Por siempre, jamás, amén… continuación

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.Reverencias y parabienes a mi esposo. Reservó todo el hotel para nosotros y pagó por adelantado. Habitaciones preparadas tal y como había ordenado, cuatro, en la planta superior, las más confortables. Todo dispuesto según las instrucciones de Don Ernesto Valcordel Infante, el indiano que se dejó caer por estos lugares para su suerte y para mi mal.

Los cuatro hombres se apean de las motos y Aurelia está ahí, esperándoles también. ¡Qué sequita está! Se acerca a ellos con gestos nerviosos, impacientes. Les da las explicaciones oportunas, las llaves. Los hombres le preguntan, se interesan por el hotel, por su abandono. Ella fuerza una sonrisa conejil, restriega las manos en el mandil y su voz aflautada se hace casi un silbido.

—Yo no sé nada —les responde y se aleja con prisas por si a una nueva pregunta tuviera que dejar sin respuesta.

No, no les cuentes ¡a ellos qué más les da! Vienen a pasar unos días de descanso, de caminar por sendas de montaña, de llenarse de naturaleza… pues que disfruten de estos parajes sin necesidad de más. Muy bien Aurelia, tú que todo supiste, tú no sabes nada.

Entran y se detienen en la misma entrada. Dejan aparcados sus petates y sus mochilas sobre los sillones alados de mimbre y echan una rápida ojeada, insuficiente para apreciar los desconchones de las paredes ahí donde la pintura no aguantó el paso del tiempo.

Días atrás, algunas mujeres han estado oreando y espabilando el silencio y la humedad. Han limpiado los muebles y fregado los suelos, pero pequeñas partículas de polvo se resisten a dejar su acomodo después de tantos años, diez, o ¿ya son doce?, y persisten pegadas sobre los pocos objetos que componen la decoración del hostal. Se apiñan en la atmosfera, en el aire que las atrapa suspendidas en la claridad que entra por la ventana enrejada.

Los hombres suben por las escaleras hasta la planta de arriba y se acomodan justamente en las mismas habitaciones que ocupamos Ernesto y yo. En la mía, la más grande se instala, el más joven. La atraviesa y abre las contraventanas del mirador que se asoma al pequeño jardín, ahora descuidado y sucio. La luz se adueña del espacio y reverbera en el espejo del armario.

Una de las muchachas silenciosa deshace las maletas y cuelga mi ropa. Me han sentado frente al mirador en un sillón de mimbre, como los de la entrada; el esfuerzo de subir la escalera me ha dejado sin aliento. Inspiro el aire de la otoñada obligando a mis pulmones con el ansía ebria del que apura los últimos tragos, y me complazco en mirar los geranios repletos de flores que rodean el brocal de la fuente, y las petunias que siguen floreciendo arañando los días que las queda antes de que las marchite el invierno.

En la habitación de al lado oigo a mi marido dar órdenes y manda recado al médico de que ya estamos aquí. No necesita médico quien ya está sentenciado a no ser para testificar su defunción. Pero él se empeña, hay que cubrir las apariencias. Le oigo caminar hacía aquí. La puerta que une nuestros dos cuartos se queja ante su paso y chirría; ya le siento junto a mí… Una mirada suya basta para hacer salir a la muchacha que deja su cometido a medias. No me vuelvo, pero percibo su respiración gruesa a mi espalda y su tacto blando en mi hombro. Me parapeto tras el escudo invisible que he creado, frontera entre su espacio y el mío, para poder soportar su cercanía, y para que él no encuentre más de mí que el roce de mi vestido.

—¡Qué!, ¿contenta? Ya estás en tu pueblo. Como has visto, cumplo mi compromiso, podrás morir en paz.

Estoy acostumbrada a su crueldad. Y sus palabras ya no me hacen daño. Antes, me convertían en un animalillo herido y asustado pero desde que supe que la enfermedad tiene echada la cuenta de mis días, un extraño poder me liberó de su maldad y sus desprecios.

Un acceso de tos me parte la espalda, otro, otro, uno más y otro. Busco mi pañuelo en la bocamanga de mi vestido, pero no está. Me tapo la boca con la mano intentando controlar el espasmo convulsivo. Ernesto retrocede unos pasos. Puedo sentir su gesto de repugnancia, de asco cuando ve la sangre.

—¡Muchacha, muchacha! —llama, mientras sale de la habitación dejándome a solas con mi sangre, con mi sudor, con la mañana que entra por el mirador igual de deprisa que sale la vida en cada golpe de mi respiración.

Las chicas han entrado asustadas y me recuestan en la cama con mimo, con celo, como si fuera una niña pequeña, o una virgen.

—Descanse, señora, descanse. El viaje seguro le fatigó.

Y yo me abandono a esas manos amables y sencillas que huelen a lejía y a jabón.

Sentado en la cama se ajusta los cordones de las botas. Los otros ya le esperan abajo. Han gritado varias veces su nombre, apremiándole, ¡Enrique!

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2 respuestas a Por siempre, jamás, amén… continuación

  1. Perfume de mujer dijo:

    Excelente relato 🙂
    con algunas partes tan tristes y crueles, una realidad de muchas parejas.
    Seguiré tu historia…
    Saludos!! bonita tarde/noche para ti

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