LA REGATA . fragmento de la novela VIOLETA MARA…MARA…MARAVILLA

Imagen sacada de internet

LA REGATA

El día amaneció cubierto y sin sol. El cielo azul quedaba oculto tras una capa de nubes lechosas. El mar se agitaba inquieto gracias a la misma brisa que había preocupado a Pericopicón el día anterior. La temperatura era suave, pero parecía que se iban a cumplir los malos presagios de Pilar. Bajé al pueblo con la mirada puesta en el cielo y el corazón encogido. Sebastián, al advertir mi preocupación, me dijo:

—Tranquilo, Jacobo, que esas nubes no se desharán en agua. Podrá celebrarse la regata, ya lo verás.

Cuando llegamos al puerto se desvanecieron todos mis temores. Caxaelecha respiraba fiesta. El aire estaba impregnado de música de dulzainas y gaitas, de olor a churros y a sardinas fritas provenientes de varios puestos que salpicaban el puerto, a esa hora ya muy concurrido.

Pericopicón nos esperaba en el muelle, junto a mi barca. Todas estaban amarradas en formación e iban adornadas en la proa con unas ramitas de retama.

—¿Cómo van esos nervios? —preguntó al verme.

—Pues ahí están. Parece que tengo lombrices mordiéndome el estómago. Estoy preocupado por el tiempo. ¿Lloverá?

—No, no lloverá. No me inquieta la lluvia. Este viento puede traer algo peor: brumas.

—¿Brumas? Pero si sopla suave.

—Por eso, porque sopla suave puede hacer bajar las nubes al ras del mar.

Su prevención no era nada tranquilizadora. Iba a preguntarle cómo podía ser eso, cuando sentí una palmada en la espalda. Me volví: el Sierpes y los demás me rodearon.

—¿Qué, dispuesto para la gran prueba? ¿No pensarás ni por un momento que vas a quedar mejor que yo? —preguntó fanfarrón.

—Pues no te lo pondré fácil. Te lo aseguro, te costará ganarme.

—La verdad es que has entrenado mucho. Estarás entre los primeros, estoy segura —dijo Cristina.

—Oye, oye, deja de animarle, que es a mí a quien tienes que apoyar —le reprochó en plan cómico el Sierpes—. ¡Ten una chica para que al final apueste por otro!

Todos rieron la broma.

—¡Que tengáis mucha suerte los dos! —nos deseó Germán.

Raquel me cogió del brazo y me llevó un poco aparte. Estaba muy guapa; llevaba sus rizos recogidos en un gorra pero algunos rebeldes se le escapaban y resbalaban por la cara dándole un aspecto un poco salvaje. Una camiseta negra muy ajustada resaltaba su pecho. Sin querer lo recordé cubierto por aquel sujetador blanco de puntos rojos. Enrojecí como un cangrejo recién escaldado. Ella no pareció percatarse de mi rubor; me apartó aún más del grupo, con el consiguiente abucheo de los chicos, y sacó algo del bolsillo del pantalón. Era una piedra plana redondeada con un signo grabado. Me la puso en la mano.

—No sé si te lo mereces… Esperaba que se te ocurriera poner mi nombre en tu barca —me dijo con un brillo travieso en la mirada.

—¿Qué es esto?

—Es una runa vikinga: Lauguz. Significa «agua». El agua es el reflejo del cielo y del viento. Te traerá suerte.

—Gracias, Raquel. Y lo del nombre de la barca… se lo debía a Violeta.

—¡Claro, tonto! Te lo decía en broma. ¿Imaginas a esos si lo hubieras hecho? Menudo pitorreo hubieran tenido a nuestra costa. Total, por nada. No hemos tenido tiempo.

Su última afirmación me dejó un poco perplejo. ¿Qué quería decir con eso de que no habíamos tenido tiempo?, ¿que de haberlo tenido habría pasado algo entre nosotros?, ¿qué le gustaba?… Entonces hizo un gesto que me aturdió aún más: se empinó sobre sus pies y me dio un beso en la cara. El abucheo del grupo fue aún mayor que el anterior y mi rostro se volvió a encender como un semáforo.

—¡Suerte, campeón! —me deseó, mientras se reunía con los demás.

Me sacó del éxtasis el sonido de los altavoces anunciando que dentro de quince minutos iba a dar comienzo la regata y que los participantes podían ir acomodándose en sus barcas. Me dirigí al lugar donde estaba amarrada la mía, en el que ya se encontraban Violeta acompañada de Gregorio y Vitorina. Mi madre, Nora, Pilar y Manuela habían decidido ir directamente a la meta. Violeta estaba muy nerviosa. Parecía que fuera ella la que iba a participar.

—Rema fuerte tú, eh. Fuerte, fuerte, que tenemos que ganar. ¡Eres el mejor! Y el más guapo de todos, todos. − Y se reía.

Por los altavoces volvieron a anunciar que en cinco minutos comenzaría la regata. Antes Pericopicón me había dado las últimas recomendaciones:

—Muchacho, has trabajado mucho y bien. Rema con tranquilidad. Recuerda: el ritmo, acompasado y regular. No te agotes al principio. Y una cosa más: si se te presenta algún problema déjate guiar por tu instinto.

Subí a mi barca, empuñé los remos y me coloqué en posición de salida.

Sonó un disparó y la primera barca salió, el resto lo hicimos a intervalos de dos minutos, entre una y otra, animados por el griterío de la gente del pueblo y de los forasteros que se habían acercado hasta allí para ver la competición.

Salí en tercera posición, tras de mí el Sierpes, a continuación un muchacho de un pueblo vecino y en el último lugar la barca de Gabino.

Tan pronto dejé atrás el muelle y me encontré fuera de la línea de rompientes mis nervios se apaciguaron, y adopté una boga más acompasada y con buen ritmo. Recordaba los consejos de Pericopicón: «No consumas tus fuerzas en los primeros tramos, resérvalas para el final». Remaba tranquilo y confiado.

Llevaba recorridos unos ciento cincuenta metros cuando me rebasó Gabino. Era lo esperado, sabía que no tardaría en darme alcance. El Sierpes lo hizo un poco después. Al sobrepasarme pude ver la expresión de satisfacción de su cara. 

Me encontraba en el antepenúltimo lugar, así que decidí que había llegado el momento de acelerar el ritmo si quería llegar a la franja del faro en una posición más ventajosa; habíamos realizado un tercio del recorrido y ya despuntaba sobre el horizonte. Tenía que dejarlo a la izquierda y franquearlo con la suficiente distancia para no verme arrastrado por las corrientes que transitan esa zona y terminar atrapado por los remolinos que se forman en las escolleras. Pero al mismo tiempo, no podía alejarme demasiado de la ruta marcada o, al incorporarme de nuevo a la trayectoria, perdería un tiempo precioso que luego sería muy difícil de recuperar.

El cielo seguía encapotado y de vez en cuando caía alguna gota, pero sin llegar a llover. La brisa se había hecho más intensa, soplaba de mar a tierra, racheada, y tenía un regusto salado. El mar se estaba encrespando y yo comencé a inquietarme. Pocos metros por delante tenía a otro de los participantes; esta vez sería yo quien le adelantara. Un cuarto puesto no estaba mal, pero aún quedaba más de la mitad de la regata. No podía confiarme. A la altura del faro, un sordo y constante fragor era indicativo de la fuerza del agua al romper en los innumerables escollos que lo rodeaban. Me abrí a estribor para evitarlos. Calculé la distancia guiándome por la intensidad del ruido del agua al estrellarse contra las rocas. La corriente era muy fuerte, pero logré alejarme hasta que el estruendo solo fue un rumor. Después rectifiqué el rumbo. Respiré hondo; obstáculo principal salvado.

Desde el punto donde me encontraba aún no divisaba la caleta. Los escollos que delineaban la costa la hacían parecer inabordable e impedían su localización. Pero ya no podía quedar muy lejos. Las tres primeras barcas también habían pasado el faro sin problemas y navegaban delante de mí rumbo a la meta. En cabeza, Gabino. Y de pronto ocurrió algo insospechado: apareció la niebla.

Descendió de improviso, espesa, burbujeante. Parecía emerger del mar. En cuestión de segundos quedé sumergido en una bruma opresiva que me recordó el mundo gris en el que había estado inmerso. La visibilidad era nula y era incapaz de orientarme. Tuve miedo. De nuevo me veía perdido y sin horizonte. Traté de conservar la calma pero la ansiedad volvió a morderme en el pecho y el desasosiego me revolvió el estómago. A pesar de todo, yo no había dejado de remar, lo hacía mirando fijamente a la capa brumosa como si tan solo por la fuerza de mi voluntad pudiera traspasarla. La sirena del faro comenzó a sonar, y los destellos de la linterna marcaban un punto luminoso a mi espalda. Para complicar aún más la situación, aumentó el oleaje que batía con fuerza los costados de la barca. No podía más que aguantar e intentar mantener el rumbo, pues el más mínimo desvío podía significar el fracaso y quedarme fuera de la regata. 

La niebla persistía infranqueable. El faro quedaba a mi izquierda. Tomando ese punto de referencia, la meta estaría en diagonal, a la derecha. Pero… ¿cómo guiarme?, ¿cómo saber que no me estaba desviando?

Puede que fuera casualidad o producto de mi imaginación, pero sentí un peso en el bolsillo en el que había guardado la runa de Raquel. Entonces recordé lo que me contó Pericopicón sobre la ola madre. Los antiguos marineros, cuando se veían rodeados por la niebla, esperaban a la gran ola que se produce siempre cada siete olas pequeñas. La llamaban la ola madre; la tierra queda siempre a su derecha y en ángulo recto. Me esforcé por calcular mi posición; la luz del faro seguía parpadeante a mi izquierda, por lo que la línea de la costa debería de encontrarse a mi derecha. Dejé de remar, busqué en el bolsillo del pantalón la runa, la apreté fuerte entre mis dedos y… comencé a contar. Tenía que contar las olas y esperar que se produjera esa ola mayor, si es que el fenómeno era cierto y no leyendas de viejos marinos. De nuevo el miedo trepó por mi espalda y me erizó el pelo. Rodeado de agua y de brumas me aferraba a los remos; parecían ser lo único real y tangible.

La angustia cerró aún más el cerco. Los ojos me escocían, por la sal, por las lágrimas. No quería llorar. Los cerré fuerte para evitar que se desbordaran cuando en mi cabeza resonó la voz de Pericopicón: «Si se presentan problemas, déjate guiar por tu instinto». Mi instinto… Mi instinto en este caso no me decía mucho más que tenía que mantener la calma y comenzar a contar las olas. Traté de tranquilizarme y sopesé la situación. ¿Qué era lo peor que podía pasar? Que me quedara allí a merced del oleaje y adiós a la regata. ¿Lo mejor? Que lo intentara. Si me equivocaba y me desviaba del rumbo tampoco pasaría nada. Respiré hondo y traté, una vez más, de buscar en esa masa nebulosa un punto de referencia. Era imposible ver nada. Decidí hacer caso a los viejos marineros. Sujeté con fuerza los remos y volví a remar esperando poder identificar a la ola madre. No tardó en aparecer. Se notaba con claridad que era mayor su longitud de onda y su desplazamiento. No sé si fue sugestión o fue el miedo, porque seguía remando a ciegas, pero conté hasta siete olas pequeñas que se sucedían a intervalos de dieciséis segundos aproximadamente; tras ellas, de nuevo se producía una mucho mayor. Intenté remar en la misma dirección que el deslizamiento de la ola, aprovechando su impulso. Rezaba para que conservara el ángulo y la orientación.

No podía calcular el tiempo transcurrido, pero sabía que en circunstancias normales ya debería de estar llegando a la meta. Me consolaba pensar que los demás estarían en la misma situación que yo. La niebla parecía hacerse más liviana; a pesar de ello mi visibilidad no iba más allá de unos dos metros de proa. Aun así seguí remando y contando olas. Una vez más me vi impulsado por la fuerza de una nueva ola madre, el punto álgido de su cresta parecía interminable. Sentí como si me propulsaran, como si me escupieran y, de pronto, me encontré fuera del banco de niebla.

¡No me lo podía creer! 

La costa estaba delante de mí, a unos doscientos metros, perfectamente visible. Una de las barcas entraba en meta; parecía la de Gabino, le seguía a corta distancia El Sierpes. Divisé otra a mi izquierda, bastante desviada de la ruta, y del resto ni rastro. Eso significaba que el tercer puesto podía ser mío. ¡Iba a ser mío!

Me lancé como un loco hacia la cala. Remé con toda la potencia que fui capaz de imprimir a mis brazos. El ritmo era frenético. Mi corazón latía con la misma fuerza que los remos deslizándome sobre el agua. La otra barca intentaba acortar distancias, pero estaba demasiado lejos; no me alcanzaría.

 Divisé con claridad a la gente sobre el acantilado vitoreando la llegada de las embarcaciones. La barca de Gabino ya fondeaba en la arena, y al Sierpes le quedaban unos pocos metros. Mi tercer puesto estaba asegurado, pero aún quería lograr una buena marca. Realicé el sprint final. Aún forcé más el ritmo. No sentía los brazos, ni las piernas; estaba como anestesiado con la única obsesión de remar lo más rápido posible para acortar los metros que me separaba de la meta. No paré hasta que noté el golpe seco de la quilla al encallar en la arena. Los remos saltaron de mis manos; me dolían. Jadeaba y estaba aturdido por el esfuerzo. El sudor caía por mi cara y notaba todos los músculos de mi cuerpo en tensión. Respiré hondo para recuperar el aliento. Entonces escuché aplausos. Eran por mí.

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5 comentarios

    • Gracias, Estrella. ¡Cuánto me alegran tu comentario!, porque eso es lo que más puede satisfacer a un escritor, que el lector se meta en la historia o en un pasaje, no como observador pasivo, sino como si lo estuviera viviendo.
      Miles de gracias por comentar. Un abrazo grande

      Le gusta a 1 persona

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