Noche de ánima y Candelas II

Y SIGUIENDO CON HISTORIAS DE MIEDO, QUÉ MEJORES QUE LOS PERSONAJES ASUSTANIÑOS DE NUESTRA RICA TRADICIÓN…

Ilustraciones de Graciela Robles

LA PAPARRASOLLA (extracto)

Nuevos Cuentos Castellanos Viejos I

La noche cae de golpe. Sorprende como la pedrada en un cristal. La niebla se adueña de las calles vacías y la gente se apresura a cerrar las contraventanas de madera para ocultar el interior de sus hogares. Murmullos de plegarias rompen el silencio agobiante como el de un camposanto. Un sollozo desgarrado se eleva sobre ellos: el de la madre del último niño que despareció. El  reloj de la torre de la iglesia anuncia la media noche. Las madres, aterradas, abrazan a sus hijos más pequeños. Tras la última campanada el pueblo queda expectante, encogido en el temor, hasta que unos gritos espeluznantes y lastimeros se extienden sobre los tejados. Las oraciones crecen; incluso los hombres rezan. La Paparrasolla ha despertado y sobrevuela las casas buscando a un nuevo inocente.

 

El reloj de la torre da la primera campanada de las doce. El sonido es ensordecedor. Marcela se tapa las orejas con la manos; los tímpanos le van a estallar.

Tras la última, el silencio se restaura.  Es un silencio espeso y apretado. Marcela  siente que le aplasta;  le cuesta respirar. Será mejor marcharse cuanto antes.

Un murmullo extraño la detiene. Procede del fondo más tenebroso del recinto  y se desliza sobre el silencio que parece abrirse ante él. Marcela agudiza el oído y trata de ver qué lo provoca. Hay un revuelo de sombras. Una de ellas  se recorta sobre las demás y ocupa todo el espacio. Marcela intuye una presencia. No le cabe la menor duda: ahí, hay algo. Recuerda la leyenda  y las palabras de Tarsila “Se teme a lo que se desconoce y en lo que no se cree”.

El rumor aumenta. Es un resoplido lúgubre y amenazador. Marcela contiene la respiración cuando la sombra se agita y se dirige hacia ella. El olor maloliente emana de la negra figura; se hace insoportable. Pero Marcela no se mueve. Está como hipnotizada.  Cando la sombra llega hasta la ventana y la luz de la luna cae sobre ella, Marcela ahoga un grito.

La Paparrasolla camina con las alas negras cruzadas sobre el pecho. Su rostro de mujer podía ser hermoso si no reflejara el estigma del mal. Erguida sobre sus patas, clava en Marcela sus ojos enrojecidos y emite un espeluznante alarido.

Marcela se sobrecoge y la observa sin pestañear. Es más terrible de lo que se imaginaba. La angustia le congela por dentro. La duele. No por miedo, sino por la maldad que emana de ese ser.  La Paparrasolla abre su boca y  lanza otro chillido que la atraviesa como un cuchillo. Se le acerca.

Su primer impulso es salir corriendo, pero algo en su interior le dice que es mejor que no se mueva. Vuelve a oír a Tarsila: “Te protegen desde lo alto. Eres una niña de luz de luna”. Temblando, cierra los ojos y siente la respiración agitada de La Paparrasolla sobre el cuerpo, sobre la cara; como si la olfateara. Gira alrededor de ella una y otra vez, resopla enfurecida. Marcela se mantiene inmóvil, como si fuera una estatua, aguantando la repugnancia y la inquietud que le produce el aliento y la cercanía de ese ser. El pánico le sube por la espalda en un escalofrío. Es mucho peor que el miedo, porque es más irracional.

Tras unos minutos interminables, la Paparrasolla retrocede hasta la ventana emitiendo lóbregos jadeos. Marcela, abre los ojos. La Paparrasolla  la observa con la furia y el odio concentrados en su mirada. Entonces, le lanza un espantoso y amenazante alarido, extiende sus alas  y sale volando por la ventana.

 

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