Propósito de Enero

Luz y nieveCuando comienza un nuevo año, se suele hacer un listado de propósitos a realizar: cambiar cosas, comenzar otras nuevas. Yo , esta vez, he preferido proponérmelos mes a mes. Y este es el de Enero. En realidad no es nuevo, lo llevo practicando muchísimos años, pero lo refuerzo y lo hago más presente en este primer mes del año.

“Deseo caminar hacia adelante y estar en armonía con mi entorno. No la felicidad tonta y disimulada que viene de tapar las realidades, sino la que nace de la certeza de no engañarse ni de engañar, de vivir en equilibrio con uno mismo y de aguantar el desasosiego que el mero hecho de vivir proporciona a aquellos que usan el corazón como expresión”.

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Esta Navidad Regala Autoras

escriotoras I.jpga través de #EstaNavidadRegalaAutoras  Me llega esta iniciativa a través del blog de María G. Vicent. ¿No es una iniciativa genial? Seguid los enlaces. 

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Hacer sangre

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Puedo estar de acuerdo con ciertos comentaristas críticos, rigurosos, que en sus artículos de opinión se posicionen y comenten. La prensa es libre, o al menos eso dicen.

Hablo de esos articulistas que la toman con un tema de su gusto o disgusto y no pueden evitar incluir en el texto de cualquier contenido y materia sobre la que escriban, el comentario jocoso, la puntita de lanza, el escupitajo en el ojo hacia el objetivo de su animadversión.

Pueden estar hablando de la belleza de unos jardines, de recetas de cocina, de la hermosura del otoño en los montes, de que parece que va a llover…, cuando de pronto y sin venir a cuento aparece el comentario jocoso relativo a la cuestión, hecho o personaje de sus amores o desamores, según sea el caso.

Entiendo que están en su derecho de utilizar esas licencias, bajo el paraguas de la libertad de expresión, aunque me pregunto si hoy, en verdad, la prensa es libre.

Me parece lícito que se comente, se critique o se hagan juicios de valor sobre el comportamiento, actuaciones o  situaciones de algunos personajes que pueden chocar de frente con el sentir y pensar del comentarista. Y está en su derecho de declarar que su ideología está enfrentada y es diametralmente opuesta al personaje del que se diserta. Es permisible. Pero aprovechar cualquier ocasión, sea cual fuere la temática del artículo, para colocar la frase lapidaria y ridiculizante, en la mayoría de las ocasiones, para arrojar a los leones al objeto de su inquina … eso, en mi modesta opinión, es hacer sangre aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid.

Y al final… aburren

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Nuestro amigo necesita una manita… las dos

a través de Problema con wordpress. Ayuda

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“EL VIOLAO”

 

No se sabe lo que es el consuelo del corazón sino cuando nos quedamos solos” Edgar Allan Poe

En una ocasión, escuché una frase que me heló el corazón. Una anciana, llorando con desconsuelo ante el cadáver de su marido, increpaba a Dios, diciendo: “Díos mío, ¡qué injusto eres!, después de todo lo que me ha hecho pasar, ahora que me trataba bien, vas y te lo llevas, ¡Qué va a ser de mí!”

Me quedé sin palabras ante la dureza de tal confesión y guardé ese recuerdo y esa vivencia en mi interior.

Poco después, otro anciano me contaba, con una inocencia, casi infantil, como en su soledad, añoraba a la mujer con quien convivió cuando no recibió de ella más que insultos y descalificaciones.

En recuerdo de ellos escribí el siguiente relato, en un pequeño homenaje a mis “santos inocentes” hombres y mujeres, ya ancianos que todavía viven en los pequeños pueblos de Castilla que pusieron en mis manos lo mejor y en muchos casos, lo único que poseían: ellos mismos. Su historia, la verdad de su vida.

¿La reflexión?… “El que tenga oídos para oír que oiga y el que tenga ojos para ver que vea”

 

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ILUSTRACIÓN DE MARÍA CORREDERA

 

EL VIOLAO      (Relato publicado en “La Libélula” Ed.Letra Clara)                                                                                  

¡Qué dura está la tierra! o serán mis muchos años y que mis brazos no tienen la fuerza de antaño, bueno, nunca tuvieron mucha. Nada, que no entra el azadón, es esta tierra, tan dura y seca como ella ¡mira que era burra! hasta para morir ¡mira que no querer enterrarse en Campo Santo como los cristianos de bien!, nada, que no hay manera de hacer esta maldita zanja, el pico, tendría que haber subido el pico. Lo hizo para seguir fastidiándome después de muerta, estoy seguro, porque me amargó la vida y yo aquí como un calzonazos cavando una zanja alrededor de su tumba para colocar una verja y unas plantas y, ¡qué se yo!, se estará riendo de mí desde el otro barrio, y ahora se levanta este aire, raro que estuviera todo tan quieto; pero cómo dejar que sus huesos se pudran en la ladera del monte sin ningún aviso, sin ninguna advertencia… “aquí yace”. ¡Mira que era burra!, a quién se le ocurre querer enterrarse aquí arriba, en el monte, seguro, seguro que lo hizo para jorobarme. ¡Mecagüenlá!, qué se me vuela la boina, ¡maldito viento! No, si ya sabía ella que no sería capaz de dejarla aquí, pudriéndose sola, sabía que subiría a menudo, y que en la pendiente echaría el bofe, pero sabía que subiría, y así tal vez, en una de esas me ahogo del todo, estiro la pata y me voy pa llá, yo también, porque, mira que le reventó partir primero; como no podía hablar, me lo dijo con los ojos antes de morir: “aquí te espero y esta me la pagas”. Nada, que no hay manera, la tierra apenas se remueve, pues yo sigo cavando aunque me rompa los riñones. ¡Mira que era bruta!, más terca que una mula, y todos estos años amargándome la vida, todavía me levanto por las mañanas oyendo sus gritos: —Afrodisio, ¿dónde estas?, no me podía haber tocado un tío mas inútil como marido—, ¡pero si fue ella quien me echó el guante! Estuvo tras de mí mucho tiempo, yo en la inopia, bastante tenía entonces con subir todos los días las vacas al monte, no pensaba en mozas y menos en ella, ¡mira que era fea!, fea y con bigote, como un marimacho y con mucha más fuerza que yo, la verdad que siempre fui un jigas, maldita pulmonía que no me dejo crecer, de eso se valió. Me acorraló aquel día, me deshonró, sí, me quitó la honra y la hombría, todo de un golpe. Ni la sentí llegar, se abalanzó sobre mí, me tiró entre las piedras y allí mismo me violó, todavía me avergüenzo al recordarlo, tan corrido estaba que, ni eso…na, de na, me quede in alvis, ni me enteré; ella me viola a mí y se queda preñada. ¡Maldita sea mi estampa! El viento ha parado, parece que ya consigo remover la tierra. Y claro, en aquellos tiempos, ¡ala!, al altar, pero no podía callarse, todo el pueblo se enteró de que la Ignacia había pescao al Afrodisio y de cómo le pescó, desde ese momento fui: “Afrodisio el violao”, sudores de angustia me daba el pensar que tenía que pasar el resto de mis días con semejante mula, y mira por dónde, ahora, estoy cavando una zanja para plantar flores en su tumba, las que no tuvimos el día de la boda, que desde que llegó a la Iglesia me echó la zarpa, no fuera a escaparme, repitiendo sin parar: “sí quiero, sí quiero, sí quiero, sí quiero… que hasta Don Basilio la mandó callar cuando me hizo la preguntita de marras: ­“sí quiere, sí quiere”. — ¡Pero, calla, mujer!, que es él quien tiene que contestar—, le dijo el cura, y me preguntó con la mirada, y a esas alturas, pues, qué iba decir: pues que sí, que yo también. Mi madre lloraba un poco más atrás. Me pescó ¡vaya que si me pescó!, después resultó que no estaba preñada, un embarazo fantasma me dijo la muy jodida, y ya no se preñó más, ni un hijo me dio; qué no fue lista ni nada, tanto como imbécil yo, y los del pueblo se reían de mí y se daban codazos, “el violao, el violao”, me gritaban los chicos, menos mal que con los años se les fue olvidando. ¿No quieres que plante aquí nada, ¿verdad?, pero esta vez se va amolar, no te vas a salir con la tuya, estaría bueno que después de muerta siguiera ordenando, ¡Afrodisio!, parece que grita, ¿un trueno? es igual, no la oiré: “vete a freír puñetas” tendrás alrededor de tu tumba, aunque no quieras, una verjita y unas cuantas flores, me está haciendo sudar a base de bien, no, si todavía las palmaré con el esfuerzo, ¡qué dura está la tierra!, como ella: dura y seca como una piedra, ninguna palabra de cariño, toda la vida con la albarda retorcida, y ojo, cuando se la retorcía demasiado, mejor estar lejos; me amargó la existencia, bueno, también me cuidó, lavaba mi ropa y planchaba mis camisas, preparaba mi comida, aunque me la tirará como se la tira a un perro. La verdad, es que desde que se fue, parece que me falta algo, ya no estoy pa nada; ¡tantos años oyendo sus gritos!, ahora, hay demasiado silencio en casa, y por la noche está muy fría la cama. ¿Estoy llorando? no, es que llueve, pues no lo dejo. ¡que sí, que me estoy emocionando!, ¿será posible qué tantos años queriendo librarme de esta mula parda y ahora la eche de menos? ¡Qué dura esta la tierra!

La Libélula

 

 

 

 

 

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El SARMIENTO

Vid.podada

 

Esta tarde fría y triste, precursora de invierno, he salido a pasear sobre la alfombra de hojas desprendidas de los árboles que amortiguan mis pasos sobre el asfalto. Apenas nadie en las calles, pese a que es domingo. Un sentimiento de soledad envuelve el anochecer y la luz tenue de las farolas. Y recordé un relato que escribí hace tiempo, en el que la soledad es protagonista con un hombre y un sarmiento.

EL SARMIENTO

 Le encontré sentado en la acera al regresar de mi paseo nocturno una noche de marzo. Se apoyaba en la pared del portal de mi casa. Abrí la puerta para entrar, pero unos sollozos mezclados con un bisbiseo casi imperceptible, me detuvieron. Me giré y le miré. Inclinaba su cabeza sobre el pecho dejando oculto su rostro.

—Oiga, ¿se encuentra bien? ¿Necesita algo? — pregunté.

Detuvo llanto y rumor. Tras un largo silencio me contestó sin mirarme.

—Estoy bien. No necesito nada.

Me acerqué e insistí:

—¿Está seguro?

               Sin mirarme contestó:

—Me he perdido. No sé dónde estoy. ¿Acaso sabes tú dónde está mi casa? ¡No! Pues entra en la tuya y déjame en paz.

Las palabras le salieron a trompicones, cosidas a un aliento ocre y ácido que me hizo dar un paso atrás. Era un hombre fornido. De edad indeterminada a pesar de su pelo canoso y barba blanca. No parecía un mendigo. Vestía con sencillez pero con dignidad. A pesar de que el frío era intenso se había quitado el abrigo y con él arropaba a algo que mecía y estrechaba contra su pecho: un pequeño animal, pensé.

Volvió a esconder la cara y reanudó el llanto a trompicones. Las lágrimas bajaban por su rostro hasta perderse en los pelos del bigote que cubría el labio superior. Observé que tenía sangre en la mano con la que protegía lo que guardaba bajo su abrigo; en la otra sostenía un cigarrillo sin encender. Al presentirme inmóvil, delante de él, me gritó:

— ¡Vamos, lárgate! ¿Qué hace una mujer sola a estas horas de la noche? ¿No tienes familia o qué? ¡Vete de una puta vez! No necesito nada

Eso hubiera sido lo más sensato. Pero no lo hice.

— ¿Cómo se llama? —le interrogué, agachándome hasta su altura—. ¿Dónde vive? ¿Quiere que llame a alguien para que venga a buscarle?

Obvió mis preguntas y siguió absorto en su balanceo. De pronto lo detuvo, como si hasta ese momento no le hubieran llegado mis palabras. Levantó la cabeza y me miró. Unos ojos azules, como los de un gato, brillaron en la oscuridad. y se clavaron en los míos hasta hacerme parpadear.

Sus ojos transparentes aguijonearon los míos hasta hacerme parpadear. Me sumieron en un pozo de amargura y soledad que me hizo estremecer.

—Mira, —me dijo retirando su abrigo y mostrando lo que protegía en su regazo: una maceta con un pequeño tronco seco y retorcido.

—¿Qué es?

Me miró extrañado, con reproche por mi ignorancia.

—Es un sarmiento. Mi sarmiento ¡Está muerto! ¿Por qué te has muerto?

¿Por qué…?

En un primer impulso me adelanté a la puerta con intención de entrar en

casa, pero fue su voz desgarrada lo que me detuvo. Él seguía hablando: no sabía si a mí, a la maceta, a él mismo.

— ¿Por qué te has muerto? Te he cuidado, te he regado, te he alimentado, y… ¡desagradecido! Vas y te mueres. Y me dejas solo —Sus últimas palabras retumbaron en la noche.

—Tranquilícese, sólo es una planta. Podrá conseguir otra.

—¡No! —exclamó, y su grito me abofeteó—. Tú no lo entiendes. No es sólo una planta. ¡Es mi sarmiento! —Continuó, dulcificando el timbre de su voz—. Lo encontré tirado en la cuneta de la carretera de Las Maricas.

De pronto se olvidó de mí. Hablaba sin verme. Miraba al sarmiento, y en sus ojos dos lágrimas que no acababan de rodar por sus mejillas. Me di cuenta de que eso era lo que hacía cuando le vi: hablar con él.

—Te encontré abandonado, ¿recuerdas? Los dos tirados, los dos solos. Yo acababa de perder: trabajo, familia y dignidad. Dejé la ciudad y me vine al pueblo, a esconderme. Y aquí estabas, en el camino, en mi camino. A ti también te habían tirado, mutilado, arrancado. Los dos tristes y los dos solos. Te recogí, Te llevé a casa y desde entonces estábamos menos solos. Te cuidé bien; hasta retoñaste y echaste hojas nuevas. Tú crecías, yo no. Yo no podía crecer. Se me agotaron las fuerzas. Pero estaba bien así. Yo me ocupaba de ti, y cuando te hicieras más grande te plantaría en un cacho de tierra, darías uvas, echarías hijos y así hasta formar un pequeño majuelo. Y yo estaría contento. Pero no, te tenías que morir, tenías que joderme tú también.

Su excitación crecía como una marea sacudiendo todo su cuerpo. Sus palabras me zarandeaban como aldabonazos, mientras que dejaban restos de espuma seca en las comisuras de sus labios. Y volvió a darse cuenta de que yo estaba allí. Me miró con sorpresa, como si me viera por vez primera. Respiró profundamente. Desvió la vista hacia la maceta, un segundo, pero retornó a mí.

—Sé lo que estás pensando —me dijo señalándome con el dedo—: «Este tío es un borracho». ¡Pues no!, no soy un borracho.

—Cálmese, por favor. Yo no pienso nada, sólo le escucho.

—Empecé a beber por las noches, las malditas y largas noches, cuando las culpas cobran vida y vienen a revolverte las tripas. No me dejaban dormir, tampoco se iban. Eran un espejo en el que se reflejaba una imagen distorsionada y grotesca. Era yo. Y yo no me reconocía, ni podía soportar su visión. Comencé a beber para romper el espejo. Te dejaba solo por las noches, pero volvía y llorábamos juntos. A ti no parecía importarte, compartíamos penurias y soledad. —Había levantado hasta su cara la maceta y hablaba con el pequeño tronco como si yo hubiera desaparecido de nuevo—. No parecía importarte. Hasta que dejaste de hablarme. Por eso, por eso iba al bar, porque no me hablabas. Luego, te encontraba cada vez más arrugado, más callado, más consumido. ¿Por qué no me advertiste? No, no pronunciaste palabra alguna. Optaste por callar hasta que fue demasiado tarde, y todos mis esfuerzos para recuperarte fueron inútiles. Y de nuevo solo.

El llanto volvió a sacudir su cuerpo. Yo me sentía incapaz de decir nada; me mantenía en silencio a su lado, dominando el efecto que me producían sus palabras. Latigazos. En otro momento las hubiera interpretado como el soliloquio de un alcohólico, como los desvaríos de un pobre loco. Pero me afectaban, y…cómo me afectaban. Se hundían en mí como puñales. Soledad, desolación, soledad, angustia.

Despegó la espalda de la pared e intentó levantarse. A la tercera tentativa logró controlar el equilibrio y mantenerse en pie.

— ¡Y hoy me han echado del bar! —Volvía a hablarme a mí—. Me han echado del bar como si fuera un perro. Dicen que he pegado a alguien, que molesto a los clientes. Yo no he hecho daño a nadie, soy buena persona, y si hice daño, pues…pido perdón y ya está. ¿Somos humanos, no? ¿Todos cometemos errores, no? Pero, ¿sabes algo?… —bajó la voz como para contarme un secreto—, a unos se les perdona y a otros no. Antes, cuando era importante, me besaban los pies. Cuando dejé de serlo, ésos, ésos… —señalaba con tanta vehemencia que estuve a punto de girar la cabeza sintiendo que «ésos» estaban detrás de mí—, esos ya no me respetan y me tratan como si fuera una mierda —arrastraba las letras de cada una de sus palabras, raspaban como lija—, cuando habían estado comiendo de mi mano. Al perderlo todo me dejaron tirado en la calle. Antes todos me admiraban. Ahora se ríen en mi cara. No me crees, ¿verdad?

—Sí, le creo. Déjeme limpiarle la sangre de la mano.

— ¡Quita! no tiene importancia. ¡Vete de una vez! Tendrás que hacer algo mejor que escucharme. ¡Márchate! ¿No tienes familia, o qué?

No podía marcharme. Cada vez que me miraba, sus ojos transmitían un sufrimiento profundo, desgarrado. Como el mío.

— Mire, no es que no tenga nada mejor que hacer que hablar con usted, es que quiero hacerlo.

—No mientas, sólo sientes lástima, nada más. Ladeó la cabeza como para mirarme desde otro ángulo y sonrió levemente — Me han echado del bar, dicen que he golpeado a alguien, que he roto cosas, y yo no me acuerdo de nada. Y no sé volver a mi casa.

—No se torture más, no tiene tanta importancia —intenté consolarle, consolarme—. En alguna ocasión todos perdemos los estribos y hacemos lo que no debemos.

Me miró sin verme. Achicó los ojos como el objetivo del fotógrafo que se acomoda para enfocar. Cuando ojo y cerebro ajustaron la imagen, gritó. Y su grito me hizo dar un paso atrás.

— ¡Sí tiene importancia!, ¿Entiendes? ¡Sí tiene importancia!, porque yo me siento culpable. ¡Me siento culpable! ¡Me siento culpable!

De nuevo el llanto, con hipo. Se secaba los ojos con la mano, un dique deteniendo las lágrimas teñidas de rojo. Lágrimas y barba.

—Cálmese, por favor. Si me deja la cartera podría mirar en su carné la dirección de su casa y… No me dejó terminar; inclinó bruscamente su cuerpo sobre mí perdiendo al mismo tiempo su punto de apoyo y el equilibrio.

—Yo no voy a ir a mi casa. Antes tengo que llevar a éste a su sitio, a las viñas. Yo no tengo sitio.

Y de pronto se echó a reír. Le sujeté por los hombros para evitar que se me viniera encima y le apoyé en la pared. De nuevo miró detrás de mí como si «ésos» todavía siguieran allí. La expresión de su cara se contrajo en una serie de muecas: primero de sorpresa, después de ira, al poco de dolor, para terminar con la mirada vacía fija en la nada. La imagen era patética: un hombre apoyado en la pared, con una maceta en una mano.

Él no parecía tener intención, ni fuerzas para moverse, ni estaba en condiciones de hacerlo solo. Y yo no podía dejarle en la calle. Busqué el móvil en mi bolso para llamar a alguien, cuando aparecieron detrás de mí. Le llamaron por su nombre y me preguntaron si me había molestado. Les dije que no, que simplemente estábamos hablando. Él, entonces, me sonrió como sonríe un niño asustado y agradecido. Adelantó la mano y me acarició levemente la cara. Uno de los policías le iba a recriminar su gesto, pero cogí su mano y la retuve en mi mejilla alargando la caricia.

—Eres buena— dijo.

A través de una cortina de lágrimas, las mías, le vi alejarse dando traspiés entre los dos policías que le sujetaban por los brazos hasta que su figura desapareció al doblar la esquina. La maceta había quedado en el suelo.

La recogí. Me acerqué hasta el contendor de basura, abrí la tapa, pero no pude tirarla. Una congoja agria y helada como un alud se llevaba todas mis defensas hasta dejarme desnuda. En mi cara ardía la huella de su mano. Cuando reaccioné, abrazaba al sarmiento contra mi pecho. Hoy retoña en un rincón de mi jardín. Le cuido, a veces le hablo. Puede que en dos años tengamos uvas.

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Me gustan los cementerios

Daniel Berlanga

 

No en estas fechas, atiborrados de gentes frenéticas limpiando lápidas para depositar enormes  centros de flores con lo que honrar, dicen, a sus seres queridos que, presuntamente, descansan en sus tumbas. ¿De verdad lo creen?

No, no me gusta y no siento esa necesidad de rendir homenaje a mis seres queridos dentro esta algarabía a nivel nacional. Detesto el jolgorio en el que hemos convertido esta celebración,  cuando solo nos acordamos de blanquear las tumbas un  día al año y los trescientos sesenta y cuatro  restantes: “ahí te pudras”, nunca mejor dicho.

El recuerdo de los que moran en el más allá se ha convertido en un negocio: la floristerías hacen su agosto y las ventas les supone una tercera parte de las ganancias del resto del año. Las confiterías también lo hacen bien. A sus puertas, en cola silenciosa, debe de ser por lo del respeto a quienes se homenajea, se aguarda paciente para adquirir los “huesos de santos” o “los buñuelos de viento” u otro dulce típico de cualquier lugar de nuestra geografía. Y es que es hay que hacer verdad el refrán de: “el muerto al hoyo y el vivo al bollo”

Las personas queridas que nos dejaron siguen vivas en nuestros corazones, no necesitan ni fiestas ni flores, en verdad, no necesitan nada de nosotros, quizás tan solo nuestro recuerdo cariñoso. Seguro que ayer se revolvían inquietos en sus tumbas ante tanto alboroto deseosos de recuperar la paz en la que descansan y se consumen el resto del año.

Cuando llegue mi hora, no deseo que me depositen en una tumba bajo tierra. No quiero que mis hijos imaginen mi cuerpo descomponiéndose en un ataúd . Deseo  que mis cenizas las esparzan en el mar o en un monte, como canta Serrat en su Mediterráneo y ser parte integrante de la naturaleza.

Tradiciones… tradiciones que respeto aunque no comparta, de las que solo hemos conservado su parte festiva y pagana. Para muestra un botón. Y no quiero comentar la fiesta de Halloween. Daría para otra entrada

Recuerdo los famosos versos de Espronceda

“Me agrada un cementerio de muertos bien relleno,

manando sangre y cieno que impida el respirar,

y allí un sepulturero de tétrica mirada

con mano despiadada los cráneos machacar”.

Tétrica visión, más acorde con las historias que nos contaban de niños nuestras abuelas, y si me lo permiten, diría que hasta con más sentido, al menos para aquella época tenebrosa. Comparándolo con los de ahora diría que ni tanto ni tan calvo.

Tengo que confesar que me gustan los cementerios, pasear en su soledad y en la paz que se respira cuando por ellos no merodean los vivos .

Terminar con un poco de humor, con Mecano

No es serio este cementerio

Descansen en paz. Amén

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Nuevos Cuentos Castellanos II. LOS MITOS RENOVADOS (Nuevos cuentos, nuevos personajes, nuevas historias)

portada libro

(Ilustración Portada. Eva del Riego)

Y la Biblioteca Municipal de Padre Isla, en León, se llenó de público, de amigos de familia. Para ella una tarde más en la que las historias que habitualmente se presentan y se leen entre sus paredes cobraron vida. Para mí y mis personajes, una tarde especial en la que la magia de lo ancestral, de lo mitológico adquirió actualidad y se hizo realidad.

Gracias a todos los asistentes, a la directora de la Biblioteca y coordinadora de las bibliotecas del Ayuntamiento de León Mª Dolor4es Martinez, a mi editor, José Antonio Martinez Reñones de ediciones Lobo.Sapiens-el Forastero, a Eva del Riego, por sus maravillosas ilustraciones que engalanaron los relatos, y a Gonzalo Moure, amigo y escritor que prologó este libro.

Os transcribo su prólogo. Merece la pena detenerse en él antes de adentrarse en las páginas del libro. Mejor sus palabras que las mías.

 

ojanco

(Ilustración Ojanco. Eva del Riego)

LOS MITOS RENOVADOS

Sorprendente. Felicitas Rebaque ha logrado, sin aparente esfuerzo, la cuadratura del círculo. Leyendas de un pasado sin principio, historias añejas que antes olían a naftalina, o que estaban cerca de ser olvidadas, que de pronto se sacan carnet del siglo XXI. Tanto que este libro debería ser un ejemplo para cualquier taller de escritura y que, sin duda, lo va a ser. Leo desde hace tiempo a Felicitas, y siempre sorprende en ella su capacidad para generar empatía, la cercanía de sus personajes y la piel amiga del paisaje. Conectar ese paisaje ya cerrado en la memoria, esa piel ya muerta, con el paisaje y la piel de nuestros jóvenes, es ya un hito en sí mismo.

Todos los pueblos, todas las comarcas, todas las regiones, tienen sus mitos. Algunos recorren las fronteras sin complejos, y se repiten en paisajes vecinos, a veces con otros nombres, otras veces con distintos protagonistas. Pero todas tienen en común la dificultad para entender el mundo. Los mitos nacen en los pliegues de la realidad, allí donde la razón no alcanza. Por eso, es el inconsciente colectivo el que actúa como gran escritor de las leyendas. Y ahí quedan, pero… Ahí se quedan. Dice Felicitas que la guadaña tecnológica que ha cortado los filandones y las conversaciones de las largas noches de invierno ha desconectado a los jóvenes de hoy de las historias de ayer. Pérdida de identidad, confusión y… Pokemons. Y así, o alguien cogía el toro del olvido por los cuernos del teclado, o las leyendas morían. Y Felicitas lo ha hecho. Dicen los cánones que un buen libro tiene bajo tierra dos tercios, y sobre la línea de papel apenas un tercio. Como un iceberg cálido. Es decir: dos terceras partes de investigación, y una tercera parte de creación. O de recreación, en este caso singular. Yo, ahora que he leído el libro entero, me siento mucho más entero, porque conozco esa parte intangible de mi memoria colectiva. Todos tenemos un árbol genealógico del espíritu, un árbol genealógico poblado de personajes literarios nacidos de plumas individuales y de personajes legendarios nacidos de los miedos populares. Y cada leyenda contiene el mapa del coraje para enfrentarse a ese miedo y seguir avanzando.

Eso es lo que hace Felicitas Rebaque en este libro: conocer para superar, recordar para actualizar. Después de él todos los mitos populares que recoge son de nuevo nuestros, no ya solo de nuestros ancestros. No cuesta mucho imaginar a los adolescentes leyendo este libro, reconociéndose en sus protagonistas y reconociendo en los recovecos del pasado a sus padres, sus abuelos, sus antepasados. Y tampoco cuesta demasiado imaginar a los viejos leyendo este libro y sonriendo al saber que sus nietos también van a disfrutar de sus historias, mitos y leyendas, que un día ellos mismos heredaron de sus propios abuelos. Conocernos para sabernos, descifrarnos a nosotros mismos para saber quién somos, cómo somos. Vencer al miedo a fuerza de reconocerlo debajo de nuestra piel.

Gracias, Felicitas, por decirnos a todos que hay senderos que se adentran en la oscuridad, pero que se puede arrojar luz sobre ellos, y por hacerlo mediante el avance cultural más importante del ser humano: el libro, la combinación mágica de palabras que es capaz de provocar emociones en nosotros. El libro, más moderno que el último avance de la tecnología, sin el cual ésta no sería posible, ni siquiera imaginable. Leer es leerse, así de simple.

 

Gonzalo Moure

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NUEVOS CUENTOS CASTELLANOS II

Quizás ya os han llegado rumores. .. Pues eso, que si os apetece y tenéis un rato libre el martes día 10 a las 19.30 me encantaría reunirme con vosotros para presentaros el II Libro de NUEVOS CUENTOS CASTELLANOS VIEJOS en la Biblioteca Municipal de Padre Isla. En esta ocasión ha engalanado el libro con preciosas ilustraciones Eva del Riego y lo ha prologado Gonzalo Moure, todo un lujo. Os espero.Invitación

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CURRO ESCRIBE UN CUENTO

NIÑO LIBROpg

(Imagen sacada de internet)

 

Curro, mi nieto futbolista,

un día de este verano, quiso dar una sorpresa.

Dejó de chutar la pelota para dar vueltas en la cabeza,

a una bonita historia que regalar a su abuela.

Pidió lápiz… papel…

y escondido bajo la mesa,

fue escribiendo un cuento,

renglón a renglón, letra a letra .

Al anochecer, desbordante de ilusión,

convocó a la familia y  reclamó  nuestra atención.

Nervioso y emocionado su historia nos relató,

                                      y tras el colorín colorado, recibió gran ovación.

En agradecimiento, de tan preciosa acción,

prometí que en su próximo cumpleaños,

lo publicaría en mi blog.

Ayer cumplió seis años,

y como lo prometido es deuda,

y para muestra un botón,

aquí comparto su cuento, como demostración,

de que el chute del balón, rima bien con imaginación.

 

EL SOL Y LA LUNA

 Primer capítulo

Todos ya sabemos que el Sol y la Luna van de noche y de día.

Pero aquí no. Nadie sabe quien va de noche y de día .

La Luna quería ir de día y el Sol de noche.

Un jueves por la noche la Luna dijo:

 —Me voy a ir a otro sitio.

 Y la Luna se fue a otro planeta.

 Segundo capítulo

 Como os había contado la luna se había ido a otro planeta que era Neptuno.

El Sol que lo había visto todo dijo a los alienígenas:

 — Yo soy mejor que ese desierto blanco.

 —Tú tienes envidia.

 —Tú no debes tener envidia

 Y los dos se fueron a rincones del espacio

 Tercer capítulo

 Entonces, Dios se acercó y le dijo:

 —Tenéis que hablar. Los habitantes de la tierra no tienen luna. ¡Por favor!

 Y Dios desapareció.

 Y entonces Dios se acercó al sol y le dijo:

 —Tenéis que hablar. Los habitantes de la Tierra no tienen sol. Y Dios desapareció.

 Entonces el Sol y la Luna hablaron.

 —A ver tú, Sol, vas a ir de día

 —Y tú, Luna, vas a ir de noche.

 Y todo volvió a ser igual.

 Fin.

Curro Bautista

 Para mi abuela con cariño 11-8-17

CUENTO CURRO

 

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