Una novela a medias…

Yo tenía una novela a medias. Bueno, más que a medias, prácticamente me encontraba escribiendo la última parte, cuando el protagonista daba las ultimas bocanadas a su historia. Tenía decidido hasta el final; iba a ser abierto, como a mi me gustan, para que así cada lector ponga su granito de arena.

La aparqué por un tiempo enrolada en otros proyectos que urgían por salir, y hace unos días, cuando fui a retomarla me encontré con que había desaparecido. No me lo podía creer. Soy bastante cuidadosa y hago copias de seguridad con frecuencia, pero por más que busque, en archivos, en discos internos y externos de ordenador, no encontré  ningún rastro de esa novela.  Duele, duele perder un manuscrito en el que has invertido tiempo e ilusión.

Agobiada, recordé que en una ocasión había enviado unos capítulos a mi amiga María para que me los comentara. Quizás ella… Y así fue, María conservaba ese archivo. Gracias a ella he recuperado la mitad, más o menos, pero  me siento incapaz de reescribir el resto de la historia. Ya no quedaría igual. Yo no estoy en el mismo momento ni actitud que en aquellos meses. Me he resignado.   He pensado que puede ser que el destino haya urdido sus hilos y la haya hecho desaparecer,  puede que  sea que esta novela no tuviera que ver la luz.  Lo ignoro, lo único cierto es que de todos los archivos guardados de años y años es el único  que falta. Incomprensibles  Misterios de la informática.

La titulé: “Sonata en Rose” . Contaba la historia de un pianista que en pleno zenit de su carrera, sufre  un accidente de coche, pierde una mano, la mujer que ama le abandona y toda su vida se derrumba. Se refugia en París, allí vive tocando en un pequeño cafetín de Montmartre. Resignado a su nueva situación lleva una vida tranquila hasta que le llega una invitación para asistir a un concierto en la Opera.  Comparto con vosotros unos fragmentos. 

Desperté en martes y no en miércoles. El orgasmo me sacó del sueño antes de lo que había previsto. Mi sexo aún erecto intentaba liberarse a través del pantalón del pijama. Noté la humedad entre mis piernas ¡Lo que me faltaba, poluciones nocturnas a mi edad!, tendré que intensificar mis relaciones sexuales, pensé. Hice un esfuerzo para recordar el sueño que me había conducido a tal estado, pero no pude. Mi mente parecía haberse vaciado al mismo tiempo que mis gónadas.

Abrí los ojos con dificultad; una luz blanquecina, huérfana de sol, que entraba por la persiana guillotinada me estalló en las pupilas. Consulté el reloj; eran las doce y veinte minutos del martes seis de marzo.

Cuando me percaté de que tan solo habían pasado doce horas desde que me acosté y no veinticuatro, maldije entre dientes. Grave error de cálculo: la proporción de somníferos y bourbon no había sido la correcta. Tampoco conté con las imprevistas ensoñaciones.

Intenté seguir durmiendo pero fue inútil. El hormigueo habitual de mi mano izquierda se había intensificado y el espasmo sexual se había saldado con un intenso dolor de cabeza. Introduje la mano al calor de las mantas y la froté contra mi cuerpo. Las sienes me latían, el dolor se incrustaba como un casco desde la nuca hasta la frente; en el punto más álgido unas manos invisibles tiraban de mi lucidez hacia la parte onírica en un litigio con el sueño. La ansiedad de días anteriores regresó machacona, traduciéndose en un desagradable desasosiego. La angustia y la nausea me echaron de la cama.

En el desorden de la habitación busqué un cigarrillo. Necesitaba esa primera dosis de nicotina para calmar la inquietud, pero mi estomago y mi cabeza giraban al unísono; estaba seguro de que el humo me harían vomitar. Lo pensé mejor y decidí dejar el cigarro para más tarde.

Arrastré los pies hasta el pequeño balconcillo que se asomaba a los tejados de la ciudad y lo abrí de par en par para que el aire frío y húmedo se llevara los últimos vapores de sueño y de alcohol. Me quedé unos minutos con la mirada perdida en el mar de pizarras: las chimeneas, como mástiles desafiantes, retaban al cielo inalcanzable y abigarrado de nubes lechosas. El frío reptó por mi piel y me hizo estremecer; lo aspiré con fuerza y regresé dentro. Necesitaba un café caliente y bien cargado.  

 

Era martes, como entonces. Había deseado arrancar ese día del calendario, que el Crono concentrara esas veinticuatro horas en un segundo para amanecer en miércoles. Al fin y al cabo… ¿qué es un día en el cómputo final de una vida? Nada, una gota minúscula en el océano, un hecho aislado e inapreciable en el todo. Pero a mí, me habría salvado. No hubiera tenido que mantener la lucha agotadora entre el deseo y la voluntad. No hubiera existido la posibilidad de caer en la tentación de aceptar su invitación porque sería miércoles y ella ya no estaría allí.

Habían pasado más de seis años desde nuestro último encuentro, pero los recuerdos se avivaban en mi memoria con demasiada frecuencia como los rescoldos de un brasero que se resisten a extinguirse por completo. El dolor era un buen instigador, y la mente morbosa y cruel, asesina que no puede evitar volver al lugar del crimen, recuperó los hechos acontecidos y me los puso delante.

En esa ocasión no opuse resistencia, los dejé fluir mientras interpretaba el “Adagio de Albinoni”. Sabía que no valdría cerrar los ojos como cuando no deseas visionar una escena desagradable de una película. La proyección se emitía por dentro.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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13 respuestas a Una novela a medias…

  1. cristinafra dijo:

    Que mala pasada te a hecho la tecnología, no desanimes, tomate tu tiempo y prosigue el relato, será otro pero seguro que será bueno y lleno de intensidad como lo que compartes.
    Saludos

  2. Felicitas, a mí me sucedió algo parecido justo hace un año. Lo tenía guardado en el escritorio, y de repente ya no estaba allí. Le pregunté a un amigo y me dijo que probara a introducir el nombre del documento en el buscador de archivos de windows. Si tú no lo has eliminado, no puede haber desaparecido. También puedes probar a activar el ver carpetas ocultas, no sea que esté marcada como oculta. No te rindas.
    Cuando a mí me pasó, me quería morir. Todo el trabajo e ilusión de tantos años creí que se había desvanecido, así que te entiendo perfectamente. Ahora, cada vez que escribo lo guardo en un disco externo.
    ¡Mucho ánimo! Y por cierto, muy interesante el argumento de tu novela 🙂
    Un abrazo.

    • Gracias Pablo por tu palabras de consuelo. Ya he buscado por todos los lugares imaginables. Pero es que lo más sorprendente, es que también ha desaparecido de las copias del disco externo. Me resta llevar el ordenador a un informático. De verdad que es de locos. Un fuerte abrazo

  3. María dijo:

    Me apena que pese a que te la envié, no puedas retomarla. Me gustaba aquel inicio de novela, pero creo que tú eres capaz de escribir lo que desees porque para eso eres una gran escritora. Así que ánimo y adelante a regalarnos tus letras😍😍😍.
    Mil abrazos, mi querida.

    • Mi querida María, al menos gracias a ti he recuperado parte, pero ahora no me siento con ganas de retomarla. Quizás sea la frustración de la pérdida. La dejaré eso sí, bien guardada en diferentes copias y quizás algún día…
      Un beso grande.

  4. Ánimo Felicitas, seguro que te aparecerá cuando menos lo pienses… o quizá logres retomar la historia, nunca se sabe. Gracias por compartirla con nosotros.
    Un fuerte abrazo.

  5. Gracias, Isabel. Espero hacerlo algún día, o quizás, como dices, aparezca de improviso tal y como desapareció. Un besado

  6. ¡Buf! Es terrible que te pase eso 😦 Si trabajas en la nube puede ser problema de sincronización. Espero que puedas encontrarlo.

  7. Poli Impelli dijo:

    Sabes que yo con el mismo temor, en tres años, tengo unas cuatro copias diferentes y me envío a mi misma los archivos por correo. Pero sabemos que hasta los más grandes han perdido sus manuscritos, creo que el sentimiento de “fatalidad” te corta por un tiempo. En tu caso, leyendo lo que ya tenías escrito, no caben dudas que darás una vuelta de tuerca cuando sea el momento y recuperarás más de lo que has perdido ;-). Me gusta cómo escribes… síguela.
    Abrazo infinito.

  8. Gracias Poli por tus ánimos y por tu comentario. Un abrazo enorme… uno de esos tuyos, infinitos

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