EL HOMENAJE (continuación)

Y sigo…Ostra_pintada

 

Pensé que desempeñando bien mi trabajo encontraría un lugar en el mundo y mi luz personal empezaría a brillar. Nada más lejos de la realidad. Me faltaba algo fundamental: competitividad. Tuve que abrirme paso a mordiscos y hacerme hueco a través de multitud de zancadillas y codazos en el costado. Pero lo peor no fue eso, lo más malo es que seguía siendo invisible. Era como si formara parte del decorado del despacho: mesas, sillones, estantería, libros, ordenadores… yo. Hasta que un día viendo la televisión encontré la solución. La idea me la dio Calígula, uno de los personaje más odiados de la historia, pero que a pesar de todos los siglos transcurridos aún es recordado… ¡por sus maldades! ¡Cómo no se me había ocurrido antes! Si no podía hacer que me quisieran haría que me odiaran, pero dejaría de ser una tierra de nadie. ¿No te sorprendes? Mejor, porque en el fondo soy un buen tipo desbordado por sus nefastas circunstancias.

Ese día comenzó mi carrera ascendente por el camino del mal. Ideé una profusión de actos encaminados a jorobar, importunar y fastidiar a los que tenía a mi alrededor. Fui desarrollando infinidad de habilidades engañosas, ruindades, puñaladas traperas y faenas malintencionadas a compañeros, vecinos, y a toda persona que tuviera la mala suerte de cruzarse en mi camino por la calle, en el metro o en el ascensor. Siempre tenía a mano un mal gesto, un comentario grosero o inoportuno, una palabra malsonante para que al momento se dieran cuenta de que se encontraban ante un ser molesto y agobiante.

¿Te ríes? No creas que al principio resultó fácil. Es más costoso ser un hijo de puta que una buena persona. Pero comprobé con satisfacción que mi táctica surtía efecto. Antes, cuando entraba en la oficina, nadie percibía mi llegada, pero después era recibido con codazos, cuchicheos, y miradas inquisitivas, algunas de odio. Pero me miraban. ¡Por fin me miraban!, y eso me hacía sentirme mejor que bien. Por cierto… ¿cómo es que una mujer como tú se ha fijado en mí? No dices nada, solo sonríes. ¿No te aburro? ¿No? Pues sigamos. ¿Te traigo algo de comer? ¿Te apetece beber algo? Ahora da gusto en los tanatorios, al final no sabes si estás en un velatorio o en una celebración. Bueno, de celebración se trata: el homenaje que se hace al difunto. Y qué agradable es sentirse el centro de atención; produce un estado de felicidad comparable a un orgasmo. Estás distraída, ¿buscas a alguien? Ah, ya veo que te has fijado en Manrique: el odiado y despreciado Manrique. El niño bonito de los jefes, el que recibe las palmaditas y parabienes. ¡Manrique el brillante! ¡Manrique el seductor! Sí, ya sé que es un tipo guapo a pesar de no ser demasiado alto y que ya se le ha empezado a redondear la cintura. Al parecer su atractivo reside en esa penetrante y verdosa mirada con la que hace estragos entre las féminas. Todas las mujeres del despacho suspiran por estar en su punto de mira y recibir sus halagos envueltos en una de sus encantadoras sonrisas; entonces se convierten en azúcar derretido. ¿Que tú eres insensible a ese tipo de atractivos? No, si ya me había parecido a mí que eres una mujer inteligente y experimentada, que no te dejas influir por las tontas lisonjas del coqueteo. Pero la verdad es que a las demás se les escapa el deseo entre el rimel de las pestañas. ¡Cómo me hubiera gustado que una mujer me mirara alguna vez así! Pero claro, yo no soy Manrique. Cuanto lo aborrezco. Él fue el blanco más asiduo de mis ataques, pero lejos de apagar con mi odio su luz parecía hacerlo destacar aún más. Manrique y mi afán por igualarlo provocó el percance. Nunca hubiera imaginado que se produjera de una forma tan estúpida y tan tonta, y ni mucho menos que fuera en la   cena de conmemoración del veinte aniversario de la creación de la firma “Moratinos y Asociados. Abogados.”

¿Te gustan las ostras? A mí no, nunca me gustaron. Su aspecto gelatinoso y su olor me han repugnando siempre, y a decir verdad nunca las había comido hasta esa ocasión. Las miré con aprensión cuando el camarero me las sirvió en el plato. Ni las toqué. Manrique al observarlo comentó a su compañero de mesa, lo suficientemente alto como para que yo lo oyera, que los que no se deleitaban con tan exquisitos moluscos eran personas vulgares y faltos de paladar. Me sentí aludido. Clavé mi mirada sobre él y después en las ostras que parecían observarme desde el fondo del plato con la misma expresión burlona que se pintaba en la cara de Manrique. Venciendo mi repugnancia tomé el tenedor, cogí una ostra y me la llevé a la boca masticando con furia como si fuera la propia cara de Manrique la que trituraba entre mis dientes. Entonces, él se dirigió a mí y me preguntó si las encontraba frescas y gustosas. Por descontado que mi respuesta fue afirmativa y añadí, tirándome el farol, que eran habituales en mi mesa en las celebraciones familiares. Él siguió hablando de los dichosos octópodos y explicó que se les atribuían efectos afrodisíacos sobre todo cuando se regaban con un buen champán francés. Ahí sí que me tocó la moral. No supe bien si fue por la excitante idea de experimentar esos efectos o por demostrar que a clase y distinción no me ganaba nadie, lo cierto es que reprimiendo una arcada me comí todas las ostras del plato, y repetí cuando el camarero pasó de nuevo por las mesas.

Tendría que haber hecho caso a mi instinto. Al principio no experimenté nada, quizás un ligero mareo y un cosquilleo en brazos y piernas que atribuí a las tres copas de verdejo, a falta de un Moët & Chandon que llevarme a la boca; pero pocos minutos después me desplomé en el suelo Todo fue muy rápido. No podía moverme, el diafragma se negaba a subir y a bajar a pesar de sus esfuerzos para hacer llegar el aire a mis colapsados pulmones. Me asfixiaba. Mi corazón se desbocó en contracciones alocadas hasta que dejó de latir. Sobre mi pecho, Manrique, descargaba su puño en un empeño desesperado. Shock anafiláctico rubricó el médico.

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2 respuestas a EL HOMENAJE (continuación)

  1. Terrible a un tris de morirse… uff

  2. A un “tris” no, Ruben. Cuando leas la continuación, verás que murió.

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