Por siempre, jamás amén…(6) final

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Las campanas de la iglesia tañen lastimosas. Su lúgubre gemido rebota en las montañas que lo lanzan más y más lejos. Dan aviso de mi muerte. Un vómito de sangre me ahogó durante el sueño, y me concedió la libertad, la que se vive al otro lado, la que ya nadie nos puede arrebatar.

Los dueños del hotel están consternados.

—¡Ayer estaba tan bien! Parece mentira.

—Por, eso, porque ayer estaba tan bien, por eso se ha ido—, les responde Aurelia.

El día se ha vuelto de luto y llueve. Los árboles se desnudan de hojas y acolchan el suelo. Los agota la misma tristeza que a mí. El féretro y la tierra que cubrió mi cuerpo no fueron suficientes como para retenerme y me muevo trasparente de acá para allá. Conquisto las calles embarradas del pueblo. Subo, bajo, una y otra vez. Me deslizo entre las callejas y me asomo a las ventanas de las casas. Apenas un leve vaho en los cristales delata mi presencia. Recorro la distancia del balneario hasta la iglesia una y otra vez para regresar a la habitación del hotel, mi última estancia.

Los cuatros hombres contemplan caer la monotonía insistente del agua desde la entrada del hotel. No han podido salir. La lluvia les ha impedido hacer la escalada prevista.

—Subiremos mañana, —dice Enrique.

Tiene mal aspecto. El rostro tan gris como el día. No les ha dicho nada de la sangre de la almohada. Sabe que es una locura, pero algo le impide compartirlo con el resto. Se deshizo de ella. La metió en una bolsa de plástico y por la mañana, antes de que los demás se levantaran, la enterró en el monte.

—Sí, pero si está mejor el día, y así con esas será peligroso —replica otro de sus amigos—. Las rocas estarán mojadas y el riesgo será mayor.

Ha amanecido frío, hay mucha humedad en el aire pero el cielo está claro. Unas nubes blanquecinas se deshilachan pero no amenazan lluvia.

Enrique y sus amigos bien de mañana han enfilado el estrecho camino que llega hasta el Pincuejo. Ramón los dejó en la entrada del desfiladero y allí los espera. Ha llenado botellas y cantimploras en la fuente del Mental que mana allí mismo, al bajar tendrán sed y calor por el esfuerzo.

Llevan poco más de dos horas de escalada y están a punto de llegar a la cima. En la impresionante pared que se eleva sobre el cañón solo se los distingue por el color de sus ropas. Enrique es el último de la cordada. Ramón desde abajo los mira preocupado. Una ligera niebla corona la cumbre y comienza a extenderse. Tienen que bajar y deprisa. Ellos también se han dado cuenta y después de unos momentos de indecisión, comienzan el descenso. Lo hacen descolgándose intentando moverse más rápido que la niebla. Una chapa de anclaje cede y se desprende; el que va detrás de Enrique cae al vacío quedando colgado de la cuerda que los une. Este la sujeta fuerte aguantando el tirón, pero apenas tiene sustento para sus pies en la fisura en la que se apoya y va a perder el equilibrio. Los otros dos se detienen angustiados temiéndose lo peor. Me llego hasta el hombre, lo sostengo sin esfuerzo en mis brazos y evito que se golpee contra la pared de roca. Me es liviano. Enrique, al disminuir la tensión, recobra el control. Los demás se llegan a su altura y entre todos recuperan al compañero. La niebla se ha detenido sobre ellos sin decidirse avanzar. Ramón les espera ansioso y corre a su encuentro cuando les ve aparecer a través de las rocas por las que ajeno a lo ocurrido el arroyo sigue imperturbable la alegría de su gozoso descenso.

—Alguien me sostuvo, os digo que alguien me sujetó cuando caí.

Insiste el accidentado, mientras que los demás incrédulos se ríen del desvarío, ya en el hotelito, mientras beben café caliente con una buena dosis de coñac para pasar el susto. Ramón y Enrique no ríen, saben que dice la verdad.

La niebla ha vuelto y lo cubre todo. La capa blanca otras veces cálida hoy es gris llena de ayes y de lamentos, de nostalgias y secretos inconfesables que va esparciendo por la tierra, por los campos de labor, por el monte, recluyendo al pueblo en un suspiro palpitante y doloroso. Pasan la tarde recogiendo sus cosas, mañana partirán.

Enrique pasa su última noche insomne, escribiendo; cuando lo deja es para repasar las notas de atrás. Lo contemplo por última vez, regresará a su mundo y yo guardaré su recuerdo. El se lleva el mío pegado a su piel, como una sombra amable. Muchas veces pensará en lo ocurrido, estoy segura, pero es un hombre de mente abierta que sabe que hay cosas inexplicables que su aceptación es la única respuesta sin preguntarse más y de las que mejor es no hablar, sólo guardarlas dentro sintiéndolas como una dádiva.

Ernesto deja sus maletas preparadas. Saldrá a primera hora de la tarde. Pensó hacerlo en la mañana, pero no pudo eludir la invitación de Aurelia para comer. De alguna manera se lo debía a esa mujer.

La niebla cada vez es más espesa, su luz blanquecina no deja ver más allá de un palmo y a nadie encuentra en su camino hasta la casa de Aurelia que le recibe en la puerta, Ramón con ella, le franquea la entrada.

Los dueños del hotel han dado la alarma cuando han visto que se ha hecho de noche y Ernesto no regresa. Se acercan hasta la casa de Aurelia a preguntar, de ella salió a las cuatro de la tarde y dijo de ponerse en viaje en cuanto recogiera su equipaje. Tenía prisa por marchar.

El pueblo está revuelto, la niebla machacona e insistente cada vez más cerrada y tupida, lleva tres días sin levantar. Ante la desaparición de Ernesto salen en su búsqueda pero regresan al poco. Nada se puede hacer mientras no se vaya la niebla. Hacen conjeturas, es probable que se confundiera y al regresar al hotelito pasara de largo saliendo del pueblo. Pudo caer en una zanja o en un pozo quedando allí malherido.

Ha amanecido un día radiante, el sol calienta como si se hubiera equivocado de estación. Las campanas de la iglesia repican con fuerza convocando a los vecinos que no tardan en acudir. A la puerta, en el suelo, el cadáver de mi marido, amoratado, hinchado como un pellejo de vino. Lo encontró uno de los mozos en el barranco del Pincuejo cuando llevó sus vacas a pastar. Lo contemplan en silencio. Llega Aurelia con Ramón que llora y se esconde tras sus faldas. Nadie dice nada. Nadie se pregunta nada. A él le dejan en el cementerio en una fosa apartada. Y yo me quedo para siempre en las paredes del hotelito y en estos mis queridos montes.

Se marchan, la puerta del hotel se cierra a sus espaldas. De nuevo las persianas bajadas y su fachada desconchada aumentan su aspecto lastimoso, rendido ante su nuevo enclaustramiento. Aurelia ha ido a recoger las llaves y Ramón a despedirlos. Enrique se queda el último en el adiós. Abraza a Ramón, los dos saben que comparten un secreto. Aurelia le tiende la mano, Enrique la interroga por última vez con la mirada. Aurelia no le aparta los ojos y como en una plegaria musita: “yo no sé nada”.

Cuatro hombres conducen motos de gran cilindrada atronando el silencio. A su paso, las gallinas cacarean, los perros ladran y los visillos de las ventanas esconden miradas silenciosas que se guardan celosas tras los cristales. El ruido de los motores se desvanece después de que atraviesan el pequeño puente a la salida del pueblo. La luz incide en los árboles que serpentean la carretera por la que se alejan. Las últimas hojas se desprenden de sus ramas como enormes gotas doradas brillando al sol. Algunas revolotean juguetonas antes de llegar al suelo en una mañana apacible de otoño.

Escrito en Caldas de Luna

Felicitas Rebaque 

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6 respuestas a Por siempre, jamás amén…(6) final

  1. Interesante historia… Me ha gustado mucho.

  2. agniezka dijo:

    Me gusta el hilo conductor de la historia. Felicidades.
    Agnyez!

  3. Perfume de mujer dijo:

    Secretos que a veces son necesarios 😉
    Vaya final el de Ernesto
    Excelente historia Felicitas!!

    Desde aquí mis mejores deseos para ti en este año que casi comienza,
    un abrazo lleno de esperanzas 🙂
    Gaby

  4. feliz año amiga y que siga creciendo tu creatividad.

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