Por siempre, jamás, amén… (5)

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El cuento de hadas se mantuvo justo el tiempo que tardé en llegar a Buenos Aires, a la hacienda de mi esposo; se desvaneció en el mismomomento que pisé las escaleras de la mansión de mármol gris. La princesa se convirtió en cenicienta y perdí algo más que un zapato: mi libertad, mi dignidad. Pasé a ser una propiedad más del amo y señor de la casa. 

En los primeros tiempos fui exhibida a la sociedad bonaerense como aquel trofeo que se trae de un país exótico, un tesoro encontrado en un lugar apartado del mundo, un nuevo objeto preciado de colección. Esos días no fueron los peores, al menos salía a menudo de la hacienda, todo el mundo quería conocer a la joven esposa del Don Ernesto; Pasaba el tiempo asistiendo a reuniones y fiestas en donde al menos podía hablar y alternar con otras personas aunque fuera con la rigurosa mirada de mi marido sobre mi nuca. Todavía fascinada por el lujo y la extravagancia saboreaba mi nueva vida, sin importarme sentir su mano en mi hombro a todas horas, sin darme cuenta de que me mantenía atada con una cadena lo suficiente larga como para que me creyera libre cuando en realidad solo me permitía dar unos pequeños pasos a su alrededor.

Para mi mal, pronto algunos hombres se fijaron en mí, y sus miradas de admiración no le agradaron a Ernesto. Yo era joven, alegre y me sentía complacida por el efecto que producía en los varones. Respondía con espontaneidad a sus halagos, sin malicia, pero sin hacer nunca de menos a mi marido.

Los comentarios comenzaron a circular: “¡Una muchacha tan linda con un hombre tan mayor!! Ella lo tiene todo: una cara preciosa, unos ojos enormes que brillan de picardía y juventud, y un cuerpo casi sin estrenar que está pidiendo pan a gritos. ¿Y él?, más que maduro. Los excesos cobran factura y el tiempo no los oculta como las canas tras un buen tinte, ni con la faja con la que comprime los estragos de las comilonas y de los buenos vinos. ¡Qué desperdicio de mujer! Ya veremos cuanto tarda ella en echarse un amante”.

—Cuida a tu mujer, —le dijo algún mal amigo—, yo no la luciría tan alegremente y la ataría corto. Es demasiado joven, demasiado bonita…”.

Y eso fue suficiente para que se acabaran fiestas y reuniones, para que mi mundo se redujera a las paredes de mis habitaciones y al jardín que se abría ante ellas y para que los celos enfermizos de Ernesto me aislaran del mundo. Me preservó solo para él, para su uso y disfrute… Los celos fermentaron e hicieron más mezquino y cruel su corazón. Dejamos de salir, de recibir amigos y me confinó a mis habitaciones. 

No me quiso compartir ni con un hijo. Cuando le dije que estaba embarazada ocultó su desagrado tras una forzada complacencia. No llegué a ver a mi hija, sólo oí su llanto enérgico y vigoroso entrando en el mundo. “Es una hermosa niña, sana y fuerte”, dijo la comadrona. Me dormí rendida después del esfuerzo y cuando desperté encontré a mi marido a mi lado mirándome sin ninguna expresión en su rostro.

—Le falló el corazón, era demasiado débil.

Y sus palabras se clavaron como agujas de fuego en mis entrañas aún doloridas. La propia muerte hubiera sido más compasiva que él ante mi dolor y mi llanto desesperado. 

—Ya se te pasará, pronto lo habrás olvidado.

Su respuesta, sin un ápice de sentimiento, le acusó y le sentenció culpable; me había quitado a la niña. 

A mis preguntas los sirvientes, las doncellas daban respuestas esquivas, algunas entre sollozos y a la comadrona que atendió el parto no la volví a ver nunca más. Mi marido me respondía con un afectado silencio y el “ya se te pasará” se convirtió para mí en el más odioso de los conjuros.

En esos días de locura, intentaba a aliviar mi pena pensando que la había entregado a otra mujer, a otra madre, pero en mis peores pesadillas veía a mi marido con las manos llenas de sangre.

Dejé de comer, de interesarme por nada ni por nadie y me entregué a la desgana y a la apatía. Los días transcurrían desdibujados en un lienzo blanco, irreal, en una fantasía sin paredes ni formas, ni noches ni días en la que yo era una mueca. Mi delgadez extrema me tornó en una marioneta de frágil porcelana por la que ya Ernesto no tenía ningún interés. Pronto buscó con quien satisfacer sus deseos carnales. Se traía a sus amigas ocasionales a la casa. Escuchaba sus jadeos y el ruido acompasado del somier, a través del tabique que separaba nuestras alcobas.

Me empecé a consumir, a marchitar; cada mañana boqueaba intentando esquivar la vida que pasaba a mi lado, burlona, no dejándome más espacio que las lujosas y asfixiantes paredes de mi cuarto en las que se hacían hueco los recuerdos de mi pueblo. Yo me asía a ellos y comencé a vivir una realidad paranoide en la que lo irreal era lo único tangible. Le pedí que me dejara regresar, volver a mi tierra, pero se negaba a ello; hacerlo significaba reconocer su equivocación, de alguna manera su derrota y su orgullo enfermizo se alimentaba de mi desesperación.

Me convertí en una sombra. Pensé en terminar, poner fin a mi vida, muchas veces. Pero era cobarde y esa misma falta de valor acrecentaba mi tortura hasta que la enfermedad vino en mi ayuda. Primero fueron las toses, secas y duras, luego la fiebre, el sudor que me empapaba y me dejaba aún más débil, y por último la sangre y con ella el vehículo de mi liberación. Me visitaron los mejores médicos de Buenos Aires, pero no hay remedio bueno para quien no desea vivir. Viendo que nada me mejoraba y que mi final estaba cerca, accedió a traerme a morir aquí, no en gesto compasivo sino de expiación, para aligerar conciencia y lavarse de culpas.

Callo, estoy exhausta, la explicación ha sido demasiado larga, pero no quería dejarme nada, tenía que echar todo. La tarde también ha enmudecido. Una última lágrima se desliza por mi cara y se recoge en la comisura de mis labios. Aurelia llora sin ningún reparo y Ramón, que ha bebido cada una de mis palabras con sus ojos, en un impulso incontrolado se arroja sobre mí y me abraza. El silencio se rompe por las voces que provienen de la planta de abajo. Ernesto ha regresado.

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8 respuestas a Por siempre, jamás, amén… (5)

  1. Perfume de mujer dijo:

    Triste vida, no concibo como se permite llegar a tanto…yo lo mato jeje
    Ojalá no dejemos que exitan más “Ernestos” 🙂

    Excelente relato Felicitas, me ha envuelto tu historia.
    Besos y buen fin de semana
    Gabriela

  2. Terrible. Al final de la historia, uno odia a Ernesto.

    • Gracias por leer, Ruben. Espera, espera y verás como termina la historia Ernesto. Es un relato largo que publiqué hace tiempo, y lo estoy sacando en mi página por capítulos. Si sigues leyendo, ya me contarás qué te parece el final de la historia.

  3. agniezka dijo:

    Y aquí terminamos??? Exijo continuación!!
    Me encanto, me enganche desde el primer párrafo. Felicidades por tan bello y bien llevado relato.
    Agnyez!

    • No, Agnyez, el relato continua. Es un relato de Libro “En babia y en Luna”, bellísimas tierras llenas de magia de la provincia de León. Lo he ido publicando en este espacio por capítulos; así que continuará. Gracias por leerme y me alegro de que te guste. Yo disfruté mucho escribiéndolo.
      Besos

  4. María dijo:

    Yo ya sé su final, pero aún así… me sigue enganchando.
    Un besote grande de domingo, querida amiga…

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