EL FURUFUHÉ. Cuento de Navidad


Imagen tomada de Internet

El FURUFUHÉ II parte

Pablo en un principio se había olvidado del Furufuhué. Estaba demasiado preocupado por su madre. Lamentaba no ser lo suficiente mayor para trabajar. Tenía que evitar como fuera que la ocurriese lo mismo que a tía Nora.  No, no quería  escuchar en la escuela: tu madre es una puta. Y tener que agachar la cabeza y apretar fuerte los dientes. O saldar la ofensa a puñetazos. No, él no vería a su mamá consumida por el Sida y por el trato de los malos clientes. No. Él no iría al entierro de su mamá, como Graciela. ¡Menos mal que cuando ocurrió era demasiado pequeña! 

Cuando al cabo de unos días, su primita volvió a decirle que se iría a casa antes de Navidad, volvió a angustiarse mucho. Pensaba y pensaba sin encontrar la manera de poder ayudarla. Hasta que una noche, mientras intentaba dormir, se abrió paso entre sus pensamientos la voz dulce de Graciela: vendrá a buscarme el Furufuhué. Intentó no pensar en eso, pero la voz de su prima se hacía cada vez más fuerte hasta que ocupó toda su mente: vendrá a buscarme el Furufuhué — ¡No! —había gritado asustado sentándose de golpe en la cama. Cuando apaciguó su respiración se volvió a recostar.

Y… ¿por qué no? Si Graciela se iba, su mamá no necesitaría tanto dinero y podría dejar de trabajar por las noches. Él ayudaría después de la escuela en lo que fuera. Si Graciela saltaba desde la ventana se iría al cielo. Y allí estaría bien y sería feliz para siempre junto con Tía Nora. Sí, esa era la única solución. El corazón se le estrujó en el pecho.

—Te auparé hasta la ventana— le había dicho esa misma tarde, mientras esperaban a su madre para cenar. En la televisión, árboles de navidad adornados con bolas brillantes, regalos, juguetes, turrones, música de villancicos “El camino que lleva a Belén…ro po pon pon..” Extraña manera de celebrar el nacimiento de quien nació tan pobre, pensó Pablo. Su mamá había dejado partido en pequeños trocitos las tabletas de turrón que le habían dado en la parroquia. Así duraban más

Graciela, ajena, pintaba cielos de nubes de colores y pájaros de alas grandes escamosas como si fueran peces voladores que se estrellaban en un rayado mar azul marino.

— ¿Cuándo será?

—Mañana que es Navidad. —Graciela le miró, sonrío y siguió pintando.

Pablo se revolvió inquieto en la cama. Se había levantado un fuerte viento que hacía oscilar la luz que entraba de la calle.  Silbaba el aire. O… ¿silbaba el Furufuhué?  Tiritaba de frío. Gotas de sudor le resbalaban por la cara. Sudor y lágrimas. En el pecho una enorme piedra no le dejaba respirar. Y de nuevo interpeló a su tía … 

«No se te olvide. ¡Por favor! Ella cree que será el Furufuhué, como en los cuentos. Dice que la pondrá sobre sus enormes alas y la llevará de vuelta a casa, con la abuela. Pero yo sé que eso no va a ocurrir y cuando ella salte…. Será mañana

Se sobresaltó al sentir que alguien le zarandeaba. Al final se había dormido. Su madre yacía vestida sobre su cama. No la había sentido llegar. Su prima le miraba sonriente: Ya es mañana.

Apenas había amanecido, y el sol de invierno entraba tímido en el cuarto. Sin decir palabra se dirigieron los dos a la ventana. Pablo la abrió con cuidado. Ayudó a subir a Graciela a la mesa y a sentarse en la poyata de la ventana. Cerró rápido tras ella. Un tambor golpeaba frenético en su cabeza al mismo ritmo que su corazón. Graciela volvió la cara y le miró tras el cristal. Sonreía feliz. Pablo sintió un roto por dentro. Controló el temblor de su mano. Muy despacio bajó la persiana.  

Horas más tarde, Pablo entraba de puntillas en la habitación 206 de la sala infantil del hospital. Graciela muy pálida, en una cama blanca, parecía dormir. Apenas abultaba bajo las mantas y las bolsas de agua caliente que le aportaban el calor necesario para remontar una grave hipotermia. Unos cables salían desde uno de sus brazos hasta un frasco colgado de un perchero metálico. Pablo se acercó a la niña y la cogió de la mano; una mano lánguida, fría, como de muerta. Asustado la destapó ligeramente hasta que se cercioró que las sábanas bajaban y subían levemente con su respiración. Se inclinó sobre ella y le beso en la frente. Explotó en lágrimas. En un susurro preguntó a su prima:

— ¿Qué pasó, por qué no saltaste? ¿No vino el Furufuhué? 

Graciela abrió los ojos. Unos ojos de persona mayor. 

—Tuve miedo.

* FURUFUHUÉ: ente mitológico vinculado con el viento. Se lo describe como un pájaro cuyo cuerpo esta cubierto de escamas refulgentes en vez de plumas, y que solo puede ser visto a contrasol. Nadie sabe donde anida ni de donde viene, pero explican que su potente silbido puede oírse de cualquier lugar de la Tierra

Relato publicado en la Antología Navideña: LA NAVIDAD CUENTA. Diciembre de 2010

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