EL FURUFHUE (Cuento de Navidad)

EL-FURUFUHUE-LEYENDA-CHILENA
EL FURUFHUE (Publicado en el libro de relatos “La Navidad Cuenta”)

Le sonaban las tripas. Esa noche no era el hambre lo que le
impedía conciliar el sueño. Se dio la vuelta muy despacio para
no despertar a Graciela, que dormía junto a él despreocupada
y tranquila. Su mamá no había regresado aún. Las agujas brillantes
del reloj de pared marcaban las dos y cuarto. Nunca les
había dejado solos por la noche. Nunca. Hasta el día que habló
con Mario. Pablo no había logrado borrar de su mente las
palabras que se filtraron a través de la pared húmeda y fría que
separaba la suya de la habitación en la que vivía Mario. Una vez
más, volvió a oír la voz suplicante de su madre:
—Sabes que hago limpias de la mañana a la noche. Acá tengo
dos niños que alimentar y he de mandar plata a mis otras dos
hijas que quedaron en mi país… Dame un poco más de tiempo y
te pagaré todo lo que te debo.
—Me pides imposibles. Vivimos cinco familias en este piso.
Todos nos conocemos. Si hago una excepción contigo los demás
se enterarán y se me echarán encima. Tienes que pagar el alquiler
o tendrás que dejar la habitación.
—No puedes hacerme esto. Buscaré más casas, trabajaré más
horas. Dame un par de semanas, por favor.
—No. Como tarde, el lunes. Ya te he dicho la forma de ganar
plata, fácil y rápido. Tienes un cuerpo precioso y una cara
agradable.
—No, eso nunca. No quiero acabar como mi hermana.
—Pues piénsatelo. No tienes otro camino. Yo te proporcionaría
los clientes. Pronto conseguirías lo suficiente para tener tu
propio piso. Tu hijo y tu sobrina vivirían mejor. Podrías traerte
también a las otras niñas, al resto de tu familia.
—No, Mario. De verdad. No puedo hacer lo que me pides.
—No sé por qué te asusta tanto. Conmigo no te hagas la
santita. Se oye por ahí que Pablo no tiene papá reconocido. (Una
bofetada quedó clavada en el aire y a continuación otra, como
eco de la primera).
—Zorra. No vuelvas a hacerlo. ¿Entiendes? No vuelvas a
hacerlo o te arrepentirás mientras vivas. Te doy de plazo hasta el
lunes. O aceptas mi propuesta y me pagas, o coges tus miserias y
te largas a la puta calle.
Ese día Pablo lloró como no lo había hecho nunca.
El hambre. Las voces arañaban más que el hambre. Puso
una mano en el estómago y sacudió la cabeza para que las
palabras salieran. Pero se le habían quedado grabadas como
la cicatriz de una quemadura a la piel. Cuando logró silenciarlas
se levantó y caminó hasta la ventana. La Virgen con el Niño
en brazos, San José, la mula y el buey, se mantenían en papel
sobre el cristal helado. Apoyó la frente. Hacía mucho frío.
Fuera, la noche estaba muy negra y muy quieta. Silencio.
Dentro tampoco se escuchaba nada. Ni la respiración sosegada
de Graciela, ni el zumbidito de la nevera, ni el tic tac del reloj.
Nada. Noche de Paz, Noche de amor… Después de cenar su
mamá se había ido a trabajar.
Abrió la ventana sin hacer ruido. El viento helado del
nordeste le revolvió el pelo y le azotó la cara con su ásperacaricia. Agudizó el oído, pero no oyó nada. Ni siquiera el eco
de pasos sobre el adoquinado de los que regresaban a sus
casas después de cenar con sus familias. Parecía que a todos
los sonidos del mundo se los hubiera tragado el silencio. Miró
al cielo. Tampoco había estrellas. Las únicas de colorines que
parpadeaban eran las del árbol de Navidad de la confitería de
la esquina.
Las dudas de los últimos días volvieron, y con ellas la
angustia y la inquietud. ¿Y si tía Nora no venía a por Graciela?
Se lo había pedido al Niño que le sonreía dulce desde el
pesebre, en el nacimiento grande que habían puesto en la
escuela. Se lo había pedido también a su tía:
“Tía Nora, te prometí que cuidaría de mamá y de Graciela.
Sabes que hace cinco meses ya que llegamos acá. Mamá trabaja
pero no gana lo suficiente para pagar el alquiler, comprar comida
y mandar dinero a mis hermanas. Todos sus ahorros se los gastó
en el viaje, y ya no le queda nada. Graciela está muy arrugadita;
se pasa el día llorisqueando y quiere regresar a nuestro país, con
la abuelita. Yo creo que no podrá, a no ser que se produzca un milagro.
Tú decías que los milagros suceden cuando se desean con
todas las fuerza del corazón. Y Graciela dice que sí puede. Pero
tengo miedo, tía, mucho miedo. ¿La ayudarás, verdad?”
Su plegaría salía de su corazón a través de las lágrimas y del
vaho de su aliento que se congelaba como agujas de hielo en
el frío de la noche. Todavía se quedó un rato más por si le llegaba
una respuesta. Cuando comenzó a tiritar cerró la ventana.
Sus tripas se volvieron a quejar. Abrió el frigorífico y miró
dentro. La luz fría iluminó la habitación e hizo visibles los
enseres que ocupaban el cuarto: dos camas, un armario cojo,
sin luna, y un desvencijado y viejo sofá. Desde un pequeño
televisor les entraba una realidad ajena e irreal. Junto a la
ventana, la mesa camilla donde hacía sus deberes mientras
Graciela pintaba pájaros enormes con el cuerpo cubierto de
escamas que volaban por cielos de colores.
Comió la mitad de una loncha de jamón reseca y regresó a
la cama. Se acurrucó al lado de su prima. Le reconfortó su
tibieza. Acarició sus rizos y le tranquilizó su tacto suave y
sedoso.
Muchas tardes, después de volver del colegio, Pablo le hacía
trencitas con lazos de colores mientras jugaban a adivinar palabras.
Pero Graciela estaba triste. Sus ojos color miel se habían
cubierto de niebla y se iban apagando como una lamparilla de
iglesia. Al poco de llegar se había negado a comer. Volvió a
mojar la cama. Por la noche tenía pesadillas y se despertaba
gritando. “Síndrome de adaptación” —diagnosticó el médico—
, ya se le pasará.
Las pesadillas se fueron desde que dormía con Pablo, pero
muchas tardes lloraba en silencio mientras dibujaba sus pájaros
en su cuaderno goteado como de lluvia. Una de esas tardes
dijo a Pablo:
—Voy a regresar a casa.
—No puedes, primita —le había replicado Pablo—. Eres
demasiado pequeña para viajar sola; además no hay plata para
el billete. Deja de pensar en eso. Aquí vamos a estar muy bien.
—Yo sí puedo.
—¿Que tú sí puedes? Pues ya me dirás cómo.
Graciela dejó de llorar. Miró a Pablo sorprendida, como si la
pregunta que le acababa de hacer fuera muy tonta.
—Pues ¡volando! —le contestó, extendiendo los brazos
como si volar fuera la cosa más natural del mundo.
—¿Volando? ¿Cómo que volando? Te he dicho que no hay
dinero para el avión.
—Es que no voy a ir en avión. Vendrá a buscarme el
Furufuhué*. La abuela siempre lo dice: si eres muy buena, el
Furufuhué te lleva a donde quieras. Sólo tienes que llamarlo
fuerte, fuerte. Desde dentro. Pero no se lo digas a nadie. Tu
mamá no me dejará.
—¡Pero estás loca Graciela! Tú no puedes volar. Eso sólo
pasa en los cuentos.
—Yo sí puedo. Tú sólo tienes que auparme a la ventana.
Pablo en un principio se había olvidado del Furufuhué.
Estaba demasiado preocupado por su madre. Lamentaba no
ser lo suficiente mayor para trabajar. Tenía que evitar como
fuera que la ocurriese lo mismo que a tía Nora. No, no quería
escuchar en la escuela: tu madre es una puta. Y tener que
agachar la cabeza y apretar fuerte los puños. O saldar la ofensa
a puñetazos. No, él no vería a su mamá consumida por el sida
y por el trato de los malos clientes. No. Él no iría al entierro de
su mamá, como Graciela. ¡Menos mal que cuando ocurrió era
demasiado pequeña!
Pensaba y pensaba sin encontrar la manera de poder
ayudarla; hasta que una noche, mientras intentaba dormir, se
abrió paso entre sus pensamientos la voz dulce de Graciela:
vendrá a buscarme el Furufuhué. Intentó no pensar en eso, pero
la voz de su prima se hacía cada vez más fuerte, hasta que
ocupó toda su mente: vendrá a buscarme el Furufuhué.
¡No! —había gritado asustado, sentándose de golpe en la cama—.
Cuando apaciguó su respiración se volvió a recostar. Y… ¿por
qué no? Si Graciela se iba, su mamá no necesitaría tanto dinero
y podría dejar de trabajar por las noches. Él ayudaría después
de la escuela en lo que fuera. Si Graciela saltaba desde la
ventana se iría al cielo. Y allí estaría bien y sería feliz para
siempre junto a Tía Nora. Sí, esa era la única solución. El corazón se le estrujó en el pecho.
—Te auparé —le había dicho esa misma tarde, mientras
esperaban a su madre para cenar. En la televisión, árboles de
Navidad adornados con bolas brillantes, regalos, juguetes,
turrones, música de villancicos “el camino que lleva a Belén…ro
po pon pon…” Extraña manera de celebrar el nacimiento de
quien nació tan pobre, pensó Pablo. Mamá había partido en
pequeños trocitos las tabletas de turrón que le habían dado en
la parroquia. Así duraban más.
Graciela, ajena, pintaba cielos de nubes de colores y pájaros
de alas grandes y escamosas, como si fueran peces voladores
que se estrellaban en un rayado mar azul marino.
—¿Cuándo será?
—Mañana, que es Navidad. —Graciela le miró, sonrío y
siguió pintando.
Pablo se revolvió inquieto en la cama. Se había levantado
un fuerte viento que hacía oscilar la luz que entraba de la calle.
Silbaba el aire. O… ¿silbaba el Furufuhué? Tiritaba de frío. Gotas
de sudor le resbalaban por la cara. Sudor y lágrimas. En el pecho
una enorme piedra no le dejaba respirar. Y de nuevo interpeló
a su tía… no se te olvide. ¡Por favor! Ella cree que será el
Furufuhué, como en los cuentos. Dice que la pondrá sobre sus
enormes alas y la regresará a casa, con la abuela. Pero yo sé que
eso no va a ocurrir, y cuando ella brinque… Será mañana.
Se sobresaltó al sentir que alguien le zarandeaba. Al final
se había dormido. Su madre yacía vestida sobre su cama. No la
había sentido llegar. Su prima le miraba sonriente: Ya es
mañana.

Apenas había amanecido, y el sol de invierno entraba tímido en el cuarto. Sin decir palabra se dirigieron los dos a la ventana. Pablo la abrió sin ruido. Ayudó a subir a Graciela a la mesa y a sentarse en la poyata de la ventana. Cerró rápido tras ella. Un tambor golpeaba frenético en su cabeza al mismo ritmo que su corazón. Graciela volvió la cara y le miró tras el cristal. Sonreía feliz. Pablo sintió un roto por dentro. Controló el temblor de su mano. Muy despacio bajó la persiana.

Horas más tarde, Pablo entró de puntillas en la habitación
206 de la sala infantil del hospital. Graciela muy pálida, en una
cama blanca, parecía dormir. Apenas abultaba bajo las mantas
y las bolsas de agua caliente que le aportaban el calor necesario
para remontar una grave hipotermia. Unos cables salían
desde uno de sus brazos hasta un frasco colgado de un
perchero metálico. Pablo se acercó a la niña y la cogió de la
mano; una mano lánguida, fría, como de muerta. Asustado la
destapó ligeramente hasta que se cercioró de que las sábanas
bajaban y subían levemente con su respiración. Se inclinó
sobre ella y la besó en la frente. Explotó en lágrimas. En un susurro
preguntó a su prima:
—¿Qué pasó, por qué no saltaste? ¿No vino el Furufuhué?
Graciela abrió los ojos. Unos ojos de persona mayor.
—Tuve miedo.
* FURUFUHUÉ: ente mitológico vinculado con el viento. Se le describe como un
pájaro cuyo cuerpo esta cubierto de escamas refulgentes en vez de plumas, y que
sólo puede ser visto a contrasol. Nadie sabe dónde anida ni de dónde viene, pero
explican que su potente silbido puede oírse en cualquier lugar de la Tierra.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Uncategorized. Guarda el enlace permanente.

14 respuestas a EL FURUFHUE (Cuento de Navidad)

  1. Vaya relato de navidad! conmovedor y hermoso. Muchas gracias.

  2. Gracias, a ti, Mónica por comentar. Puede que sea duro, pero quería reflejar que no para todos la Navidad es felicidad y alegria, turrón, regalos y luces brillantes en el árbol. Sobre todo para esos niños que viven situaciones como las que describo. Y se tienen que refugiar en la fantasía para huir de sus dramas cotidianos, como la pequeña Graciela.

  3. ana dijo:

    Hola, Felicitas. Genial el cuento. Dices que está publicado en el libro de relatos «La navidad cuenta», ¿está publicado? ¿Dónde se puede encontrar? Nos puedes dar más datos sobre el libro… Un saludo.

    • Gracias, Ana por tu visita y comentario. Este relato se publicó, en el libro “La Navidad Cuenta” proyecto literario del escritor José Ignacio Garcia. Desde hace seis años, publica un libro de relatos sobre la navidad, escritos por varios autores. Yo tuve el gusto de participar en una de las ediciones anteriores. Los libros son adquiridos por establecimientos comerciales de algunas ciudades de Castilla y León para regalar a sus clientes. Ignoro si se pueden adquirir a nivel particular, pero si tienes interés, puedo enterarme. Muchas gracias, de nuevo y Feliz Navidad.

  4. salvela dijo:

    Tan tenebroso como la navidad misma.

  5. Bello relato amiga muy emotivo besos y bella navidad tengas

  6. Gracias, Ruben. Te deseo que tu navidad sea hermosa y entrañable. Un beso

  7. AEN dijo:

    Hola Feli. ¿Me permites que lo difunda en el blog de aenoveles? Beso.

  8. Gracias por compartir este hermoso cuento de navidad. Ha sido todo un placer leerlo.
    Un abrazo.

  9. María dijo:

    Siempre me ha gustado este cuento, Feli…!
    Un abrazo grandote…

  10. Quizas, un poco triste María. Pero a pesar de que los niños viven estos días con ilusión, para algunos la Navidad no es sinónimo de alegría

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s