Noche de Candelas y Ánimas

31 de Octubre: noche de Candelas encendidas al amor de la lumbre . Noche de historias de aparecidos y ánimas en pena, narradas al amor de la lumbre. Sigamos con esta tradición, no dejemos que Halloween destierre nuestras costumbres en esta noche tan nuestra.

Os dejo mi relato terrorífico para esta noche de fantasmas y aparecidos. ¿Quién dijo miedo?

LA MANSIÓN DE MANTOAROSA (Felicitas Rebaque)

 

casa siniestra

 

El vértigo le zarandeó tan fuerte que Nicolás Harganzuela Gómez, de cincuenta y ocho años, médico de profesión, se agarró a los bordes de la cama buscando un punto de referencia y sujeción. Inmóvil, esperó unos minutos hasta que la ola decreció. Procurando que el movimiento de su cabeza fuera el mínimo, buscó con la mirada el reloj de la mesilla. Estaba parado. Sus manecillas marcaban las seis y media.

¿De la mañana o de la tarde? – se preguntó.

Se volvió muy despacio hacia la ventana. Ese gesto puso de nuevo en marcha el carrusel, donde al parecer estaba subido, haciendo que los objetos y la habitación entera giraran a su alrededor. Cerró los ojos. Cuando el baile se detuvo y todo ocupó de nuevo su lugar, los entreabrió con miedo. Las sobras que se adentraban a través de la persiana trepaban por el aire difuminándose en la penumbra de su dormitorio. Supuso que era de noche.

Era de noche. Pero… ¿de qué día, de qué semana? ¡Qué importaba! Nicolás Harganzuela no disponía de la lucidez suficiente como para responderse a esa pregunta.

Cerró los ojos. El vértigo volvió de nuevo y esta vez no opuso resistencia. Se dejó llevar por una danza infernal que le sumió en un estado de semiinconsciencia y le condujo a un túnel de claroscuros en el que rostros, escenas y palabras se mezclaban entre sí. Le asaltaban, y le atrapaban, arrastrándole de nuevo a ese mundo irreal de la casona Mantoarosa, haciéndole revivir una y otra vez todo lo allí sucedido.

                                                                           ***

La casona de Mantoarosa era una edificación de piedra medio derruida perdida en la mitad del páramo. Nicolás, pasaba por ese desolado y triste lugar con frecuencia, cuando iba a visitar a los pacientes que vivían en las granjas colindantes. Por los signos de total abandono que mostraba, nunca pensó que pudiera estar habitada.

Le habían hecho llegar el aviso por medio de un muchacho. A pesar de que no le dio ninguna explicación de lo que ocurría, se dirigió con premura a aquel apartado lugar. El caso debía de ser realmente grave porque le esperaban en la puerta. Una mujer de edad indeterminada, vestida de negro, le salió al encuentro antes de que traspasara la vieja verja oxidada que rodeaba a la mansión, proporcionándola identidad y consistencia en medio de un desolado paraje.

—Buenos días, doctor, gracias por venir —le saludó la mujer agarrándole del brazo como quien atrapa a una presa. Y sin dejarle siquiera responder al saludo lo empujó a través de un pequeño y abandonado jardín hacia el interior de la casa.

—He venido en cuanto me ha sido posible —comentó Nicolás, mientras la seguía apresuradamente por un largo pasillo débilmente iluminado por unas cuantas bombillas desnudas.

 ¿Me podría adelantar de qué se trata?

La mujer se detuvo bruscamente ante una puerta de madera comida por la carcoma. Su inesperada parada hizo que Nicolás se abalanzara sobre ella. En ese acercamiento fortuito e involuntario se vio envuelto en un desagradable olor a rancio que procedía del cuerpo de aquella extraña mujer. Instintivamente dio un paso atrás. Ella le miró fijamente y con la mano puesta en el picaporte de latón, sin abrir la puerta, dijo:

—Doctor, es mi hermano. Antes de entrar en la habitación debo advertirle que lo que usted va a ver aquí no lo ha visto antes, ni lo habrá leído en ningún libro de medicina. Carezco de sus conocimientos pero sé que no hay ninguna razón científica ni humana que justifique la situación en que vive mi hermano. Le parecerá inverosímil, pero el hecho es que sucedió y que la realidad es la que usted va ver, por muy antinatural e incomprensible que parezca.

El discurso de la mujer era lúcido e inteligente en su forma de expresarse, pero incoherente en su contenido. Nicolás empezó a impacientarse.

— ¿Qué es exactamente lo que le ocurre a su hermano? ¿Por qué me han llamado?

—Para que le ayude a morir.

— ¿Ayudarle a morir? —preguntó extrañado—. ¿Qué es lo que tiene su hermano? ¿Un proceso degenerativo, un cáncer en estadio terminal? Si es así, lo mejor es trasladarle a un hospital. Yo aquí poco puedo hacer.

—No, no es eso —contestó la mujer taladrándole con la mirada—. Su mente goza de excelente salud, pero su cuerpo hace tiempo que murió. Ése es el problema: ella no quiere seguir viviendo.

«Su cabeza goza de una salud excelente, su cuerpo murió.» Nicolás Harganzuela pensó que se encontraba ante un caso claro de paranoia delirante.

Se sintió incómodo. Apartó la vista de ese rostro pálido e inexpresivo en el que sólo parecían tener vida unos ojos gatunos de mirada helada.

—Creo que lo mejor es que explore a su hermano —le dijo convencido de que no existía tal hermano y de que la que necesitaba atención médica era ella. No era raro que en la soledad de esos parajes las personas perdieran sus facultades mentales—. Le aseguro que no soy fácilmente impresionable –aclaró, siguiéndola su alterado discurso-, y no he acabado la carrera anteayer. Conozcamos al paciente.

La mujer abrió la puerta y se echó a un lado para dejarle paso. Un hedor espeso, caliente y húmedo le salió al encuentro. Se quedó parado unos momentos sin traspasar el umbral hasta que oyó a sus espaldas:

 —Pase, doctor, por favor.

Dio unos pasos adelante y quedó atrapado en una atmósfera opresiva de aire viciado e insano en la que se le hacía difícil respirar.

Tardó unos minutos en adaptar sus ojos a la semipenumbra en la que se encontraba la habitación, tan sólo iluminada por pequeñas lamparillas de aceite colocadas en un extremo, donde sombras oscilantes le conferían una atmósfera siniestra y tenebrosa. A pesar de la poca de luz, pudo distinguir con inquietante claridad lo que guardaba la penumbra: una habitación vacía y, por todo mobiliario, una especie de peana de madera donde descansaba un busto y, a su lado, un enorme sillón.

Nicolás se volvió a la mujer, hizo una profunda inspiración tratando de encontrar un poco de aire fresco que meter en sus pulmones para controlar la náusea y, afianzándose en su primer diagnóstico, le preguntó:

— ¿Qué broma es ésta? ¿Qué significa esto?

La mujer se acercó.

—Por desgracia no es una broma. Venga, por favor.

Atravesó la habitación, le llevó frente a la peana y, señalando el busto, hizo las presentaciones:

—Doctor, éste es mi hermano Ramiro.

El médico dio un paso hacia atrás al tiempo que abría y cerraba la boca varias veces intentando articular algún sonido. Un sudor frío le empapó la camisa y la  náusea nacida en lo más profundo de su cerebro le sacudió con tal violencia que, instintivamente, se llevó la mano al estómago. Notó que sus piernas apenas le sostenían. Sus músculos se habían convertido en cera derretida, por lo que buscó apoyo en el sillón. Quiso desviar la mirada, pero sus párpados no le obedecieron. No podía dejar de contemplar aquel rostro. No podía dejar de mirar a esos ojos que le traspasaban a su vez, implorantes, insólitos, profundos, repletos de conocimiento y de dolor, desde la cabeza sin cuerpo que reposaba en la peana. Desde una mueca vacía salió una súplica.

—Por favor, doctor, quíteme la vida. Máteme.

Nicolás lanzó una mirada angustiosa e interrogante a la mujer que permanecía silenciosa a su lado.

—Hace unos cuatro años mi hermano vino a vivir a la casona, propiedad heredada de mis padres. Al principio se encontraba bien. Nos manteníamos en contacto con frecuencia. Poco a poco se fueron distanciando sus cartas hasta que dejó de escribir. Tan sólo  por mi cumpleaños y por Navidad recibía noticias suyas.

»Hace poco más de un mes, me llegó una carta suya. En ella contaba  que se encontraba muy mal, sin ganas de vivir, que su ciclo vital había concluido y que se preparaba para su partida definitiva. Esa carta me alarmó muchísimo y, conociendo el carácter depresivo de mi hermano, vine en cuanto me fue posible. Cuando llegué a la casa su cuerpo colgaba de una de las vigas de esta habitación. Después de recuperarme de la impresión, lo descolgué  y lo dejé en el suelo. Al intentar quitarle la soga del cuello su cabeza se separó del tronco, limpiamente, sin sangre. Me di cuenta de que tenía los ojos abiertos. Intenté cerrárselos, pero una y otra vez se abrían. No sé lo que ocurrió, ni cómo se produjo, pero su cerebro continuaba con vida. Le puse encima de esta peana y desde entonces ha estado así. Día tras día me pide que le dé muerte, que termine con su agonía, pero yo no tengo valor para hacerlo. Por eso le he llamado a usted.

El médico escuchaba atónito a esa mujer, que con palabras frías y sin ningún asomo de sentimiento contaba una historia espeluznante como quien cuenta un hecho intrascendente, habitual y sin importancia.

 Nicolás tenía el pelo empapado; gotas de sudor le resbalaron desde la frente hasta el cuello haciendo que su rostro, iluminado por las luces de las lamparillas, brillara en la oscuridad.

 —No puedo hacerlo, no puedo. — balbuceó. Las palabras salieron entrecortadas de su garganta, a débiles golpes de voz, apenas un susurro

—Es un acto de caridad, doctor. Yo lo he intentado, créame, pero es mi hermano. Usted es médico. Ponga fin a su sufrimiento y a su agonía.

— ¿Pero cómo? ¿Con qué? –preguntó, incapaz de hacer funcionar correctamente a su cerebro

La mujer le puso en la mano una pequeña pistola.

—Con esto.

Nicolás contempló con la mirada extraviada una mano temblorosa que sostenía un arma. La veía lejana, extraña a sí mismo, como si no fuera suya.

Un alarido desesperado y angustioso que traspasó el aire le hizo salir de esa especie de trance en que estaba inmerso.

— ¡Máteme, por favor! Termine de una vez con esto. Quiero terminar.

A Nicolás Haraganzuela ese gritó le trasladó y un escalofrío le recorrió desde la cabeza a los pies.

Trató de pensar con claridad y lucidez, pero su cerebro se negaba a obedecer y razonar con lógica. Parecía haberse sumado a la locura de esa casa y, aterrado, percibió que alguien extraño a él era dueño de su voluntad y de sus actos.

Como un autómata se acercó a la cabeza. Extendió la mano y apoyó la pistola justo en medio de la frente. Los ojos, esos ojos, le seguían mirando fijamente como para asegurarse de que en el último momento no se volvería atrás. De nuevo, la mueca de la cara se abrió.

—Vamos, por favor, dispare.

El médico apartó la vista incapaz de sostener por más tiempo esa mirada que le penetraba y se sumergió en un vacío y oscuro silencio.

cabeza cortada

                                                                        ***

Nicolás Harganzuela abrió los ojos. Se sintió aturdido, febril. El vértigo había desaparecido pero, en su lugar, un intenso latido pulsátil le machacaba las sienes. Evitando cualquier movimiento brusco se levantó de la cama en busca de un analgésico para aliviar el intenso dolor de cabeza que le había provocado esa terrible pesadilla.

No llegó a salir de la habitación. En un rincón, cerca de la puerta, amontonada en el suelo estaba su ropa: el pantalón y la camisa manchados de sangre.

La angustia regresó dejando libres las vivencias y los recuerdos que con desesperación trataba de ahuyentar.

 Parado en mitad deL cuarto, incapaz de moverse, a través de la penumbra vislumbraba los objetos, hasta ahora familiares, extraños, cenicientos, amenazantes. Su cama, el sillón, el armario ropero de luna…, la luna del espejo… Desde su interior, unos ojos le contemplaban y una respiración jadeante y espesa le robaba el aire que él necesitaba.

Sin poder sustraerse al poder de esa mirada, se giró muy despacio, intentando controlar los espasmos que sacudían sus piernas para no caer en la oscuridad bajo la influencia de la cabeza que reposaba en su librería entre los manuales de patología legal y medicina forense.

Felicitas Rebaque

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2 respuestas a Noche de Candelas y Ánimas

  1. Estupendo relato, Felicitas. Gracias por él y un fuerte abrazo.

  2. Gracias a ti, Isabel por tu lectura. Un fuerte abrazo y felices días

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