El HOMENAJE (relato)

    Hoy, os dejo las primeras páginas de un relato dedicado a esas personas grises, que pasan desapercibidas y se equivocan de camino al tratar de hacerse ver. Si es de vuestro interés, en entradas sucesivas os desvelaré el final de la historia. ?????????????????????????????????????                              

EL HOMENAJE

 ¿Te has fijado? La sala está llena de gente. Todo el mundo se encuentra aquí: la familia, los del despacho, los vecinos… Incluso creo reconocer el rostro vagamente familiar de algún compañero de colegio.

Es hermoso el ataúd ¿no crees? Parece de caoba, tan acolchado, tan blanco, tan brillante. Ha sido un regalo de los jefes. Debe de haber costado un dineral. Pero no te confundas, son unos miserables: te regatean durante años un buen sueldo acorde a tu excelente trabajo y cuando te mueres el ataúd corre a cargo de la compañía. Así descargan sus conciencias: a golpe de chequera y a destiempo. En fin… que no somos nadie.

Este traje tan oscuro no me favorece: resalta aún más la palidez de mi cara y el color rubio de mi pelo, pero es el más adecuado para la ocasión. A los acontecimientos importantes hay que ir de traje y corbata. En cambio a ti el negro te sienta de maravilla; tu piel parece mármol blanco como la de una Venus. ¿Sonríes? Me alegro, sentiría que mi comentario te hubiera molestado cuando solo pretendía alagarte. En cuanto entraste por la puerta me he fijado en ti: tal alta, tan esbelta. Una mujer con clase, me dije.

Me estaba preguntando quién vestirá a los muertos; sin duda los de la funeraria, pero me produce un extraño morbo pensar que lo hiciera una mujer. Me recreó en esa idea y me imagino cadáver desnudado y vestido por ese tacto especial que guardáis las manos femeninas. ¡No te rías! Es verdad, esa ternura que muchas veces se compra cuando en las noches de insomnio la soledad te ahoga y necesitas sentir junto a ti a un cuerpo caliente y palpitante entre las sábanas. Lo malo es que cuando se quedan frías y vacías te bebes tu triste realidad como café amargo y con posos. Disculpa que piense en voz alta, pero es que me encuentro a gusto contigo, me das, no sé… confianza. Pero bueno, hoy no estoy solo, es más, creo que no podría estar mejor acompañado.

Si te parece movámonos un poco, paseemos tranquilamente entre los grupos ahora que hay algo más de espacio, seguro que algunos han salido al jardín a fumar. Es consolador escuchar como todas las conversaciones versan sobre el difunto, todas menos la del imbécil de López que comenta el resultado de los partidos de fútbol del fin de semana. Sí, ése de ahí, el de la cara de conejo y el pelo de panocha. Es teñido, no creas; con eso se piensa que se quita las canas y los años.¡Qué poca clase! La verdad es que nunca supo estar a la altura de la circunstancias. Clase la tuya que me estás escuchando sin protestar. ¿De verdad que no te aburro? ¿Esa sonrisa es un “no”? Eres encantadora. Quién me iba a decir a mí que en un sepelio se podía encontrar a una mujer como tú; de haberlo sabido los hubiera frecuentado más a menudo ¿Te gusta el futbol? ¿No? Yo jugaba de niño en el colegio, en los recreos y después de clase. Me pasaba todo el tiempo corriendo de un extremo a otro del campo como si fuera un jugador fantasma. ¡Sí! no te sonrías. Un fantasma, porque nadie me lanzaba un pase ni por equivocación. Vamos, que no tocaba balón. Fue entonces cuando me di cuenta de mi problema: era invisible. Pasaba desapercibido entre mis compañeros y profesores que no solo no me veían sino que las pocas veces que lo hacían me ignoraban. Comprenderás lo desagradable de la situación. Desesperado, como estaba, me propuse hacer lo que fuera para salir del estado de invisibilidad y de la mediocridad en la que trascurrían mis desnatados e insulsos días, y el deseo de llamar la atención y de ser respetado se convirtió en una paranoica obsesión que llenaba la vida de un chaval mediocre, uno de esos que no inspiran nada, que no dicen nada a nadie, ni siquiera a ellos mismos.

Empecé por cambiar mi apariencia anodina y gris por otra más cromática; pero nunca destaqué por mi buen gusto; la ropa de colores chirriantes aún dejaba más patente mi personalidad cenicienta. Me estrujé la cabeza buscando la manera de hacerme notar, de sorprender por mi inteligencia, pero cuando daba con la idea genial, la frase ingeniosa, el chiste divertido, siempre llegaba tarde: alguien más avispado que yo lo había dicho antes. Entonces me quedaba como pez nadando en aguas contaminadas. Me di por vencido y me volqué en los estudios. Fui el típico “pitagorín” que acabó su carrera sin más gloria que la de unos cuantos sobresalientes y matrículas de honor en un triste expediente académico. Con mi título en la mano comencé a trabajar como pasante en el despacho de abogados.

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6 respuestas a El HOMENAJE (relato)

  1. Profunda soledad del personaje,, bello texto

  2. salvela dijo:

    Interesante. Espero la continuación.

  3. Gabriela dijo:

    Te seguiré en éste relato Felicitas 🙂 espero no perderme parte de él, ya sabes que de pronto desaparezco, un abrazo!!

    sigo leyendo…—>

  4. Cuando puedas, Estará aquí, esperándote. Gracias Gabriela. Un abrazo

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