EN LAS HORAS BLANCAS

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EN LAS HORAS BLANCAS 

La madrugada me sorprende insomne

cosiéndome tus besos a mi piel

Recitando ese inacabado verso

que rimar juntos prometimos.

Busco en lo incierto tus palabras

las que juraste declamar conmigo

recorro los caminos del recuerdo

doblo la esquina en la que nos perdimos.

Te intuyo en los subterfugios del tiempo

entrelazando minutos y segundos

de esa vida que iba ser nuestra

esbozando soles y ocasos encendidos.

El crono se detuvo en la alborada

juntó los vestigios de tu ausencia

replegando las velas del naufragio

en playas de inciertos destinos.

Allá, donde ahora habite tu aliento

en los nuevos espacios  recorridos

no podrás sustraerte a mi presencia

las horas blancas volverán a unirnos.

Por un instante, un segundo, compondremos

una vez más, el doloroso poema

de los amantes que se buscan en el tiempo

y el destino los separa y los aleja.

Resignada tejo sueños a tu lado

trenzo mis versos en rimas alocadas

esperando cada noche hacerme tuya

en la hora que no existe, en las horas blancas.

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Presentamos al autor y relato ganador de I Premio de Masticadores

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LOS TESOROS DE JENNY / Agustín García Aguado

Agustín García Aguado

No sé si Clara va a perdonarme. La verdad es que olvidarme de nuestro aniversario de bodas, dejarla plantada como una maceta de salón en un restaurante con estrella michelín, no es el mejor modo de reavivar viejas pasiones. En mi descargo, diré que toda la culpa es responsabilidad exclusiva de mi secretaria. Nunca imaginé que una jovencita sin pedigrí pudiera derribar mi voluntad de hombretón maduro como un púgil sin escrúpulos pero, a la vista de lo sucedido, puedo afirmar que eso fue exactamente lo que sucedió. Jenny es guapa, sonríe con ese aire burlón de basilisco de iglesia que desarma voluntades, pero no es mi tipo. No me gusta el diámetro exagerado de sus tobillos, ni esa manera pomposa que tiene de mascar chicle que la convierte en un ser abominable. A veces cuando la observo con…

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Entrevista a Celia Pérez León

MasticadoresdeLetras-USA

Celia como escritora jóven plantea en esta entrevista numerosos interrogantes, tambíen le invitamos a visitar su web y su próximo proyecto: Indómitas j re crivello -editor

Entrevista realizada por Miriam León.

  1. ¿Cómo se te ocurrió el proyecto Indómitas?

La verdad es que no sé exactamente en qué momento comenzó a formarse todo en mi cabeza. Supongo que  mi afición a las series de Netflix y al manga japonés es parte del proceso. Me preguntaba porque no tenemos ningún equivalente en la literatura occidental. Es cierto que un libro largo ofrece mucha satisfacción cuando acaba, pero a veces a la hora de leer no tenemos la constancia que desearíamos, ni el tiempo para terminar una novela grande. Sobre todo si estás estudiando. Me imaginaba que sería mucho más fácil si pudiera leerme un tomo por día, como hago con el manga. Así nació la idea del formato.

2-¿De dónde salen sus…

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El ganador del I Premio Masticadores…

Desde la Editorial Fleming damos nuestra más cordial enhorabuena al ganador del I PREMIO DE RELATOS MASTICADORES DE LETRAS , AGUSTÍN GARCÍA AGUADO, así como a los finalistas del certamen. El jurado ha estado formado por Camino Ochoa​, maestra y escritora
Melba Gómez, escritora, editora Fleming
Felix Páramo, catedrático de filología inglesa y escritor
Juan Re Crivello, escritor, y director-editor Fleming
Felicitas Rebaque​ , escritora y editora Fleming
En el mes de septiembre saldrá publicada una antología con los relatos ganador y finalistas.

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Cinco voces de la literatura ante una nueva mirada de la realidad infectada by Jimmy Entraigües

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Entrevistas publicadas en el diario COMARCALCV el 1 de Mayo de 2020

PorJimmy Entraigües-1 mayo, 2020

La trágica pandemia que golpea al mundo ha puesto a los seres humanos ante una realidad tan nueva, y surgida tan de repente que da la sensación de leer al arranque de una novela de ficción científica o asistir a la proyección de las primeras secuencias de una película apocalíptica (da igual de serie B o superproducción). El confinamiento, junto a otras restricciones, ha sido una de las primeras medidas tomadas por los gobiernos para evitar la propagación del COVID-19. Así, ante una amenaza invisible, las ciudades de todo el planeta se convirtieron en silenciosas arterias de cemento y la población sometida a un duro aislamiento de orden sanitario. En España la cuarentena acumulará casi dos meses de severas condiciones de cercenamiento de libertades (laborales, de culto, de movimiento…) llevando a la…

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NUNCA EL OLVIDO

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Tarde desapacible de mayo. La primavera revoltosa se deshace en lluvia. Se diría que la estación también permanece en cuarentena, como los humanos en estos días extraños. A ratos escampa y el sol logra romper el cerco de nubes plomizas e ilumina el rincón de mi salón donde, perezosa, ojeo los suplementos dominicales distrayendo las horas del confinamiento. 

Y leo en un artículo de un conocido escritor la alusión a una frase de Nietzsche que me deja pensativa: 

“La felicidad es olvido. Quien no sabe instalarse en el umbral del instante, olvidando todo lo pasado, no sabrá jamás en qué consiste la felicidad; pero aún: nunca hará nada que haga felices a los demás”

Diferir con Nietzsche puede parecer osadía o arrogancia. Pero con toda humildad no puedo estar de acuerdo con su afirmación. 

El olvido no es sinónimo de felicidad. El olvido nos introduce en agujero negro, una nada extensa sin ningún reflejo de nuestra identidad individual. 

Hay que vivir en presente, un hoy vital sin anclajes en el pasado, en eso estoy de acuerdo. Pero todo lo que hemos vivido configura lo que somos en ese hoy. 

Al recordar experiencias felices volvemos de alguna manera a gozar de ellas. Y las que fueron dolorosas, inapropiadas, o equívocas son fuente de aprendizaje en nuestro crecimiento personal. 

La aceptación de esa mochila cargada de recuerdos buenos y malos es la que nos dará la experiencia necesaria para reconocer a la felicidad cuando nos visite, aunque a veces lo haga de soslayo, y nos dotará de la capacidad para reflejarla entre los que nos rodea y hacer felices a los demás.

Cuando termino de escribir estas reflexiones el viento ha impulsado a las nubes que terminan por ocultar en grises los reflejos dorados del atardecer. Sonrío feliz, recordando otros similares mientras recorría sendas de montaña, en estos instantes tan añoradas. Tras el asedio de nubarrones el sol sigue ahí. Y la primavera, inmóvil en su umbral, espera a que pase el frente frío por la Península. Será cuestión de unos días.

Nunca el olvido. Si olvidamos seguiremos cayendo en los mismos errores y repitiendo las mismas equivocaciones que nos podrían abocar de nuevo a situaciones nefastas. Seríamos como seres vacíos, agujeros negros sin alma.

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LIBERTAD.

Amigos, hoy os traigo un libro solidario.

Por iniciativa de LxL Editorial, varios autores nos hemos unido para escribir relatos sobre la libertad.

El objetivo de esta antología es el de recaudar fondos que irán destinados a ayudar a las familias más vulnerables, que a causa de la grave crisis provocada por el COVI-19, han quedado en una situación económica insostenible. La total recaudación por las ventas de este libro se donará a Diocesana Cáritas de Almería.

De momento se puede adquirir el libro en digital a través de estas direcciones:

https://www.editoriallxl.com/tienda/Antolog%C3%ADa-Relatos-cortos-c50197024

a un precio más que asequible: 1,99€

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Sinopsis
«Existe un sitio sin puertas, sin barreras y sin cadenas, donde puede ocurrir cualquier cosa. Donde nos atrevemos a todo y los miedos desaparecen para dejarle paso a la valentía.
Existe un único lugar, llamado mente, donde somos completamente libres. 
Veintitrés mentes, muy diferentes entre sí, te abren sus puertas y, con ello, te invitan a saborear el placer de la liberación».

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LA MANONA 3ª Parte

Entonces desperté.

De un golpe me senté en la cama. Empapado en sudor y con la respiración entrecortada encendí la luz. Los objetos familiares de mi habitación me hicieron recobrar un poco la calma. Estaba temblando. Había tenido una pesadilla, pero… había sido tan real, que aún me parecía sentir en mi cuello la presión de la terrible mano. 

A la mañana siguiente, le dije a mi padre que no iría a librería. Me encontraba mal. Mi padre me observó, intentando averiguar si era una excusa. Pero tenía mala cara y unas enormes ojeras violáceas alrededor de los ojos. Eso le convenció. 

Pasé el día inquieto, a pesar de que me dejaron un rato jugar con la videoconsola. Pero nada me distraía. Cada vez que me acordaba del sueño el vello se me erizaba y un escalofrío me recorría la espalda. 

Lo peor es que esa noche, en cuanto me quedé dormido, la pesadilla se repitió. 

Tenía decido no volver. Estaba muerto de miedo, y esa mañana traté de convencer a mi padre para que me liberara de mi castigo con el pretexto de que todavía no me encontraba bien. Pero mi padre ni me creyó ni escuchó mis razones. ”No es por el castigo –me aclaró, tajante- es el compromiso que has adquirido con Gregorio y debes asumirlo. Esta tarde vuelves a cumplir con tu deber”. 

Estuve quince minutos caminando calle arriba y calle abajo hasta que reuní el suficiente valor para entrar en la librería. Gregorio me estaba esperando, impaciente. Supongo que mi padre le habría advertido. Me miró fijamente y me interpeló, muy serio:

— Lucas, ¿qué ha pasado? ¿Por qué entraste en el cuarto desobedeciendo mis órdenes?

Fue necesario que me lo preguntara tres veces antes de que yo pudiera responder. 

— Me dejé llevar por la curiosidad. Lo siento —susurré, avergonzado— ¿Cómo se enteró?

  • Dejaste demasiadas señales de tu intromisión. Cuando te marchaste me di 

cuenta de que había olvidado cerrar la puerta. Al entrar en la habitación me encontré todo revuelto:  las piedras que formaban el círculo desperdigadas por el suelo y la urna sin cubrir. Te advertí que no entraras. No imaginas lo que has podido desencadenar con tus ganas de fisgonear donde no debías.  Solo espero que el daño no sea irreparable. 

A pesar de que no levantó la voz, sus palabras fueron como latigazos. Sin poderlo evitar la angustia me reventó en el pecho y me eché a llorar. Gregorio me miraba impasible ante mi llanto, esperando a que yo dijera algo.

—Lo siento, lo siento mucho —me disculpé, cuando pude controlarme— Me asusté. Esa cosa se movió y escuché un aullido terrible; no sé de dónde procedió porque estaba solo en la habitación, pero fue terrorífico. Y entonces salí corriendo, muerto de miedo. Luego llegó usted y me marché en cuanto pude.  Siento haberle decepcionado. 

Gregorio me miró suavizando la dureza de su rostro y me dijo:

—Hay cosas ocultas que es mejor dejarlas en la oscuridad y no desvelar su secreto. ¿Me tienes miedo? ¿Crees que soy un viejo raro y medio loco?

Negué con la cabeza. No podía decirle que sí, que era lo que en realidad pensaba.  

—Me estás mintiendo — me reprochó, alzando un poco la voz. 

Volví a excusarme:

—Yo no quería…, de verdad. Bueno, sí le tengo miedo, un poco. A este lugar, a esa horrible cosa. Pero,  por favor, no se lo cuente a mi padre —le rogué.

Entonces se echó a reír, a pesar de lo serio de la situación, y dijo:

—Veo que le tienes más miedo a tu padre que a mí. Está bien, muchacho. Yo también tuve tu edad y fui un muchacho curioso, poco dado a acatar normas. Pero como se suele decir: “tras el pecado llega la penitencia”. Yo tuve la mía,  y tú, me parece que ya has probado la tuya. A ver, cálmate, y cuéntame ahora qué es lo que piensas de todo esto. 

Aquel cambio de actitud por su parte me tranquilizó; le miré a los ojos, y no sé porqué razón, en ese momento supe que podía confiar en él. 

Entonces le hablé de mis pesadillas. 

Gregorio me escuchó preocupado. Cuando terminé, me dijo:

—Lucas, has despertado a la Mano y las consecuencias pueden ser imprevisibles. Tú, ya las has empezado a sufrir. 

— ¿Qué ocurre con esa cosa?  —le interrogué, a pesar del miedo, deseando saber más de aquel misterioso ser. 

— Esa cosa es la Mano Negra, también se la conoce como la Manona. Es un ser siniestro y diabólico. Ha pervivido desde el principio de los tiempos adoptando diversas formas y nombres. Ataca a las personas cuando duermen, produciendo pesadillas. También solía raptar a los niños pequeños mientras dormían o quitarles la vida aplastándoles el pecho. En siglos posteriores, algunos pensaban que era la responsable de la muerte súbita en los lactantes. Antiguamente, vivía en ciénagas, o en las aguas más profundas  de los arroyos que discurrían cercanos a alguna una población. Y era invocada por las madres cuando alguno de sus hijos se comportaba de forma díscola y desobediente. 

Impresionado por lo que me relataba, seguí preguntando.

— ¿Y cómo es que usted la tiene? ¿Dónde se la encontró?

— No fui yo. Solo soy el encargado de custodiarla. Ha tenido un custodio de generación en generación desde que, una mujer con poderes sobrenaturales y el alma muy pura, logró capturarla. La encerró en una caja que guardó en una habitación y grabó en puertas y paredes los símbolos protectores que ya conoces. Ellos y las piedras neutralizan su poder. 

— ¿Las piedras? 

— Algunas piedras y cristales tienen cualidades mágicas. El círculo alrededor de la columna está formado por ágatas, amatistas, jaspes, peridotos y turmalinas negras. Todas esas piedras tiene propiedades protectoras que anulan las fuerzas negativas. Pero mucho me temo que, por tu intromisión, al abrir la caja y deshacer el círculo mágico, las piedras han agotado su energía, y La Mano Negra ha recuperado su fuerza. 

— ¿No se pueden volver a recargar, como las pilas?

Gregorio se echó a reír. 

— Sí, mi amiga, la mujer que conociste, ya está en ello. Los rituales llevan su 

tiempo. Pero hasta que no volvamos a formar el círculo mágico, no estamos 

bien protegidos de la Manona, y me preocupa que se cobre a algún inocente.

Las explicaciones de Gregorio aumentaron mi angustia. Ojala hubiera podido dar marcha atrás y que no hubiera sucedido nada. Pero lo hecho, no se podía cambiar. Tendría que afrontar aquello y rezar para que no sucediera algo malo. 

Me propuse ser valiente y no pensar demasiado en la Manona. Por el día lo conseguía, incluso me convencía de que lo que me había contado el librero no eran más que leyendas y cuentos. Que mis pesadillas se produjeron por casualidad. Hubiera seguido opinando así, si al cabo de cuatro noches no hubieran aparecido de nuevo. 

Cada vez eran más reales. Llegó un momento que no podía distinguir si estaba dormido o despierto. Tenía miedo hasta de quedarme solo en mi habitación. Me daba la sensación de que ella ya me estaba esperando.

Una noche el sueño fue tan vivo, que cuando la sentí apretando fuerte mi garganta, pensé que de verdad me moría. Estaba muerto. Mis padres lloraban frente a mi cama y la Manona reía sobre mi almohada. No tenía rostro ni boca, pero pude percibir su sonrisa malévola. Me desperté gritando, y mis padres acudieron a mi grito. Me encontraron llorando, sudoroso y con la respiración entrecortada. No sé por qué, no pude explicarles lo que me ocurría; algo me lo impedía. Solo les dije que había tenido una pesadilla. 

Mi madre decidió que no volvería a la librería. Pensó que mis pesadillas eran fruto de lo que leía en esos libros antiguos. Esta vez convenció a mi padre, que me miró con preocupación. En esos días había adelgazado y me encontraba triste y abatido. Ante mi mal aspecto, mi padre accedió.  Esa tarde, iría a despedirme del librero. 

— Estoy de acuerdo con tu madre —me dijo Gregorio—. He hablado con tu padre, y yo mismo iba a pedirle que dejaras de  venir; que ya habías terminado tu trabajo. No he podido explicarle la causa de tus pesadillas y he comprobado que tú tampoco lo has hecho. Esta vez has obrado bien. Es un secreto guardado celosamente. Cuanto menos personas sepan de la existencia de la Manona, mejor. Lo que no se nombra deja de existir.  

Me despidió con un fuerte abrazo y me dijo:

— Muchacho, no te preocupes. Al fin de al cabo has sido valiente. Has sabido mantener el secreto.

Metió la mano en el bolsillo del guardapolvo y sacó dos piedras. 

— Toma, es una turquesa y un cuarzo ahumado. Colócalas debajo de tu almohada. Te protegerán de la Manona. 

Esa tarde, cuando salí de la tienda, como en la primera, la niebla era espesa y profunda. Desde la calle, al volverme a mirar, por última vez a la librería, me pareció que sus contornos se desdibujaban, que desaparecía tras las brumas. 

Las pesadillas cesaron. Con las piedras que me dio Gregorio bajo la almohada, por fin pude dormir tranquilo y en paz. A pesar de ello, conservé la costumbre de dejar una luz encendida por la noche. 

Volví a ser el de siempre; el comienzo de las clases y el encuentro con mis amigos me ayudaron a volver a la normalidad. La historia de la Manona y mi experiencia en la librería fueron quedando cada vez más lejos. 

Unos meses después, mi profesora organizó una visita al Museo de Arte Policromado, referente a nivel mundial. Para llegar a él, atravesamos el barrio antiguo y pasamos por la calle en la que se encontraba la librería. Estaba cerrada, los escaparates cubiertos con papeles marrones, no permitían ver su interior. Me detuve un momento y entonces leí el cartel de la puerta: “Cerrado por defunción”

¿Quién habría muerto? ¿Algún familiar de Gregorio? ¿Por qué estaba cerrada?

Al llegar a casa, se lo conté a mi padre. 

—Gregorio murió.

La noticia me impresionó tanto que me tuve que sentar.

— Cuándo ha sido —pregunté.

— Hará un par de meses. Poco después de navidad. Te lo ocultamos porque nos parecía que le habías tomado cariño y no queríamos que te afectara la noticia de su muerte. 

— ¿Pero cómo fue? No parecía estar enfermo. 

—Lo encontraron muerto en su cama. Parece que sufrió una parada cardiorrespiratoria. Lo extraño, según contaron, es que en su cuello tenía unos arañazos. Al hacerle la autopsia pensaron que él mismo se lesionó durante la parada. Es una situación muy angustiosa. 

Pude imaginar lo sucedido. Desde entonces no puedo desprenderme del sentimiento de culpa. Si yo no hubiera entrado en ese cuarto, quizás, Gregorio seguiría vivo. Me pregunto quién será el custodio de la Manona. 

Todas las noches duermo con las piedras entre mis manos y rezo por Gregorio, allá donde esté; estoy seguro de que recibe mi plegaria. 

Lucas, al finalizar el curso, había postergado lo que pasó en la librería al último rincón de su mente. La memoria es misericordiosa, y retiene lo que somos capaces de soportar. Lo demás lo relega al pozo del olvido. Después de aquello, había retomado con ganas las clases y las actividades escolares. Las notas había sido buenas y sus padres estaba contentos. Él también. Se prometía unas estupendas vacaciones de verano. 

Hasta el día que recibió un  paquete, a su nombre. Lo llevó un mensajero. Su padre se lo entregó cuando volvió de clase, con alguna prevención. 

— Te lo envía Gregorio —le comunicó

¡Gregorio! Pero si está muerto — exclamó Lucas, inquieto. 

— Imagino que serán libros. Lo habrán encontrado escrito en sus últimas voluntades. 

A pesar del poco tiempo que estuviste con él, me consta que te cogió cariño; además por ser el nieto de uno de sus mejores amigos.  

Lucas abrió el envoltorio con inquietud. Lo de recibir un paquete de alguien muerto le resultaba bastante extraño. En su interior había una caja de madera oscura grabada con tetrasqueles y una nota. El padre la leyó en voz alta.

 “No abrir hasta tener cumplidos los veintitrés años y conservarla en un lugar oscuro y seco” 

— Que extraña recomendación —comentó el padre—Te la guardaré hasta entonces. Habrá que cumplir su voluntad. 

Lucas palideció y la angustia trepó por su cuello, encogiéndole el alma. Estaba seguro de que no eran libros lo que contenía la caja. 

FIN

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LA MANONA 2ª parte

Ilustración de Eva del Riego

Llegó con la niebla. Habíamos tenido unos días despejados en los que los rayos de sol ponían destellos dorados en los adornos de navidad que engalanaban las calles. Pero el día que la mujer apareció en la librería la ciudad amaneció envuelta en una bruma espesa. 

Se cubría con un abrigo azul oscuro que le llegaba hasta los pies. Llevaba el pelo blanco, con mechones de color violeta,  recogido en un moño revuelto. A pesar de que su semblante era el de una persona de edad avanzada, la expresión de su cara, casi infantil, le confería el aspecto de una niña prematuramente envejecida. En sus ojos de una azul, casi transparente, se había concentrado la madurez de sus muchos años. 

Gregorio la saludó efusivamente. 

— ¿ Ya tienes los libros que te encargué? —preguntó al librero.

— Llegaron hace un par de días.

— ¿ Y tú has traído las piedras? 

Ella asintió. Abrió su bolso y extrajo de él una bolsa negra de terciopelo.  

Gregorio al darse cuenta de que les observaba, pasó con ella a la trastienda  después de ordenarme que me quedará en la parte delantera por si entraba algún cliente. Les oí hablar en voz baja, seguramente para que no pudiera escucharles.  Dejándome llevar por la curiosidad, no pude reprimir el impulso de espiarlos. 

Caminé por el pasillo,  procurando que mis pasos no hicieran crujir la madera del suelo.  El corazón me dio un vuelco cuando escuché el sonido de la llave girando dentro de la cerradura. 

Con unos libros en las manos, como excusa por si me sorprendieran, me asomé a la trastienda. Como imaginé, habían entrado en el cuarto misterioso. Pero en esta ocasión, la puerta estaba entreabierta. Sin hacer ruido me acerqué para mirar, con el riesgo de que, en cualquier en cualquier momento, apareciera Gregorio y me pillara fisgando; no hubiera sabido qué decir. Pero la tentación era más fuerte. 

Miré por la estrecha abertura; solo pude apreciar que el cuarto estaba iluminado por  una extraña luz de color violeta. Desde mi posición, no podía ver a Gregorio y a la mujer, pero les escuché recitar en voz baja una especie de plegaria. 

El tintineo de la campana me hizo dar un respingo. A toda prisa, acudí a ver quién había entrado,  mientras el corazón se me salía por la boca. Era un mensajero; traía unos libros. Sin atreverme a moverme de allí,  llamé a voces a Gregorio. Apareció seguido de la mujer que se despidió, alegando que tenía que regresar a casa. Esperaba una visita. 

Gregorio recogió el pedido y, cuando se marchó el mensajero, abrió el paquete y examinó los ejemplares. Después atendió a un par de llamadas telefónicas. Iba a regresar a la trastienda, cuando se dio cuenta de que su amiga se había olvidado los libros. Me dijo que se los iba a acercar a su casa, no vivía lejos, y me ordenó que me ocupara de la tienda en su ausencia. No tardaría más de media hora. 

El quedarme solo me causó una extraña sensación. Me sentí abrumado. Fue como si , al marcharse Gregorio, todas los libros se revolvieran en sus estantes, y las voces de los personajes, de las historias que guardaban llenaran el espacio hablando todos a la vez. Me tapé los oídos y sacudí la cabeza. Decidí seguir con mi trabajo y no dejarme llevar de mi imaginación. Pero en la trastienda, me aguardaba una sorpresa: la puerta del cuarto estaba abierta. Sin duda, Gregorio había olvidado cerrarla con llave, al salir precipitadamente. Miré el reloj, tenía tiempo de echar una mirada antes de que él regresara. Me prometí que solo sería un minuto. 

La habitación estaba sumida en la penumbra violácea que provenía de la llama de cuatro velones del mismo color, situados en las esquinas de la estancia. Olía a incienso. Los muros eran gruesos; parecían reforzados, como los de un bunker. No guardaba trastos viejos, como había asegurado el librero. Un par de vitrinas antiguas, rematadas  en la parte superior con una arco de madera oscura tallada con tetrasqueles, guardaban en su interior lo que parecían legajos y manuscritos; algunos conservaban sus lacres. Una columna de piedra, de menos de un metro de altura, grabada con los mismos signos de la puerta, estaba ubicada en el centro de la habitación. En el suelo, piedras y cristales de diferentes colores formaban  un círculo alrededor de ella. Sobre su base, un paño morado cubría lo que, por la forma, parecía un objeto cuadrado y plano. 

La prudencia me ordenaba salir enseguida de allí, pero la curiosidad me empujaba a averiguar qué era lo que sostenía la columna, oculto bajo el lienzo. Todo aquello me parecía de los más misterioso. No me podía imaginar lo que Gregorio ocultaba con tanto secreto. Tras unos momentos de duda, decidí averiguarlo de una vez por todas. Solo levantaré un poco el paño, me dije, para reforzar mi decisión; por una parte me excitaba lo prohibido y por otra me escocía la desobediencia. 

Entré dentro del círculo de las piedras con cuidado de no descolocar ninguna, y levanté el lienzo. La sorpresa me heló la sangre: una urna de cristal guardaba una enorme mano negra, peluda, con los dedos retorcidos y las uñas como garras. Ahogué una exclamación. Se me hacía inexplicable que Gregorio guardara algo tan asqueroso. No puedo comprender qué impulso me hizo tocar la urna; no tenía aristas, parecía estar hecha de una sola pieza. Cuando puse mis dedos en el centro de la superficie, de repente, la urna se abrió. No me dio tiempo a reaccionar porque en ese mismo instante escuché  un aullido espeluznante y la mano estiró los dedos.  Di un brinco y, aterrorizado, cerré la tapa y  salí corriendo. 

Sudando y jadeando llegué a la parte delantera de la tienda. Tenía que tranquilizarme. Si Gregorio me veía en ese estado tendría que darle explicaciones; temía su reacción. Me puse a colocar libros, y así me encontró cuando llegó a los pocos minutos. Me preguntó si había venido alguien. Le dije que no, y le pedí permiso para marcharme a casa con la excusa de que no me encontraba bien. Tenía que salir cuanto antes de allí, volver al mundo real: a mezclarme entre la gente que hacía las compras de navidad, a las luces de los escaparates, a las calles engalanadas con bombillas de colores, al ruido de los coches. 

Esa noche,  apenas hablé, tampoco cené. Cuando les dije a mis padres que me iba acostar pronto, mi madre me miró con preocupación.  Le extrañó mi mutismo y mi poca hambre, a pesar de que había preparado uno de mis platos favoritos. Estará cansado, la tranquilizó mi padre. Le viene bien saber lo que es trabajar.

Tardé en dormirme. No podía dejar de pensar en la mano; aquel aullido seguía reproduciéndose en mi cabeza. Tras dar muchas vueltas en la cama al final me venció el sueño. 

Y soñé…

La mano negra se introducía en mi cuarto. Al principio noté una presencia maligna. En mi sueño, no podía verla, pero sabía que estaba allí, que se acercaba hasta mi cama. Me sentía observado sin que yo pudiera ver nada. Luego sentí una opresión muy fuerte en el pecho que me impedía respirar, como una pesada piedra que me aplastaba las costillas. Intentaba con todas mis fuerzas desprenderme de aquello, pero era imposible, estaba inmovilizado por una terrible fuerza. Entonces grité llamando a mi padre, pero al instante una mano negra presionó mi garganta ahogando mi grito. Me ahogaba, no podía respirar. Abría los ojos mientras intentaba que el aire llegara a mis pulmones, pero la mano apretaba aún más mi garganta. Se me nublaba la vista, y sentí que caía por un espacio oscuro y frío. Se me escapaba la vida a pesar de que mi corazón latía muy deprisa. 

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LA MANONA 1º parte

MANONA 2 (1)

Ilustradora Eva del Riego

Las librerías de viejo. Esos espacios mágicos en los que las historias viven y se descuelgan de los libros que las acogen. Donde los personajes de las novelas existen más allá del confinamiento del papel. En las librerías de viejo pueden suceder muchas cosas, algunas misteriosas y encontrarse con seres misteriosos, si no que se lo pregunten al protagonista de esta historia.
FELIZ LECTURA. FELIZ DÍA DEL LIBRO

LA MANONA _1ª Parte

Desde hace mucho tiempo Lucas duerme bien. Ya no hay fantasmas en sus sueños y no tiene que dejar la luz encendida de su habitación. Cuando comenzaron las pesadillas se quedaba despierto toda la noche, concentrando todo su esfuerzo en que no le venciera el sueño; tan solo al ver que la luz del amanecer iluminaba su cuarto, se permitía cerrar los ojos y dormir unas pocas horas. El día la hacía desaparecer.
A pesar del tiempo transcurrido, todavía siente un escalofrío recorriendo su espalda al recordar lo sucedido. Solo cuando se enfrente a sus fantasmas, dé por cierto lo que vivió y asuma su responsabilidad dominará el miedo.
Pero dejemos que sea él mismo quien nos lo cuente.

Las notas escolares del primer trimestre fueron el desencadenante. Eran muy malas. Es cierto que pasaba más horas con el ordenador y la videoconsola que con los libros, pero que mi padre me pusiera a trabajar todas las vacaciones de navidad me pareció un castigo excesivo. En esa ocasión, de nada valieron promesas ni súplicas. Mi padre se mantuvo inflexible.
— Por las mañanas estudiarás y las tardes las pasarás trabajando —me anunció, con esa voz que ponía cuando no daba lugar a ninguna réplica.
Mi madre argumentó a mi favor diciendo que solo tenía doce años y que era menor. Pero mi padre le reprochó que me protegía demasiado y que ya era hora de que me espabilara.
La tarde que llegué a la librería, las brumas que subían del río quizás ya fueran un mal presagio. La niebla era espesa. Envolvían a la ciudad borrando los contornos de las casas y se colaba en los portales abiertos. Las pocas personas que caminaban por las calles parecían sombras. Me bajé del autobús en la parada de la plaza mayor y me subí el cuello del abrigo. Con las manos en los bolsillos me encaminé hacia el casco viejo. El frío aumentó mi mal humor y la niebla mi desasosiego.
Al llegar a una plazoleta me detuve un momento; esas callejas parecían todas iguales. Pocas veces había salido del barrio residencial donde vivo, a las afueras de la ciudad, y nunca había bajado solo al centro. Mi padre no había querido acompañarme. Se limitó a escribir la dirección de la librería y el nombre del dueño en un papel. Dile que eres mi hijo, me dijo, como única recomendación.
Desorientado, decidí preguntar a la primera persona con la que me crucé; por suerte, conocía la librería. Siguiendo sus indicaciones, no tardé en dar con ella.
Estaba ubicada en los bajos de un edificio que, como todos los de esa zona, a pesar de estar restaurados, conservaban esa pátina que deja el paso de los siglos. Un rótulo de cerámica anunciaba el nombre del establecimiento: Tetrasquel. Librería Anticuaria. ¡Menudo nombrecito! pensé. Antigua, sí que parecía. No tenía nada que ver con las que solía frecuentar.
Me quedé un rato delante del escaparate sin decidirme a entrar. Los ejemplares que se exponían tenían aspecto de ser muy viejos. Algunos, abiertos sobre atriles, mostraban páginas de color amarillento con raros caracteres y dibujos. ¿Qué se supone que voy a hacer yo aquí?, me pregunté, agobiado. Sin embargo, la luz ambarina del interior me atraía tanto como me inquietaba. Desde la calle, no se veía a ningún cliente. Tampoco al dueño.
Tomé aire y empujé la puerta. El sonido de la campanita que anunciaba a un nuevo visitante, me sobresaltó. Al traspasar el umbral tuve la sensación de que me adentraba en otra época.
Observé el interior del local. Era rectangular y no demasiado grande. Olía raro, como a polvo y a papel viejo. Las paredes estaban cubiertas por estanterías de madera que trepaban hasta el techo. Un letrero, en la parte superior, indicaba el género de los libros que se agrupaban en los estantes: narrativa, poesía, novela, ensayo, filosofía, arte… En un mostrador de madera oscura, rodeado de un mar de libros, sobresalía una caja registradora de hierro. La miré con curiosidad. Me pregunté si funcionaría o tan solo era un elemento decorativo.
La atmósfera me resultó agobiante. Quizás, por el poco espacio libre que dejaban los libros; estaban por todas partes, incluso en el suelo formando torres inestables.
Esperé un rato, pero como no aparecía nadie, me asomé a un pasillo que conducía al interior de la librería. Los muros estaban forrados por cientos de miles de ejemplares. Los contemplé asombrado. Nunca había visto nada semejante.
— Hola —Mi llamada se la tragó el silencio. Esperé unos minutos.
— Hola —volví a repetir alzando aún más la voz. Tampoco respondió nadie.
Estaba a punto de marcharme cuando contestaron desde el interior de la tienda.
— Ya voy, ya voy.
Un hombre mayor apareció con un libro abierto entre las manos.
Era de mediana estatura y muy delgado. Llevaba una especie de guardapolvo gris que
aparentaba tener tantos años como él. El pelo alborotado y la barba blanca sobre el pecho le daban un aspecto de profeta. Tras los cristales redondos de sus gafas unos ojos azules, muy vivos, me echaron una ojeada sin prestarme mucha atención.
— ¿Qué deseas? ¿Buscas algún libro? —preguntó, apenas sin levantar la mirada del suyo.
Tragué saliva antes de responder.
— Me manda mi padre —contesté, un poco azorado.
El librero me observó; tuve la impresión de que podía leerme por dentro.
— Ah, eres el hijo de Salvador. Tu padre llamó diciendo que vendrías. ¿Cómo te llamas?
— Lucas.
— Yo soy Gregorio. ¿Sabes el significado de tu nombre?
Me pareció una pregunta de lo más extraña. Negué con la cabeza.
— Luz. El que resplandece.
— ¿Y qué significa el suyo? —me atreví a preguntar.
— El que cuida, el que guarda. Creo que tienes algún problema con los libros, sobre todo con los de texto —prosiguió hablando sin dar lugar a más preguntas—, pues muchacho, aquí no tendrás más remedio que hacer amistad con ellos. Te pareces mucho a tu abuelo.
— ¿Conoció a mi abuelo? —pregunté, sorprendido.
— Era una gran persona y gran lector; muy aficionado a los libros. Le interesaban sobre todo los de culturas antiguas y de mitología. Visitó durante tantos años mi librería que nos hicimos amigos. Tenía una gran biblioteca. Cuando falleció y desmantelaron su casa, muchos de los ejemplares que yo le vendí, volvieron aquí; tu padre me los ofreció. En los pisos modernos no hay espacio suficiente para almacenarlos y no deseaba que terminaran en manos extrañas. Lamenté mucho su muerte.
El recuerdo que tenía de mi abuelo paterno era difuso; murió cuando era muy niño. Pero conocía la devoción que tenía por los libros. Algunos de ellos, encuadernados en piel y con letras doradas en los lomos aún están en las estanterías del despacho de mi padre.
— Bueno, muchacho, te diré en qué va a consistir tu trabajo.
Me puse en guardia. No imaginaba qué era lo que podía hacer allí, a parte de limpiar el polvo.
—Hay cantidad de ejemplares que están desordenados y fuera de su lugar. Tendrás que agruparlos por géneros literarios y después colocarlos en sus estanterías correspondientes.
Respiré aliviado. Parecía fácil, aunque aburrido.
— ¿Cómo sabré si es una novela, un ensayo o un libro de poemas?
—Te daré un listado catalogado de los libros. Los anotas en el registro de entradas y después los colocas en sus anaqueles correspondientes ¿ Crees que serás capaz de hacerlo?
— ¿Qué son los anaqueles? —pregunté sin hacer caso a sus dudas sobre mis
aptitudes.
— Estantes, repisas, baldas… ¿Qué os enseñan hoy en el colegio? —El librero
movió la cabeza en señal de desaprobación— ¿Cuándo quieres empezar? ¬
— Ya que estoy aquí… —respondí, sin ningún entusiasmo.
El librero frunció las cejas al percibir mi poca predisposición.
— Mejor mañana. Hoy te mostraré los libros que has colocar.
Le seguí a través del corredor de libros que conducía a una sala en la que, como
en el resto de la tienda, se acumulaban estanterías y mesas. Un par de vitrinas guardaban pergaminos, postales antiguas y algunos otros objetos. Una pesada cortina de color granate ocultaba la trastienda. En su interior, reinaba un gran desorden. Repartidas por el suelo, cajas de cartón rebosantes de ejemplares apenas dejaban espacio libre para desplazarse entre ellas.
— ¡Son muchísimos! —exclamé.
Gregorio se echó a reír al ver mi cara de susto.
—De momento comenzarás por los de esas cajas —y señaló a las que se amontonaban en un rincón.
Seis, conté. A pesar de que eran grandes, si me daba prisa, quizás podía salvar algo de las vacaciones de navidad.
— Me dijo tu padre que vendrías por las tardes hasta que comiences las clases. No creo que te de tiempo a clasificar ni la mitad. Pero a lo mejor me sorprendes. Puede que te parezcas a tu abuelo en algo más que en el físico.
Entonces me fijé en una pequeña puerta de madera ricamente tallada con extraños círculos y espirales. Desentonaba con el resto de la habitación.
— ¿Ahí dentro hay más libros? —pregunté, señalándola.
El librero, respondió con brusquedad.
— Solo trastos viejos. Nada que a ti te interese. Tú limítate a realizar tu trabajo sin preguntar ni curiosear.
Cuando, minutos después, salí de la tienda, respiré con avidez el viento frío que había despejado a la niebla. Me pareció que regresaba de otro mundo.

En los días sucesivos me acostumbré al ambiente de la librería y a la presencia silenciosa de Gregorio. No tenía demasiados clientes. La mayoría se entretenían curioseando sin decidirse a comprar nada. Otros llegaban buscando un determinado ejemplar. Con estos últimos solía entablar conservación. Pero lo que más me intrigaba era que la mayor parte del tiempo se la pasaba en la trastienda, en el interior del cuarto misterioso, como le llamaba yo. Siempre se cerraba por dentro.
Clasificar y ordenar libros llevaba más tiempo de lo que había imaginado. En cuatro tardes no había colocado los de la primera caja. Es cierto que me entretenía demasiado. Al principio, después de consultar el listado, los iba colocando en sus estanterías correspondientes, pero después, los abría y me detenía ojeando sus páginas. La mayoría de ellos trataban sobre la mitología de diferentes culturas y países. En uno descubrí los mismos extraños símbolos de la puerta de la trastienda. Intrigado, pregunté a Gregorio el significado de esos dibujos.
— Son tetrasqueles, símbolos celtas. Representan al sol y a la rueda de la vida. Como ves, están formados por cuatro espirales que simbolizan su movimiento en el cielo. Desde antiguo se les atribuyen propiedades protectoras, por esa razón se grababan en las puertas de las casas, en las paneras , en las cuadras.
— Es el nombre de la tienda. ¿Qué significado tiene?
— Ya te lo he dicho, son símbolos protectores mágicos. Provienen de la parte
más antigua de nuestra tradición castellana. Antes de que Castilla fuera Castilla. Es un legado profundo que nos dejaron nuestros antepasados.
— ¿Y de qué protegen?
— De las fuerzas negativas que nos rodean, las que perviven en el lado oscuro.
No entendí muy bien eso del legado profundo de los antepasados ni lo de las
fuerzas negativas del lado oscuro. Me sonó a ciencia ficción, una frase sacada de la película de la Guerra de las Galaxias o de los libros de Harry Potter, pero me abstuve de seguir preguntando, sobre todo porque Gregorio, impaciente, me ordenó que siguiera con mi trabajo.
La explicación de Gregorio exacerbó mi curiosidad por la puerta, sobre todo por lo que había tras de ella. Siempre la mantenía cerrada con una llave que llevaba colgada del cuello y de la que no se separaba jamás. Estaba convencido de que dentro había algo más que trastos viejos; algún misterio, que por alguna razón, Gregorio deseaba mantener oculto.

Relato incluido en el libro NUEVOS CUENTOS CASTELLANOS II

 

 

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