El SARMIENTO

Vid.podada

 

Esta tarde fría y triste, precursora de invierno, he salido a pasear sobre la alfombra de hojas desprendidas de los árboles que amortiguan mis pasos sobre el asfalto. Apenas nadie en las calles, pese a que es domingo. Un sentimiento de soledad envuelve el anochecer y la luz tenue de las farolas. Y recordé un relato que escribí hace tiempo, en el que la soledad es protagonista con un hombre y un sarmiento.

EL SARMIENTO

 Le encontré sentado en la acera al regresar de mi paseo nocturno una noche de marzo. Se apoyaba en la pared del portal de mi casa. Abrí la puerta para entrar, pero unos sollozos mezclados con un bisbiseo casi imperceptible, me detuvieron. Me giré y le miré. Inclinaba su cabeza sobre el pecho dejando oculto su rostro.

—Oiga, ¿se encuentra bien? ¿Necesita algo? — pregunté.

Detuvo llanto y rumor. Tras un largo silencio me contestó sin mirarme.

—Estoy bien. No necesito nada.

Me acerqué e insistí:

—¿Está seguro?

               Sin mirarme contestó:

—Me he perdido. No sé dónde estoy. ¿Acaso sabes tú dónde está mi casa? ¡No! Pues entra en la tuya y déjame en paz.

Las palabras le salieron a trompicones, cosidas a un aliento ocre y ácido que me hizo dar un paso atrás. Era un hombre fornido. De edad indeterminada a pesar de su pelo canoso y barba blanca. No parecía un mendigo. Vestía con sencillez pero con dignidad. A pesar de que el frío era intenso se había quitado el abrigo y con él arropaba a algo que mecía y estrechaba contra su pecho: un pequeño animal, pensé.

Volvió a esconder la cara y reanudó el llanto a trompicones. Las lágrimas bajaban por su rostro hasta perderse en los pelos del bigote que cubría el labio superior. Observé que tenía sangre en la mano con la que protegía lo que guardaba bajo su abrigo; en la otra sostenía un cigarrillo sin encender. Al presentirme inmóvil, delante de él, me gritó:

— ¡Vamos, lárgate! ¿Qué hace una mujer sola a estas horas de la noche? ¿No tienes familia o qué? ¡Vete de una puta vez! No necesito nada

Eso hubiera sido lo más sensato. Pero no lo hice.

— ¿Cómo se llama? —le interrogué, agachándome hasta su altura—. ¿Dónde vive? ¿Quiere que llame a alguien para que venga a buscarle?

Obvió mis preguntas y siguió absorto en su balanceo. De pronto lo detuvo, como si hasta ese momento no le hubieran llegado mis palabras. Levantó la cabeza y me miró. Unos ojos azules, como los de un gato, brillaron en la oscuridad. y se clavaron en los míos hasta hacerme parpadear.

Sus ojos transparentes aguijonearon los míos hasta hacerme parpadear. Me sumieron en un pozo de amargura y soledad que me hizo estremecer.

—Mira, —me dijo retirando su abrigo y mostrando lo que protegía en su regazo: una maceta con un pequeño tronco seco y retorcido.

—¿Qué es?

Me miró extrañado, con reproche por mi ignorancia.

—Es un sarmiento. Mi sarmiento ¡Está muerto! ¿Por qué te has muerto?

¿Por qué…?

En un primer impulso me adelanté a la puerta con intención de entrar en

casa, pero fue su voz desgarrada lo que me detuvo. Él seguía hablando: no sabía si a mí, a la maceta, a él mismo.

— ¿Por qué te has muerto? Te he cuidado, te he regado, te he alimentado, y… ¡desagradecido! Vas y te mueres. Y me dejas solo —Sus últimas palabras retumbaron en la noche.

—Tranquilícese, sólo es una planta. Podrá conseguir otra.

—¡No! —exclamó, y su grito me abofeteó—. Tú no lo entiendes. No es sólo una planta. ¡Es mi sarmiento! —Continuó, dulcificando el timbre de su voz—. Lo encontré tirado en la cuneta de la carretera de Las Maricas.

De pronto se olvidó de mí. Hablaba sin verme. Miraba al sarmiento, y en sus ojos dos lágrimas que no acababan de rodar por sus mejillas. Me di cuenta de que eso era lo que hacía cuando le vi: hablar con él.

—Te encontré abandonado, ¿recuerdas? Los dos tirados, los dos solos. Yo acababa de perder: trabajo, familia y dignidad. Dejé la ciudad y me vine al pueblo, a esconderme. Y aquí estabas, en el camino, en mi camino. A ti también te habían tirado, mutilado, arrancado. Los dos tristes y los dos solos. Te recogí, Te llevé a casa y desde entonces estábamos menos solos. Te cuidé bien; hasta retoñaste y echaste hojas nuevas. Tú crecías, yo no. Yo no podía crecer. Se me agotaron las fuerzas. Pero estaba bien así. Yo me ocupaba de ti, y cuando te hicieras más grande te plantaría en un cacho de tierra, darías uvas, echarías hijos y así hasta formar un pequeño majuelo. Y yo estaría contento. Pero no, te tenías que morir, tenías que joderme tú también.

Su excitación crecía como una marea sacudiendo todo su cuerpo. Sus palabras me zarandeaban como aldabonazos, mientras que dejaban restos de espuma seca en las comisuras de sus labios. Y volvió a darse cuenta de que yo estaba allí. Me miró con sorpresa, como si me viera por vez primera. Respiró profundamente. Desvió la vista hacia la maceta, un segundo, pero retornó a mí.

—Sé lo que estás pensando —me dijo señalándome con el dedo—: «Este tío es un borracho». ¡Pues no!, no soy un borracho.

—Cálmese, por favor. Yo no pienso nada, sólo le escucho.

—Empecé a beber por las noches, las malditas y largas noches, cuando las culpas cobran vida y vienen a revolverte las tripas. No me dejaban dormir, tampoco se iban. Eran un espejo en el que se reflejaba una imagen distorsionada y grotesca. Era yo. Y yo no me reconocía, ni podía soportar su visión. Comencé a beber para romper el espejo. Te dejaba solo por las noches, pero volvía y llorábamos juntos. A ti no parecía importarte, compartíamos penurias y soledad. —Había levantado hasta su cara la maceta y hablaba con el pequeño tronco como si yo hubiera desaparecido de nuevo—. No parecía importarte. Hasta que dejaste de hablarme. Por eso, por eso iba al bar, porque no me hablabas. Luego, te encontraba cada vez más arrugado, más callado, más consumido. ¿Por qué no me advertiste? No, no pronunciaste palabra alguna. Optaste por callar hasta que fue demasiado tarde, y todos mis esfuerzos para recuperarte fueron inútiles. Y de nuevo solo.

El llanto volvió a sacudir su cuerpo. Yo me sentía incapaz de decir nada; me mantenía en silencio a su lado, dominando el efecto que me producían sus palabras. Latigazos. En otro momento las hubiera interpretado como el soliloquio de un alcohólico, como los desvaríos de un pobre loco. Pero me afectaban, y…cómo me afectaban. Se hundían en mí como puñales. Soledad, desolación, soledad, angustia.

Despegó la espalda de la pared e intentó levantarse. A la tercera tentativa logró controlar el equilibrio y mantenerse en pie.

— ¡Y hoy me han echado del bar! —Volvía a hablarme a mí—. Me han echado del bar como si fuera un perro. Dicen que he pegado a alguien, que molesto a los clientes. Yo no he hecho daño a nadie, soy buena persona, y si hice daño, pues…pido perdón y ya está. ¿Somos humanos, no? ¿Todos cometemos errores, no? Pero, ¿sabes algo?… —bajó la voz como para contarme un secreto—, a unos se les perdona y a otros no. Antes, cuando era importante, me besaban los pies. Cuando dejé de serlo, ésos, ésos… —señalaba con tanta vehemencia que estuve a punto de girar la cabeza sintiendo que «ésos» estaban detrás de mí—, esos ya no me respetan y me tratan como si fuera una mierda —arrastraba las letras de cada una de sus palabras, raspaban como lija—, cuando habían estado comiendo de mi mano. Al perderlo todo me dejaron tirado en la calle. Antes todos me admiraban. Ahora se ríen en mi cara. No me crees, ¿verdad?

—Sí, le creo. Déjeme limpiarle la sangre de la mano.

— ¡Quita! no tiene importancia. ¡Vete de una vez! Tendrás que hacer algo mejor que escucharme. ¡Márchate! ¿No tienes familia, o qué?

No podía marcharme. Cada vez que me miraba, sus ojos transmitían un sufrimiento profundo, desgarrado. Como el mío.

— Mire, no es que no tenga nada mejor que hacer que hablar con usted, es que quiero hacerlo.

—No mientas, sólo sientes lástima, nada más. Ladeó la cabeza como para mirarme desde otro ángulo y sonrió levemente — Me han echado del bar, dicen que he golpeado a alguien, que he roto cosas, y yo no me acuerdo de nada. Y no sé volver a mi casa.

—No se torture más, no tiene tanta importancia —intenté consolarle, consolarme—. En alguna ocasión todos perdemos los estribos y hacemos lo que no debemos.

Me miró sin verme. Achicó los ojos como el objetivo del fotógrafo que se acomoda para enfocar. Cuando ojo y cerebro ajustaron la imagen, gritó. Y su grito me hizo dar un paso atrás.

— ¡Sí tiene importancia!, ¿Entiendes? ¡Sí tiene importancia!, porque yo me siento culpable. ¡Me siento culpable! ¡Me siento culpable!

De nuevo el llanto, con hipo. Se secaba los ojos con la mano, un dique deteniendo las lágrimas teñidas de rojo. Lágrimas y barba.

—Cálmese, por favor. Si me deja la cartera podría mirar en su carné la dirección de su casa y… No me dejó terminar; inclinó bruscamente su cuerpo sobre mí perdiendo al mismo tiempo su punto de apoyo y el equilibrio.

—Yo no voy a ir a mi casa. Antes tengo que llevar a éste a su sitio, a las viñas. Yo no tengo sitio.

Y de pronto se echó a reír. Le sujeté por los hombros para evitar que se me viniera encima y le apoyé en la pared. De nuevo miró detrás de mí como si «ésos» todavía siguieran allí. La expresión de su cara se contrajo en una serie de muecas: primero de sorpresa, después de ira, al poco de dolor, para terminar con la mirada vacía fija en la nada. La imagen era patética: un hombre apoyado en la pared, con una maceta en una mano.

Él no parecía tener intención, ni fuerzas para moverse, ni estaba en condiciones de hacerlo solo. Y yo no podía dejarle en la calle. Busqué el móvil en mi bolso para llamar a alguien, cuando aparecieron detrás de mí. Le llamaron por su nombre y me preguntaron si me había molestado. Les dije que no, que simplemente estábamos hablando. Él, entonces, me sonrió como sonríe un niño asustado y agradecido. Adelantó la mano y me acarició levemente la cara. Uno de los policías le iba a recriminar su gesto, pero cogí su mano y la retuve en mi mejilla alargando la caricia.

—Eres buena— dijo.

A través de una cortina de lágrimas, las mías, le vi alejarse dando traspiés entre los dos policías que le sujetaban por los brazos hasta que su figura desapareció al doblar la esquina. La maceta había quedado en el suelo.

La recogí. Me acerqué hasta el contendor de basura, abrí la tapa, pero no pude tirarla. Una congoja agria y helada como un alud se llevaba todas mis defensas hasta dejarme desnuda. En mi cara ardía la huella de su mano. Cuando reaccioné, abrazaba al sarmiento contra mi pecho. Hoy retoña en un rincón de mi jardín. Le cuido, a veces le hablo. Puede que en dos años tengamos uvas.

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Me gustan los cementerios

Daniel Berlanga

 

No en estas fechas, atiborrados de gentes frenéticas limpiando lápidas para depositar enormes  centros de flores con lo que honrar, dicen, a sus seres queridos que, presuntamente, descansan en sus tumbas. ¿De verdad lo creen?

No, no me gusta y no siento esa necesidad de rendir homenaje a mis seres queridos dentro esta algarabía a nivel nacional. Detesto el jolgorio en el que hemos convertido esta celebración,  cuando solo nos acordamos de blanquear las tumbas un  día al año y los trescientos sesenta y cuatro  restantes: “ahí te pudras”, nunca mejor dicho.

El recuerdo de los que moran en el más allá se ha convertido en un negocio: la floristerías hacen su agosto y las ventas les supone una tercera parte de las ganancias del resto del año. Las confiterías también lo hacen bien. A sus puertas, en cola silenciosa, debe de ser por lo del respeto a quienes se homenajea, se aguarda paciente para adquirir los “huesos de santos” o “los buñuelos de viento” u otro dulce típico de cualquier lugar de nuestra geografía. Y es que es hay que hacer verdad el refrán de: “el muerto al hoyo y el vivo al bollo”

Las personas queridas que nos dejaron siguen vivas en nuestros corazones, no necesitan ni fiestas ni flores, en verdad, no necesitan nada de nosotros, quizás tan solo nuestro recuerdo cariñoso. Seguro que ayer se revolvían inquietos en sus tumbas ante tanto alboroto deseosos de recuperar la paz en la que descansan y se consumen el resto del año.

Cuando llegue mi hora, no deseo que me depositen en una tumba bajo tierra. No quiero que mis hijos imaginen mi cuerpo descomponiéndose en un ataúd . Deseo  que mis cenizas las esparzan en el mar o en un monte, como canta Serrat en su Mediterráneo y ser parte integrante de la naturaleza.

Tradiciones… tradiciones que respeto aunque no comparta, de las que solo hemos conservado su parte festiva y pagana. Para muestra un botón. Y no quiero comentar la fiesta de Halloween. Daría para otra entrada

Recuerdo los famosos versos de Espronceda

“Me agrada un cementerio de muertos bien relleno,

manando sangre y cieno que impida el respirar,

y allí un sepulturero de tétrica mirada

con mano despiadada los cráneos machacar”.

Tétrica visión, más acorde con las historias que nos contaban de niños nuestras abuelas, y si me lo permiten, diría que hasta con más sentido, al menos para aquella época tenebrosa. Comparándolo con los de ahora diría que ni tanto ni tan calvo.

Tengo que confesar que me gustan los cementerios, pasear en su soledad y en la paz que se respira cuando por ellos no merodean los vivos .

Terminar con un poco de humor, con Mecano

No es serio este cementerio

Descansen en paz. Amén

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Nuevos Cuentos Castellanos II. LOS MITOS RENOVADOS (Nuevos cuentos, nuevos personajes, nuevas historias)

portada libro

(Ilustración Portada. Eva del Riego)

Y la Biblioteca Municipal de Padre Isla, en León, se llenó de público, de amigos de familia. Para ella una tarde más en la que las historias que habitualmente se presentan y se leen entre sus paredes cobraron vida. Para mí y mis personajes, una tarde especial en la que la magia de lo ancestral, de lo mitológico adquirió actualidad y se hizo realidad.

Gracias a todos los asistentes, a la directora de la Biblioteca y coordinadora de las bibliotecas del Ayuntamiento de León Mª Dolor4es Martinez, a mi editor, José Antonio Martinez Reñones de ediciones Lobo.Sapiens-el Forastero, a Eva del Riego, por sus maravillosas ilustraciones que engalanaron los relatos, y a Gonzalo Moure, amigo y escritor que prologó este libro.

Os transcribo su prólogo. Merece la pena detenerse en él antes de adentrarse en las páginas del libro. Mejor sus palabras que las mías.

 

ojanco

(Ilustración Ojanco. Eva del Riego)

LOS MITOS RENOVADOS

Sorprendente. Felicitas Rebaque ha logrado, sin aparente esfuerzo, la cuadratura del círculo. Leyendas de un pasado sin principio, historias añejas que antes olían a naftalina, o que estaban cerca de ser olvidadas, que de pronto se sacan carnet del siglo XXI. Tanto que este libro debería ser un ejemplo para cualquier taller de escritura y que, sin duda, lo va a ser. Leo desde hace tiempo a Felicitas, y siempre sorprende en ella su capacidad para generar empatía, la cercanía de sus personajes y la piel amiga del paisaje. Conectar ese paisaje ya cerrado en la memoria, esa piel ya muerta, con el paisaje y la piel de nuestros jóvenes, es ya un hito en sí mismo.

Todos los pueblos, todas las comarcas, todas las regiones, tienen sus mitos. Algunos recorren las fronteras sin complejos, y se repiten en paisajes vecinos, a veces con otros nombres, otras veces con distintos protagonistas. Pero todas tienen en común la dificultad para entender el mundo. Los mitos nacen en los pliegues de la realidad, allí donde la razón no alcanza. Por eso, es el inconsciente colectivo el que actúa como gran escritor de las leyendas. Y ahí quedan, pero… Ahí se quedan. Dice Felicitas que la guadaña tecnológica que ha cortado los filandones y las conversaciones de las largas noches de invierno ha desconectado a los jóvenes de hoy de las historias de ayer. Pérdida de identidad, confusión y… Pokemons. Y así, o alguien cogía el toro del olvido por los cuernos del teclado, o las leyendas morían. Y Felicitas lo ha hecho. Dicen los cánones que un buen libro tiene bajo tierra dos tercios, y sobre la línea de papel apenas un tercio. Como un iceberg cálido. Es decir: dos terceras partes de investigación, y una tercera parte de creación. O de recreación, en este caso singular. Yo, ahora que he leído el libro entero, me siento mucho más entero, porque conozco esa parte intangible de mi memoria colectiva. Todos tenemos un árbol genealógico del espíritu, un árbol genealógico poblado de personajes literarios nacidos de plumas individuales y de personajes legendarios nacidos de los miedos populares. Y cada leyenda contiene el mapa del coraje para enfrentarse a ese miedo y seguir avanzando.

Eso es lo que hace Felicitas Rebaque en este libro: conocer para superar, recordar para actualizar. Después de él todos los mitos populares que recoge son de nuevo nuestros, no ya solo de nuestros ancestros. No cuesta mucho imaginar a los adolescentes leyendo este libro, reconociéndose en sus protagonistas y reconociendo en los recovecos del pasado a sus padres, sus abuelos, sus antepasados. Y tampoco cuesta demasiado imaginar a los viejos leyendo este libro y sonriendo al saber que sus nietos también van a disfrutar de sus historias, mitos y leyendas, que un día ellos mismos heredaron de sus propios abuelos. Conocernos para sabernos, descifrarnos a nosotros mismos para saber quién somos, cómo somos. Vencer al miedo a fuerza de reconocerlo debajo de nuestra piel.

Gracias, Felicitas, por decirnos a todos que hay senderos que se adentran en la oscuridad, pero que se puede arrojar luz sobre ellos, y por hacerlo mediante el avance cultural más importante del ser humano: el libro, la combinación mágica de palabras que es capaz de provocar emociones en nosotros. El libro, más moderno que el último avance de la tecnología, sin el cual ésta no sería posible, ni siquiera imaginable. Leer es leerse, así de simple.

 

Gonzalo Moure

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NUEVOS CUENTOS CASTELLANOS II

Quizás ya os han llegado rumores. .. Pues eso, que si os apetece y tenéis un rato libre el martes día 10 a las 19.30 me encantaría reunirme con vosotros para presentaros el II Libro de NUEVOS CUENTOS CASTELLANOS VIEJOS en la Biblioteca Municipal de Padre Isla. En esta ocasión ha engalanado el libro con preciosas ilustraciones Eva del Riego y lo ha prologado Gonzalo Moure, todo un lujo. Os espero.Invitación

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CURRO ESCRIBE UN CUENTO

NIÑO LIBROpg

(Imagen sacada de internet)

 

Curro, mi nieto futbolista,

un día de este verano, quiso dar una sorpresa.

Dejó de chutar la pelota para dar vueltas en la cabeza,

a una bonita historia que regalar a su abuela.

Pidió lápiz… papel…

y escondido bajo la mesa,

fue escribiendo un cuento,

renglón a renglón, letra a letra .

Al anochecer, desbordante de ilusión,

convocó a la familia y  reclamó  nuestra atención.

Nervioso y emocionado su historia nos relató,

                                      y tras el colorín colorado, recibió gran ovación.

En agradecimiento, de tan preciosa acción,

prometí que en su próximo cumpleaños,

lo publicaría en mi blog.

Ayer cumplió seis años,

y como lo prometido es deuda,

y para muestra un botón,

aquí comparto su cuento, como demostración,

de que el chute del balón, rima bien con imaginación.

 

EL SOL Y LA LUNA

 Primer capítulo

Todos ya sabemos que el Sol y la Luna van de noche y de día.

Pero aquí no. Nadie sabe quien va de noche y de día .

La Luna quería ir de día y el Sol de noche.

Un jueves por la noche la Luna dijo:

 —Me voy a ir a otro sitio.

 Y la Luna se fue a otro planeta.

 Segundo capítulo

 Como os había contado la luna se había ido a otro planeta que era Neptuno.

El Sol que lo había visto todo dijo a los alienígenas:

 — Yo soy mejor que ese desierto blanco.

 —Tú tienes envidia.

 —Tú no debes tener envidia

 Y los dos se fueron a rincones del espacio

 Tercer capítulo

 Entonces, Dios se acercó y le dijo:

 —Tenéis que hablar. Los habitantes de la tierra no tienen luna. ¡Por favor!

 Y Dios desapareció.

 Y entonces Dios se acercó al sol y le dijo:

 —Tenéis que hablar. Los habitantes de la Tierra no tienen sol. Y Dios desapareció.

 Entonces el Sol y la Luna hablaron.

 —A ver tú, Sol, vas a ir de día

 —Y tú, Luna, vas a ir de noche.

 Y todo volvió a ser igual.

 Fin.

Curro Bautista

 Para mi abuela con cariño 11-8-17

CUENTO CURRO

 

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“Que haya muerto no prueba que se haya vivido”

mano

(Imagen sacada de internet)

Hoy, en el “Diario de León” me he encontré con este estupendo artículo de María J. Muñiz sobre la vida, y he pensado que merece la pena compartirlo.

No está de más pararnos a reflexionar sobre como pasamos nuestro tiempo. Quizás los años han hecho que deje de correr tras los días de la semana con la vista puesta en el sábado y domingo, o saltando por los meses esperando las ansiadas vacaciones o  alguna otra fecha significativa.  La vida es demasiado preciosa, demasiado corta como para no vivirla intensamente. Porque comenzamos a morir en el mismo momento de nacer. Constantemente leemos frases alusivas a ello, pero creo que no somos conscientes de esa realidad, quizás demasiado dura para tenerla demasiado presente

“La primera vez que lo leí me sacudió las entretelas. «Que haya muerto no es prueba de que haya vivido». Los pelos de punta. Tantos lunes deseando que sea viernes, galopando junio para que llegue al fin agosto, tantas mañanas apretando los dientes para que pasen deprisa,… Tanto empeño en que el tiempo se escurra como arena entre los dedos. Tanta vida escapada en el impulso de huir de las obligaciones para acariciar las devociones.

Me quedó grabada como con un hierro a fuego. Ni un minuto sin vivirlo. Ni un día sin expectativa. Ni un lamento por el tiempo que zanganea lento, siquiera en el dolor. Aunque el día a día y la rutina te arrastren al fluir que atropella las aspiraciones, no cejar en el empeño. Todo es vida que exprimir.

¿Todo? El tiempo, precisamente, suele dar sus lecciones lanzándote a los morros evidencias de que en este mundo traidor todo tiene su anverso y su envés.

Y llega ese punto en el que te escuece reconocer (porque lo sufres en tus queridos, y lo temes en tu futuro) que el hecho de no haber muerto no implica necesariamente que se viva. Eso es el dolor. Incluso cuando desde el punto de vista médico no hay consciencia, o precisamente por ello, eso es el dolor.

La vida es el bien máximo a conservar, pero ¿es vida la agonía sin fin? ¿Es vida la dolorosa vereda que sólo tiene a la vuelta del camino la inevitable muerte?

Toda investigación en la lucha la enfermedad y en la búsqueda del bienestar es necesaria e insuficiente. Mas quizá requiera cierta cordura. Alcanzar el límite de la vejez sin conseguir una digna calidad de vida es un debate a poner sobre la mesa. Si morir antes de tiempo no tiene sentido (y cada uno tiene su tiempo), vivir más allá de lo que el cuerpo o el alma dicten no deja de ser un amargo castigo.

Lástima que no esté en nuestras manos tomar la decisión. No sabemos lo que hay más allá, pero a veces mucho de lo que acontece acá parece estar de sobra. No es nada nuevo. Ya lo dijo Séneca: «El mayor de los males es salir del número de los vivos antes de morir».

 

 

 

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ÉRASE UNA VEZ…AGOSTO

 

 

 

sol y niño

 

Agosto se desgrana en risas infantiles, castillos de arena del altas torres y profundos fosos, en el jugar con las olas al pilla pilla y cuentos al atardecer.

En luna llena que alumbra la noche cálida y quieta que juguetea con las pocas nubes que osan invadir el espacio de las estrellas.

En brisas que alivian el calor, en el mar inmenso que abraza al horizonte. Y en la luz del ocaso: sol ardiente que, orgulloso, demora el final de su  periplo, retando a la luna con resplandores rojizos.

Y al finalizar el día, besos infantiles cargados de sueño. Párpados que se resisten a cerrarse no sin antes escuchar la última historia con la que hilvanar felices sueños.

—Abuela, cuéntanos el cuento de Las Nubes Glotonas.

—Érase una vez…

 

 

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Un cuento de plata y arena

Martes de Cuento, siempre solidario, siempre atento a emocionar, a conmover, a fomentar la pasión por lectura a través de sus maravillosos cuentos. Gracias por traer a tu espacio este cuento de los niños saharauis. Porque fueron los niños saharauis quienes forjaron el cuento y Gonzalo Moure transcribió sus palabras. Resultado: el cuento mágico de El Niño de Luz de Plata.

Origen: Un cuento de plata y arena

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DESEO Y AMO… hasta el infinito

 

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(Imagen sacada de Google, imágenes)

Me reinvento cada día para que nunca sepas con certeza con qué mujer compartes tus noches. Para que seas tú, con tus caricias, quien la despoje de su disfraz. Unas veces ingenua, dejó que me sorprendas y que tus manos despierten mi cuerpo mientra lo recorres con tu boca. Otras dejó que la mujer fatal haga su labor . Que te provoque hasta el escándalo, que te arrastre con su furia y su pasión desordenada . Todo vale para sorprenderte, para que se mantenga ese fuego de pasión con el que se alimenta nuestro amor y que a su vez lo provoca. El milagro maravilloso del amor y el sexo. Deseame siempre. Te deseo siempre. Te amo… hasta el infinito

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EL Niño De Luz De Plata. 

Recuerdo con que ilusión  me contaba Gonzálo Moure ,  recién regresado de una de sus estancias en los campamentos,  el proyecto de este libro. La emoción de los niños del club de lectura de Farsia,  por escribir entre todos un cuento.  Un nuevo proyecto Bubisher,  un nuevo sueño  que se ha hecho realidad.  Hoy lo tengo en mis manos … precioso ,  preciosisimo.  Un regalo valioso para quien lo adquiera sabiendo que con su compra colaborará para que dentro del Bubisher se sigan cumpliendo sueños.  Maravillosas las ilustraciones de Clara Bailo.

Pedidos  a Pilar Segura: pseguratorres@hotmail.com. Ella, Pilar, os explica cómo haceros con el libro .

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