Seda

La caricia sutil de unas manos deja una marca imperceptible en la seda. Huella indeleble en la piel de un amor inalcanzable. La nostalgia inmensa añorando lo que no se vive, lo que no se puede tener, te ahogaba en un mar de brumas y desasosiegos. La melancolía cierra los ojos y nubla la mente inmersa en una obsesión convulsa. Ciego y obtuso no discernías que la emoción que alimentaba tu vida  formaba parte de ti. Sientías su calor, percibías el latido de su corazón al únisono que el tuyo, aunque tú, necio, creías que era el eco de aquel otro lejano y frío que intuistes una sola vez: la seda y caricia de agua.
El corazón que te alimentaba se encontraba hilvanado a tu pecho. El amor estaba a tu lado Vivía por y para ti. Cuando la perdiste fuiste consciente de tu error. Y ahora, solo y abatido no hallas el modo de recuperarla. Su ausencia es un gran vacío frío y húmedo en tu vida. No encuentras consuelo ni siquiera aspirando el perfume de los lirios de su jardín. Y relees una y mil veces sus palabras guardadas como un preciado tesoro pensando que provenían de otra. Mitigó  tu dolor entregándote la mayor prueba de su amor por ti. 
Por la obsesión de una quimera no llegaste a vislumbrar que tras esa carta solo podía estar ella. 
 “Señor amado:
  No tengas miedo, no te muevas, quédate en silencio, nadie nos verá. Permanece así, te quiero mirar, yo te he mirado tanto pero no eras para mí, ahora eres para mí.
  No te acerques, te lo ruego, quédate como estas, tenemos una noche para nosotros, y quiero mirarte, nunca te había visto así, tu cuerpo para mí, tu piel, cierra los ojos y acaríciate, te lo ruego, no abras los ojos si no puedes, y acaríciate, son tan bellas tus manos, las he soñado tanto que ahora las quiero ver, me gusta verlas sobre tu piel, así.
  Sigue, te lo ruego, no abras los ojos, yo estoy aquí, nadie nos puede ver y yo estoy cerca de ti, acaríciate señor amado mío, acaricia su sexo. Te lo ruego, despacio, es bella tu mano sobre tu sexo, no te detengas, me gusta mirarla y mirarte, señor amado mío. No abras los ojos, no todavía, no debes tener miedo estoy cerca de ti, ¿me oyes?, estoy aquí, puedo rozarte, y esta seda, ¿la sientes? Es la seda de mi vestido, no abras los ojos tendrás mi piel, tendrás mis labios, cuando te toque por primera vez será con mis labios. Tú no sabrás dónde, en cierto momento sentirás el calor de mis labios encima. No puedes saber dónde si no abres los ojos, no los abras, sentías mi boca donde no sabes, de improviso, tal vez sea en tus ojos, apoyaré mi boca sobre los párpados y las cejas, sentirás el calor entrar en tu cabeza, y mis labios en tus ojos, dentro, o tal vez sea sobre tu sexo. Apoyare mis labios allí y los abriré bajando poco a poco. 
  Dejaré que tu sexo cierre a medias mi boca, entrando entre mis labios, y empujando mi lengua. Mi saliva bajará por tu piel hasta tu mano. Mi beso y tu mano, uno dentro de la otra, sobre tu sexo, hasta que al final te bese en el corazón, porque te quiero. Morderé la piel que late sobre tu corazón, porque te quiero, y con el corazón entre mis labios tú serás mío, de verdad, con mi boca en tu corazón tu serás mío para siempre. Y si no me crees abre los ojos señor amado mío y mírame. Soy yo, quién podrá borrar jamás este instante que pasa, y este mi cuerpo sin mas seda. Tus manos que lo tocan, tus ojos que lo miran.  
  Tus dedos en mi sexo, tu lengua sobre mis labios. Tú que resbalas debajo de mí, tomas mis flancos. Me levantas, me dejas deslizar sobre tu sexo, despacio. Quién podrá borrar esto, tú dentro de mí moviéndote con lentitud. Tus manos sobre mi rostro, tus dedos en mi boca, el placer en tus ojos, tu voz. Te mueves con lentitud, pero hasta hacerme daño, mi placer, mi voz, mi cuerpo sobre el tuyo. Tu espalda que me levanta, tus brazos que no me dejan ir, los golpes dentro de mi, es dulce violencia. Veo tus ojos buscar en los míos, quieren saber hasta dónde hacerme daño, hasta donde tú quieras, señor amado mío. No hay fin, no finalizará, ¿lo ves?, Nadie podrá cancelar este instante que pasa, para siempre. Echarás la cabeza hacia atrás, gritando, para siempre cerraré los ojos soltando las lágrimas de mis ojos, mi voz dentro de la tuya, tu violencia temiéndome apretada, ya no hay tiempo para huir ni fuerza para resistir. Tenía que ser este instante, y en este instante es, créeme, señor amado mío, este instante será, de ahora en adelante. Será, hasta el fin.
  No nos veremos más, señor. Lo que era para nosotros, ya lo hemos hecho y tú lo sabes. Créeme: lo hemos hecho para siempre. Conserva tu vida al margen de mí. Y no dudes ni un segundo, si es útil para tu felicidad, en olvidar a esta mujer que ahora te dice, sin remordimiento, adiós”.
 Inspirado en “Seda” de Alessandro Baricco

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