Por siempre, jamás , amén… continuación

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Ha cambiado sus ropas de viaje por otras más cómodas: jersey de lana sobre camisa de franela y pantalones de pana gruesa. Baja deprisa las escaleras para reunirse con sus compañeros que ya están en la puerta. Junto a ellos, Ramón, mi buen Ramón. Entonces un rapaz de mocos y ausencias que escucha y habla a través de sus ojos. Hoy un mocetón que cierra los párpados y mira a otro lado para no decir. Lo envió Aurelia, según lo acordado. Será su guía y les descubrirá los secretos que guarda la montaña.

—Ya era hora, —le increpa el que parece el mayor de los cuatro. Un hombre corpulento con el pelo canoso ensortijado. —Se supone que el más joven debería ser el más rápido.

Le presentan a Ramón que le saluda de la única manera que puede, ofreciendo su mano y una sonrisa.

—Soy Enrique, el tardón —bromea.

Enrique, me gusta ese nombre, estrecha la mano que le tienden y se excusa por su tardanza.

—Me di una ducha, y deshice el equipaje. Por cierto, ¿quién de vosotros está acatarrado? Tosía como si se le fuera a partir el pecho.

Ellos no han tosido y me inquieta la posibilidad de que él pueda escucharlo. Bromean sobre ello, mientras se adentran por las calles del pueblo. Ramón camina delante de manera que no pueden ver su gesto de preocupación. Ya no sonríe. Uno de los hombres alcanza su paso y le pone la mano en el hombro para que le mire y pueda leerle sus labios.

—Hoy nos acompañaras a visitar los alrededores y programaremos las excursiones de los próximos días ¿De acuerdo, Ramón?

Ramón asiente con la cabeza y vuelve a sonreír.

La tarde está quejosa y se aleja lánguida. Las cumbres bostezan allá por donde se esconde el sol. Me han bajado al jardín envuelta en una manta y miro esos reflejos tras los que tantas veces deseé marchar, imaginando que eran anuncios de otros mundos que me esperaban, de otra vida más viva de la que se me presentaba en un pueblo encerrado entre montañas. Ansias locas de volar de una atolondrada adolescente que pedía al cielo su libertad cuando ya era libre. Y el cielo me castigó. Ya de nada vale lamentarse.

Hace tres días que llegamos y apenas he visto a nadie, de ello se cuida Ernesto; tan sólo al médico en su visita diaria para confirmar que el final está cada vez más cerca, y a Aurelia, que su obstinación y su tozudez ha sido más fuerte que la de mi marido. Tampoco él pudo negarse sin levantar sospechas.

El doctor me ausculta, y me da ánimos pero, a pesar de que mantiene su rostro amparado en un engaño misericordioso, leo sus pronósticos tras los cristales de sus gafas.

Aurelia ya conoce el estado en que me encuentro, abordó al médico; desconfía de mi marido, indaga, quiere saber. Algo no le cuadra, lo sé por como me mira, por su mirada sobre Ernesto. Él también lo intuye y por eso no nos deja solas ni un momento, sobre todo desde que la escuchó preguntarme con insistencia si había sido feliz. Ernesto clavó su mirada fría como una cuchillada en mi cara. No me hizo falta mirarle para sentirla. Tranquilicé a Aurelia.

—Sí, mujer, he sido muy feliz—. Suspira, frunce la boca, no se apacigua su inquietud.

Ahora, oigo sus pasos pequeños, nerviosos, seguidos por las zancadas de él, se acercan a mí. Aurelia me trae compota de manzana, y un jarabe de ciruela con tomillo; dice que es reconstituyente. Se sienta a mi lado y me lo ofrece. Yo como disimulando la desgana, solo por no hacerla un feo, y doy un sorbo al vasito que contiene el brebaje.

Aurelia es famosa en el pueblo por sus jarabes. Recoge hierbas, flores, frutos silvestres, los macera, los mezcla y hace ricos licores. De pequeña me fascinaba ver los tarros de cristal y botellas que se alineaban en la alacena de su casa; jugaba a adivinar cuales eran sus componentes según el color que tuvieran.

Aurelia me examina mientras como; intenta ver una verdad que intuye. Yo le agradezco el cariño y su cuidado. Sé que no la engañé con mis cartas, y habló más el silencio en el que me sumí cuando me llegó la noticia de la muerte de mi madre. Hasta entonces callé por no añadirla un sufrimiento más al sacrificio de no tenerme a su lado, al menos, el creer que su hija vivía feliz fuera un consuelo para su soledad. Después de su muerte no encontré ninguna razón para hablar.

Aurelia me cuenta de la gente, del pueblo, de lo ocurrido en todos estos años, y yo le pregunto por los que dejé aquí. Ernesto finge leer para no tener que participar en la conversación. Yo la escucho más que hablo, me fatigo.

La tos me rompe de nuevo. Dejan que me pase y me suben a mi habitación. Mi cuerpo es piel sobre huesos. Mi pelo oscuro, ya ajado, cae sobre la cara liberado de las orquillas que lo retienen. A Aurelia le basta un solo brazo para sostenerme. Ernesto la deja. Se mantiene atrás por si un nuevo vómito de sangre le revuelva las tripas.

Se han ido, Aurelia con pesar y Ernesto liberado. Ahora descanso cobijando mi mundo tras las mantas que me arropan…

Se va la tarde y de puntillas entra la noche. Tengo frío a pesar de las mantas.

Enrique siente el frío, ha dejado la ventana entornada y las noches de otoño son casi invernales. Se levanta y la cierra para después regresar a la cama. Coge un cuaderno de la mesilla de noche y escribe:

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3 respuestas a Por siempre, jamás , amén… continuación

  1. Perfume de mujer dijo:

    Te sigo…en tu relato 🙂
    Saludos!!

  2. rubengarcia dijo:

    un tono serio tiene la prosa. Hay dolor

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