SÍ, PERO NO. NO…PERO, SÍ…


Celina entró en su cuarto y se dejó caer en el sillón de mimbre que la esperaba fiel al lado de la ventana. Arrojó el bolso sobre la cama y, con un gesto brusco, se quitó los zapatos que salieron volando por el aire cayendo uno encima de la estantería y el otro al lado de la puerta. Estaba enojada. ¡Más que enojada!  Le dolían los pies, la cabeza ¡El alma! Dos horas escuchando, paciente, las dicciones y contradicciones de Rodrigo habían sido más de lo que podía soportar después de la larga jornada de trabajo interrumpido en la redacción del periódico.
Coincidieron a la salida de la oficina, en el ascensor. Y en mala hora aceptó “un café, solo te entretengo un momento” cuando sabía que ese momento se alargaría hasta que terminara su desahogo. 
¡Qué indecisos son los hombres! pensó, mientras recuperaba su bolso y buscaba en su interior un cigarrillo. Sí…pero no. No. ¿Pero sí…? Parecían incapaces de tomar una decisión. Se pasaban el tiempo recabando opiniones de otros como si necesitasen el empujoncito de los demás para actuar o para darse confianza. Recordó de nuevo los razonamientos con los que, con infinita paciencia y tres cervezas, -pasó del café-, intentó ayudar a su amigo a tomar una determinación.
—Pero Rodrigo, si no estás bien con ella, si hace ya tiempo que no te da más que quebraderos de cabeza y te produce el desasosiego en que encuentras, plantéate dejarlo. No puedes continuar con esto. Hoy sí, mañana no. Si dices que ya has tomado la decisión, cuanto más tardes en llevarla a efecto será peor. Para ella y para ti.
—Sí, tienes razón, no quiero, no puedo seguir así. Pero es que cuando llega el momento, no sé que me ocurre que no me falta el valor. Lo he intentando muchas veces, la he cerrado la puerta de mi casa en varias ocasiones… Pero me puede, me puede el cariño que la tengo. Es como si estuviera hechizado. En cuanto la siento lejos me muero por estar con ella.
—Pues entonces trata de aceptarla como es. Cuando se vuelve fría y distante piensa que al poco se le pasará, como siempre, y en unos días volverá a ser mimosa y complaciente. Sabes que ella es así.
—Sí, pero me superan esos periodos de frialdad, sus desplantes, sus silencios, los días en los que ni siquiera me permite tocarla. Ni una mala caricia, ni un mal sonido sale de su garganta. Nada. Incluso se vuelve agresiva. Mira. -Un enorme arañazo que le cruzaba el antebrazo-.
—Esto ya es demasiado. Si no actúas y eres duro con ella un día no controlará sus impulsos y puede que las consecuencias vayan más allá de un simple arañazo. Déjala. No digo que la dejes tirada en la calle, procura que la separación sea lo menos dolorosa posible, sé generoso. Hasta te aconsejaría, si eso te tranquiliza, que la dejaras en una situación estable y segura, pero corta ya
—Mañana sin falta, Celina, te lo prometo. Ya no hay más oportunidades. No puedo más. Aunque me acueste en la cama y extrañe su calor cuando se enrosca mimosa sobre mí y busca mis caricias. Aunque la casa se me caiga encima y vaya  de habitación en habitación llamándola. Celina… la quiero, ¡joder!, que son muchos años juntos.
—Mira Rodrigo, pues entonces, no la dejes, pero no te quejes.
—No sí, esta vez las cosas han ido demasiado lejos. Mañana pondré punto final a esta historia.
Celina, recostada en el sillón vencida por el cansancio, de un día duro, se había quedado dormida. El atardecer se deslizaba por la ventana y en la calle los primeros reflejos de las farolas iluminaban las primeras sombras de la noche . El timbre del teléfono la despertó de golpe. Aturdida, contestó
—Dígame?
La voz de Rodrigo respondió al otro lado.
—Celina, ¿te interrumpo? ¿Hacías algo interesante?
—¿Algo interesante?…, no, claro que no. No tengo nada mejor que hacer que entretener mí tiempo escuchándote.
—No seas irónica. Sé que abuso de ti. Sólo te molesto un momento. Quería decirte que al llegar a casa he hablado con ella. Le expuse la situación. Le dije que ya no aguantaba más y que mañana pondríamos fin a nuestra convivencia. 
—Muy bien. Así me gusta, machote ¿Y…?
—Pues que no puedo hacerlo, Celina. Después de escucharme muy atenta, se me acercó y se pego a mí. Frotó su cuerpo contra mío: mimosa, implorante. Gemía, lloraba. Y no pude por menos que tomarla entre mis brazos, y cuando he sentido su lengua en mi cara… me ha vencido. Dirás que soy un pelele, pero la he perdonado. ¿Lo entiendes?
Celina, no entendía nada. Pero no iba a darle la oportunidad de que para explicarle de nuevo sus razones la tuviera otras tres horas al teléfono. Así que optó por contestar:
—Claro que sí Rodrigo. ¡Cómo no voy a entenderte! Eres una persona sensible y generosa. No sabe ella la suerte que tiene contigo.
—Gracias Celina. Ahora cuando la veo tan feliz, lamiendo glotona su plato de leche y ronroneando buscando mis caricias me pregunto como he podido pensar en abandonarla.
—No te preocupes, Rodrigo, creo que ella nunca lo sabrá.
—Celina, eres un sol y la mejor amiga que tengo. Gracias por tu paciencia. ¡Celina, Celina! ¡Celina…! ¿Estás ahí? ¿Celina?
—¡Miau!

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3 respuestas a SÍ, PERO NO. NO…PERO, SÍ…

  1. ¿Sabes? Eso me suena y mucho ¿verdad? Como siempre, muy bien escrito y descrito.Un beso grande…

  2. Seguro que tú ya lo habías leído. Otro beso grande para ti.

  3. RINGO dijo:

    Ahora esperamos otra interesante historia cambiando al personaje. Será uno que muerde todo y hasta alguna vez araña, aunque es cariñoso y tierno.

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