VIOLETA Y JACOBO

Hay veces que los personajes de una novela se convierten en alguien tan cercano para el escritor que les llega a pensar reales y comparte su mundo con ellos. Eso me ocurre a mí con Violeta y Jacobo. No, no os asustéis, no me estoy volviendo loca, pero se han hecho tan cercanos que me sorprendo pensándolos como si fueran otros hijos imaginarios. Bueno, hijos son, ya que yo los parí… y aunque algún que otro quebradero de cabeza me dieron, sobre todo Jacobo, son maravillosos y entrañables. Os dejo un fragmento de la reflexión que hace Jacobo adulto, recordando esos años complicados y difíciles de su adolescencia.


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VIOLETA MARA…MARA…MARAVILLA.
He decidido escribir mis pensamientos en un pequeño
cuaderno. Al terminar se lo ofreceré a Paula, le debo esta
parte de mi vida. Y de esta manera también lo podrá leer mi
hijo cuando sea mayor.
Según voy dejando mis vivencias en el papel, me pesa
no haber sacado antes a la luz lo ocurrido en aquellos años.
Supongo que por vergüenza o por lo dolorosos que fueron.
Puede que mi dificultad de echarlos fuera y el vivirlos hacia
adentro, al final fue beneficioso y aceleró mi recuperación.
Nunca se lo conté a nadie. Ni siquiera lo hablé con mi psiquiatra.
Él tampoco me interrogó al respecto. Recuerdo que
durante mi estancia en Caxaelecha hubiera tenido que acudir
varias veces a consulta, pero no me llevaron. Después
supe que Sebastián habló con él. Y únicamente a mi regreso
del pueblo, en una de las sesiones, me preguntó: «En Caxaelecha,
¿todo bien?». Yo afirme: «Muy bien». Él me miró
con esa mirada suya que costaba mantener porque parecía
leerte por dentro. Recuerdo que sonrió y asintió con la cabeza
para después afirmar: «Ya estás preparado para regresar
a casa y reiniciar tu vida normal». Me pregunto qué habrá
sido de ese hombre. Me propongo intentar localizarlo.
Vitorina fue otro eslabón en mi rescate, porque yo necesitaba
ser rescatado. Un eslabón del ancla que me fijaba
a la vida de nuevo. Sin apenas decirme nada, me echó el
cabo al que se aferra un náufrago. Me enseñó más de lo que
hubiera aprendido en muchos días de terapia. Yo iba absorbiendo
todo lo que me transmitían, sediento por conocer,
por comprender, más que nada, a mí mismo. Pero lo mejor
era que se producía de una manera natural, sin forzar. Sin
que nadie me dijera nada ni yo me percatara de ello. En
casa de Vitorina, en la de Manuela y Sebastián, respiraba la
paz y el equilibrio que necesitaba para curar mis heridas y
restablecer mi propia estabilidad. Ahora, al escribirlo, hago
consciente lo que por entones simplemente intuí: las casas
absorben las emociones de los que viven en ellas. Esa es la
razón por la que hay lugares cálidos y acogedores, y otros
hostiles e incómodos de los que estás deseando salir. Eso
ocurría en la casa de mis padres. Sus roces constantes, las
discusiones quedaban en el aire y creaban un clima opresivo.
Una atmósfera pesada y amenazante como la de la tormenta
a punto de descargarse en truenos. Pero ni cuando
se producía el estallido, se limpiaba el aire. Seguía flotando
algo que te mantenía en alerta. Preparado para el siguiente
estruendo. Y con miedo.
Recuerdo que cada dos por tres se producían pequeños
accidentes domésticos inexplicables: un cuadro que se
desprendía de la pared, un vaso que se rompía sin que nadie
lo tocara, un aparato eléctrico que dejaba de funcionar sin
causa aparente… Cosas así. Ninguna planta logró sobrevivir
por mucho que las cuidara mi madre. Las casas de Manuela
y Vitorina estaban llenas de ellas. A mí me gustaban,
sobre todo, los macizos de hortensias.
Cuando éramos pequeños, mi hermana y yo guardábamos
parte de nuestra propina y sorprendíamos a mi madre
con un pequeño ramo de flores. A ella se le llenaban los ojos
de lágrimas, como si en lugar de darle alegría nuestro gesto
le produjera tristeza… Ahora creo saber por qué.
Pero mejor vuelvo a esos días en los que la luz rompió
por fin las brumas, mostrando cielos rotos de nubes y sol.
Y sigo escribiendo…

Digital - Violeta

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2 respuestas a VIOLETA Y JACOBO

  1. Te doy la enhorabuena por haber llegado a tantos corazones con Violeta… y por ese premio recibido, querida Felicitas, por cierto, muy merecido.
    Un gran abrazo.

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