EL Niño De Luz De Plata. 

Recuerdo con que ilusión  me contaba Gonzálo Moure ,  recién regresado de una de sus estancias en los campamentos,  el proyecto de este libro. La emoción de los niños del club de lectura de Farsia,  por escribir entre todos un cuento.  Un nuevo proyecto Bubisher,  un nuevo sueño  que se ha hecho realidad.  Hoy lo tengo en mis manos … precioso ,  preciosisimo.  Un regalo valioso para quien lo adquiera sabiendo que con su compra colaborará para que dentro del Bubisher se sigan cumpliendo sueños.  Maravillosas las ilustraciones de Clara Bailo.

Pedidos  a Pilar Segura: pseguratorres@hotmail.com. Ella, Pilar, os explica cómo haceros con el libro .

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LA SIESTA

Siesta estival. Los pájaros cantan al sueño bajo la sombra de las enredaderas.
La somnolencia avanza, suavemente, mecida entre el calor y  los trinos.

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La Magia de la Noche de San Juan. “La encantada”

 

Hoguera

Noche de San Juan, celebrada con fuego y sortilegios. Noche bruja, noche menguada que das la bienvenida al solsticio de verano. Fuego, sol de la noche de luna. Y Agua. Acudid a mi conjuro y protegerme de lo malo y atraed lo bueno.

Noche mágica que eres proclive para los milagros, para dar vida a las leyendas y dejar que salgan a la luz las cosas que estaban ocultas.

Por esa razón, Adela, “La encantada”, del II libro de “Nuevos Cuentos Castellanos Viejos”, trata de convencer a Javier para que rompa su encantamiento. Javier duda, y ella se impacienta porque tendrá que hacerlo justo antes de la Noche de San Juan.

 

La encantada

Ilustración de Eva del Riego

—Hace muchos, muchos años, un hada se enamoró de un caballero. Como

su relación era imposible, ya que las hadas y los humanos viven en mundos diferentes, ella, en prenda de su amor, transformó su peine de oro en una hermosa peineta y se la regaló a su amado con la condición de que en su recuerdo la llevara prendida en el velo la novia de su primogénito el día de su boda. Y así, todos sus descendientes por los siglos de los siglos, de generación en generación. Si se dejara de cumplir esa tradición se rompería la promesa de amor dada y caería una tremenda maldición sobre la familia.

—¿Me estás contando un cuento de hadas? —le pregunté, extrañado—. Ya

soy mayor para estas historias.

Ella, paciente, me interpeló:

—Me cuesta mucho hablar de esto, por favor no me interrumpas. Has

jurado creerme. Déjame terminar.

—Durante años, siglos, las novias de los primogénitos descendientes de

aquel caballero llevaron en su velo de novia prendida la maravillosa joya que se ofrecía como regalo de bodas, hasta que uno de ellos no tuvo hijos varones; los niños se malograban en el vientre materno o nacían muertos. En cambio las niñas eran sanas y fuertes.

Cuando las hijas se hicieron mayores, el padre les contó la historia de la peineta de oro. Su intención era entregar la joya a la hija mayor para que cuando ella fuera madre se la diera a su primer hijo varón y así poder seguir la tradición. Esa hija era yo. Cuando mi padre nos mostró la joya me quedé deslumbrada: era lo más hermoso que había visto nunca. Tenía forma de herradura, con tres largas púas coronada por tres pequeñas estrellas de seis puntas unidas por filigranas florales. Y me obsesioné con ella. Puesto que era la primogénita, desobedeciendo a mi padre, me propuse lucirla el día de mi boda. Nadie sabía en qué consistía la maldición, por lo que me convencí de que tal maldición no existía y que era una forma de asegurar que la joya quedara en la familia y no fuera a parar a manos ajenas. Así que días antes del enlace robé la peineta.

Cuando mi padre me vio entrar en la iglesia con la joya sujetando mi velo de novia montó en cólera. Ni el hecho de estar bajo techo sagrado le impidió parar la ceremonia y exigirme que le entregara la joya. Entre lágrimas, avergonzada, obedecí, pero al mismo tiempo que la desprendía del velo la vida de mi novio se fue tras ella y cayó desplomado al suelo. Todos pensaron que era un desvanecimiento fruto de la tensión, pero cuando comprobaron que su corazón había dejado de latir, su padre, desesperado, exigió venganza y un ejemplar castigo para mí. No me dejaron ni quitarme el vestido de novia: me encerraron en una cueva sin comida ni agua, enfrentándome a una muerte atroz. Mi padre no pudo hacer nada para salvarme la vida. Cuando días después, abrieron la puerta de la cueva y encontraron mi cadáver, mi padre, al verme, desesperado, cogió la peineta, causante de todas las desgracias, y la arrojó al fondo de un profundo barranco. Pero la promesa de un hada no se puede romper así como así y su veredicto fue tajante: mi espíritu no descansaría en paz hasta que se restituyera la joya a sus legítimos herederos.

La peineta, desde entonces, viajó por el tiempo de mano en mano y mi espíritu tras ella. Cada cien años, en los días previos al solsticio de verano, me hago visible y me dan la oportunidad de recuperar la peineta que me tiene que ser entregada en la Noche de San Juan. Siempre necesito la colaboración de un mortal. Hasta ahora no he dado con ninguno que quisiera ayudarme, y llevo así desde hace cuatrocientos años.

 ¿Conseguirá Adela su propósito? Para saberlo tendréis que leer el relato completo .

 

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“Te espero con la luna en las manos”

Hoy quiero presentaros un libro muy especial porque los autores son muy muy especiales. Os cuento:

Cuando el proyecto Bubisher llegó a Smara, uno de los campamentos de refugiados saharauis en Tinduf, entre sus objetivos se encontraba el crear clubes de lectura . Del primero que se formó, en el barrio de Farsía, salió este maravilloso cuento, escrito por los niños del club y coordinado por Gonzalo Moure. Pero mejor que mis palabras, las de quienes han hecho posible este proyecto. Leed

TE ESPERO CON LA LUNA EN LAS MANOS

“El niño de luz de plata”

Llega el tiempo en el que los niños y niñas saharauis se preparan para volar hacia ese otro hogar lejano, donde les esperan sus familias de acogida. En estos días previos, tanto allí como aquí, toda una gama de sentimientos se enredan en los corazones y en las gargantas. Emoción, miedo, alegría, inseguridad, amor, ansiedad, empatía…

Quienes vienen y quienes acogen por primera vez, quienes ya han vivido esta experiencia y quienes lo harán por última vez esperan inquietos ese momento único del primer abrazo.

Pues bien, ese primer abrazo puede ser extraordinariamente especial si un trocito de los campamentos fluye como una caricia, enlazando las manos de quien lo da y de quien lo recibe.

La luna de los campamentos les acompañará todo el verano y podrán compartirla, saborearla, descubrir sus secretos y refugiarse en ella en los momento de melancolía, porque esa luna es, precisamente, la que vieron, sintieron y escribieron, junto a Gonzalo Moure, niños y niñas del campamento de Smara y cuyo reflejo recogió Clara Bailo en unas ilustraciones que ponen de manifiesto su mirada artística y su sensibilidad

El niño de luz de plata no solamente es un libro para leer en árabe y en español, es una forma de compartir ese abrazo que encierra toda la ternura y todo el cariño que las familias de acogida sienten por sus pequeños saharauis.

Y cuando llegue septiembre, podrán llevar consigo y a su hogar de origen a El niño de luz de plata.

 Presentación de “El niño de luz de plata”

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NUEVOS CUENTOS CASTELLANOS, VIEJOS II

NUEVOS CUENTOS CASTELLANOS VIEJOS II

                                              NCCII 1

El viento, creí que era el viento que agitaba acompasado las hojas de los árboles el que producía esa melodía que parecía venir desde muy lejos. Después fueron los pasos, sigilosos, vacilantes, que se acercaban en la oscuridad. Percibí unos ojos que me contemplaban con curiosidad. Entonces, sobresaltada, salí del sueño. Una claridad extraña iluminaba mi habitación. Algo parecía agitarse tras los cristales de la ventana. Unos susurros atropellados en el silencio de la noche. Salté de la cama y descorrí las cortinas. Y allí estaban, expectantes: El Ojanco, El Oricuerno, La Encantada y La Mano Negra. Abrí la ventana de par en par y les franqueé el paso a mi vida y a las vuestras. Bienvenidos, queridos amigos. Por fin habéis llegado.
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REGRESO A TI…

 

TREN

Puedo ver aún el mar, aunque ya estoy lejos, metida en este tren que me aleja de esos días maravillosos a tu lado. Nos hemos detenido.

Miro por la ventanilla y un cartel me dice que estoy en Palencia. Pero las letras se desdibujan y las paredes de ladrillos rojos del edificio de la estación se abren en un gran marco. Y yo sigo viendo el mar.

Mis ojos se llenan de azul de agua, porque llueve fino. Y me refugio en tus brazos bajo el paraguas. Un beso salado dejas en mi frente. Me seco la cara con la mano que no se aferra a tu cintura. Es lluvia, o lágrimas, gotas revoltosas que se escapan de mis ojos.

Nos movemos, parece que el tren se ha puesto en marcha. Pero yo voy hacia atrás. Hacia ti.  Ingrávida me introduzco en la marina que forma el paisaje querido. Detrás la montaña. Y la carretera y los prados, y más lejos el pueblo colgante sobre el acantilado. Pero voy más allá. Incorpórea atravieso las distancias y me hago presente a tu lado sin ser advertida y así, me muevo a mis anchas, entre espacios que de ninguna otra manera pudiera llegar.

Así te contemplo. Balanceas tu mirada en las olas mientras fumas uno de tus puritos. “No fumes, amor . Tienes que cuidarte”. Pero no te voy a reñir, porque me extasío en tus ojos y en contemplarte, así abstraído; sin saber que estoy a tu lado y que te observo.

Con inmensa facilidad me introduzco en tu mente y echo fuera algunas preocupaciones que te fruncen la frente. Después bajo por tu pecho, te hago una caricia para calentar tu añoranza. También la siento yo por ti, inmensa. Pero nos hemos prometido que tiene que ser alegre.

Entró en tu corazón: su latido fuerte y sonoro en mis oídos. Está cansado de batallas pasadas, de días duros. Las piedras de la mochila aún nos resienten. Lo sostengo un rato sobre mis manos y lo acompaso a mi propio corazón,  para que se haga más liviano y entre los dos aligerar la carga. ¡Cuánto lo voy a cuidar! Voy a cambiar hermosas vivencias por las malas. Bellos momentos, por los amargos. Sonrisas por cada lágrima que nos hicieron derramar.

Sigo mi recorrido y entro en tu conciencia. ¡Uf, cuantas cosas veo en ella guardadas! Cierro los ojos por respeto y me voy rápido. Todo lo que hay allí te pertenece solo a ti. Pero salgo contenta porque he visto que es un lugar blanco y limpio.

Antes de dejarte me cuelo en tus recuerdos. Allí encuentro cajas cerradas en las que no oso a penetrar,  pero otras están abiertas y muestran su interior. Sonrío ante lo que veo. En un rincón un cofre también cerrado con un letrero en su tapa, lleva mi nombre. Tentada estoy de abrirlo y ver lo que guardas de mí, pero no, tampoco lo necesito, lo que pudiera contemplar lo he vivido y lo llevo escrito por ti, muy muy dentro. LLevo tu impronta grabada en mi piel y en mi alma.

Suspiras y exhalas el humo de una última calada, y con ese movimiento salgo fuera de ti a través de tu aliento… Os disponéis a comer y yo me alejo de esa realidad tuya, ya nuestra, eternamente y por siempre nuestra.

Tu madre, querida y dulce a tu lado. Guillermo y Nene, bromean. Y tú cantas, en recuerdo de la partida de anoche: En la barranca de Apures ….Sé que te esfuerzas para que no te pese mi ausencia, también canto yo. Sí, mi amor, canta porque ya no hay distancias entre nosotros, porque nos amamos y vivimos juntos. Y así será para siempre. Te lo he prometido, y yo soy mujer de palabra.

Revivo tus caricias, tu infinita ternura, tus dulces e interminables besos. Manifestación de que El amor no se gasta ni se desgasta. Se renueva.

Recuerdo con ternura tu preocupación y nerviosismo por mí. Gracias cariño, me conmueve porque no estoy acostumbrada a que me cuiden. Y me emociona nuestro celo y cariño en cuidar y velar el uno por el otro. Estando Juntos, nada ni nadie podrá quitarnos nuestra paz y nuestra alegría. Juntos, nuestro mundo es una fortaleza infranqueable. Y te amo más aún, si cabe, por ello.

El revisor me avisa que la próxima parada es Valladolid, y me indica amable la puerta por la que debo de bajar.

Apago el ordenador, doblo los periódicos. Ya estoy dispuesta. Pero aún cierro los ojos y por un instante regreso a ti. Y me aferro a tu mano fuerte, fuerte Entrelazamos los dedos y aprieto para fundirlas, como tantas veces, ellas hablan sin pronunciar palabra. Solo nuestras manos unidas.

Un último beso, mi amor. Tengo que bajar del tren. Delante de mi, una joven madre lo hace  con su hija pequeña. Recuerdo a nuestros nietos y que tú quieres una niña. Si pudiera retroceder unos cuantos años…¡Ay!   Sonrío ante la posibilidad. La mañana también me sonríe. Y la ciudad, tantas veces hostil y fría, hoy me recibe amable.

 

 

 

 

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“Verso a verso… Vida a vida”

madre

Acarician mi rostro tus manos temblorosas, y tu mirada refleja el amor infinito de madre. A mis oídos llega tu voz en un susurro: “mi niña”. Sí, mamá, siempre seré tu niña.

Tú que todo lo has dado, hoy quiero hacerte un homenaje dejando en mi blog uno de tus poemas de tu poemario “Amaneceres”. El que tú escribiste  a tu padre, mi abuelo, cuando tenías más o menos mi edad y él tenía la que tienes hoy. Este poema es un reflejo tuyo, cada palabra se puede aplicar a tu propia vida. Espero que la mía haya estado y esté a la altura de la vuestra.

          Roble-que-busca

ROBLE NOBLE

  Por Felicitas de Lázaro

 Padre, te vas doblando

cual roble noble,

cargado de años

y de trabajos.

Tu savia riega

tus ricos campos

y tus semillas,

día tras día, fructificando.

Tus huellas dejan

surcos profundos,

rectos y honrados

hechos de gozo y de quebrantos.

Ya tu mirada de desafío,

de hito en hito al sol no aguanta.

Él te acompaña en tu camino,

de reflexiones y de nostalgias.

Te va diciendo

con voz muy queda, entrecortada,

como si fuera

una plegaria.

 De algunos sueños

tal vez fallidos,

de los logrados

has hecho de ellos,

un canto eterno

de lucha inmensa.

 Hay en tus manos

tantas cosechas,

 de ricos frutos

 que no se cierran

 Hoy al mirarte

 veo en tu frente,

surcos marcados

de tierra buena.

Y en tu cabeza

hay resplandores,

de nieve pura

donde se esconde

tu realeza.

Aunque te vayas

nunca te ausentas.

En mi camino

he de llevarte de compañero,

junto a mi alma.

Padre, te vas doblando

cual roble noble,

pero en tu sombra

se calma el alma,

se serena y se descansa.

 

 

 

 

 

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Paloma en el jardín.

paloma

 

Apenas ha extendido las alas y ha ensayado sus primeros vuelos. Tímida, observa desde la seguridad de su nido en una de las enredaderas de mi jardín
¿No es un privilegio verla descubrir la vida?

 

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Una novela a medias…

Yo tenía una novela a medias. Bueno, más que a medias, prácticamente me encontraba escribiendo la última parte, cuando el protagonista daba las ultimas bocanadas a su historia. Tenía decidido hasta el final; iba a ser abierto, como a mi me gustan, para que así cada lector ponga su granito de arena.

La aparqué por un tiempo enrolada en otros proyectos que urgían por salir, y hace unos días, cuando fui a retomarla me encontré con que había desaparecido. No me lo podía creer. Soy bastante cuidadosa y hago copias de seguridad con frecuencia, pero por más que busque, en archivos, en discos internos y externos de ordenador, no encontré  ningún rastro de esa novela.  Duele, duele perder un manuscrito en el que has invertido tiempo e ilusión.

Agobiada, recordé que en una ocasión había enviado unos capítulos a mi amiga María para que me los comentara. Quizás ella… Y así fue, María conservaba ese archivo. Gracias a ella he recuperado la mitad, más o menos, pero  me siento incapaz de reescribir el resto de la historia. Ya no quedaría igual. Yo no estoy en el mismo momento ni actitud que en aquellos meses. Me he resignado.   He pensado que puede ser que el destino haya urdido sus hilos y la haya hecho desaparecer,  puede que  sea que esta novela no tuviera que ver la luz.  Lo ignoro, lo único cierto es que de todos los archivos guardados de años y años es el único  que falta. Incomprensibles  Misterios de la informática.

La titulé: “Sonata en Rose” . Contaba la historia de un pianista que en pleno zenit de su carrera, sufre  un accidente de coche, pierde una mano, la mujer que ama le abandona y toda su vida se derrumba. Se refugia en París, allí vive tocando en un pequeño cafetín de Montmartre. Resignado a su nueva situación lleva una vida tranquila hasta que le llega una invitación para asistir a un concierto en la Opera.  Comparto con vosotros unos fragmentos. 

Desperté en martes y no en miércoles. El orgasmo me sacó del sueño antes de lo que había previsto. Mi sexo aún erecto intentaba liberarse a través del pantalón del pijama. Noté la humedad entre mis piernas ¡Lo que me faltaba, poluciones nocturnas a mi edad!, tendré que intensificar mis relaciones sexuales, pensé. Hice un esfuerzo para recordar el sueño que me había conducido a tal estado, pero no pude. Mi mente parecía haberse vaciado al mismo tiempo que mis gónadas.

Abrí los ojos con dificultad; una luz blanquecina, huérfana de sol, que entraba por la persiana guillotinada me estalló en las pupilas. Consulté el reloj; eran las doce y veinte minutos del martes seis de marzo.

Cuando me percaté de que tan solo habían pasado doce horas desde que me acosté y no veinticuatro, maldije entre dientes. Grave error de cálculo: la proporción de somníferos y bourbon no había sido la correcta. Tampoco conté con las imprevistas ensoñaciones.

Intenté seguir durmiendo pero fue inútil. El hormigueo habitual de mi mano izquierda se había intensificado y el espasmo sexual se había saldado con un intenso dolor de cabeza. Introduje la mano al calor de las mantas y la froté contra mi cuerpo. Las sienes me latían, el dolor se incrustaba como un casco desde la nuca hasta la frente; en el punto más álgido unas manos invisibles tiraban de mi lucidez hacia la parte onírica en un litigio con el sueño. La ansiedad de días anteriores regresó machacona, traduciéndose en un desagradable desasosiego. La angustia y la nausea me echaron de la cama.

En el desorden de la habitación busqué un cigarrillo. Necesitaba esa primera dosis de nicotina para calmar la inquietud, pero mi estomago y mi cabeza giraban al unísono; estaba seguro de que el humo me harían vomitar. Lo pensé mejor y decidí dejar el cigarro para más tarde.

Arrastré los pies hasta el pequeño balconcillo que se asomaba a los tejados de la ciudad y lo abrí de par en par para que el aire frío y húmedo se llevara los últimos vapores de sueño y de alcohol. Me quedé unos minutos con la mirada perdida en el mar de pizarras: las chimeneas, como mástiles desafiantes, retaban al cielo inalcanzable y abigarrado de nubes lechosas. El frío reptó por mi piel y me hizo estremecer; lo aspiré con fuerza y regresé dentro. Necesitaba un café caliente y bien cargado.  

 

Era martes, como entonces. Había deseado arrancar ese día del calendario, que el Crono concentrara esas veinticuatro horas en un segundo para amanecer en miércoles. Al fin y al cabo… ¿qué es un día en el cómputo final de una vida? Nada, una gota minúscula en el océano, un hecho aislado e inapreciable en el todo. Pero a mí, me habría salvado. No hubiera tenido que mantener la lucha agotadora entre el deseo y la voluntad. No hubiera existido la posibilidad de caer en la tentación de aceptar su invitación porque sería miércoles y ella ya no estaría allí.

Habían pasado más de seis años desde nuestro último encuentro, pero los recuerdos se avivaban en mi memoria con demasiada frecuencia como los rescoldos de un brasero que se resisten a extinguirse por completo. El dolor era un buen instigador, y la mente morbosa y cruel, asesina que no puede evitar volver al lugar del crimen, recuperó los hechos acontecidos y me los puso delante.

En esa ocasión no opuse resistencia, los dejé fluir mientras interpretaba el “Adagio de Albinoni”. Sabía que no valdría cerrar los ojos como cuando no deseas visionar una escena desagradable de una película. La proyección se emitía por dentro.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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MIGUEL HERNANDEZ… SIEMPRE VIVO

 

“Aunque bajo la tierra mi amante cuerpo esté, escríbeme a la tierra, que yo te escribiré”.
El hombre acecha

MIGUEL HERNANDEZ 1

NO QUIERO MÁS LUZ QUE TU CUERPO ANTE EL MÍO

Yo no quiero más luz que tu cuerpo ante el mío:
claridad absoluta, transparencia redonda.
Limpidez cuya extraña, como el fondo del río,
con el tiempo se afirma, con la sangre se ahonda..

¿Qué lucientes materias duraderas te han hecho,
corazón de alborada, carnación matutina?
Yo no quiero más día que el que exhala tu pecho.
Tu sangre es la mañana que jamás se termina.

No hay más luz que tu cuerpo, no hay más sol: todo ocaso.
Yo no veo las cosas a otra luz que tu frente.
La otra luz es fantasma, nada más, de tu paso.
Tu insondable mirada nunca gira al poniente.

Claridad sin posible declinar. Suma esencia
del fulgor que ni cede ni abandona la cumbre.
Juventud. Limpidez. Claridad. Transparencia
acercando los astros más lejanos de lumbre.

Claro cuerpo moreno de calor fecundante.
Hierba negra el origen; hierba negra las sienes.
Trago negro los ojos, la mirada distante.
Día azul. Noche clara. Sombra clara que vienes.

Yo no quiero más luz que tu sombra dorada
donde brotan anillos de una hierba sombría.
En mi sangre, fielmente por tu cuerpo abrasada,
para siempre es de noche: para siempre es de día.

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