verano con el primo Germán. Allí encontrarás todo lo que al parecer deseas: aire libre, montañas y naturaleza. Deberás trabajar y ayudarle con el ganado, claro, y con lo que él te mande; al menos así contribuirás a tu manutención. Ya está mayor y le vendrá muy bien que se le eche una mano.

Tino cerró boca y puños, y calló ¿Qué podía hacer? Sabía que la intención que movía a su padre encerrándole durante tres meses en una aldea de montaña pudriéndose de asco no era otra que hacerle cambiar de opinión, doblegar su voluntad, pero necesitaría algo más que eso… Al menos podría hacer alguna ruta, quizás algo de escalada. 

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